Sistema
The Walking Dead RPG
Intérprete
Wadda
Crónicas
0
No recuerdo exactamente cuándo empecé a odiar el sonido de los motores.
Quizá fue después del fin del mundo. O quizá mucho antes y simplemente nunca me di cuenta. Hay recuerdos que el tiempo pudre igual que los cadáveres: el tiempo los desgasta tanto que terminan mezclándose entre sí, hasta que ya no sabes qué parte de ti viene de antes y cuál apareció después.
Mi padre era mecánico. Uno realmente bueno, de esos que son capaces de escuchar un motor durante cinco segundos y decirte qué pieza estaba a punto de morir. También era alcohólico, violento cuando perdía y adicto a las carreras clandestinas. Crecí entre talleres abiertos hasta la madrugada en Blythe, humo de gasolina y tipos sudorosos apostando dinero que no tenían mientras se partían la cara unos a otros.
A los trece desmontaba transmisiones. A los quince sabía puentear coches. A los dieciséis fabricaba bombas caseras con material robado de ferreterías porque mi padre decía:
—Nunca sabes cuándo vas a necesitar hacer volar algo.
Resulta que el cabrón tenía razón.
Cuando todo se fue a la mierda en 2012, yo tenía diecisiete años y una hermana pequeña siguiéndome a todas partes como una sombra. Se llamaba Lucy, tenía ocho años, pecas en la nariz, miedo a la oscuridad, una obsesión enfermiza con los caballos y la costumbre de hacer preguntas incluso cuando llevábamos dos días sin comer. Dormíamos dentro de coches abandonados y obábamos latas oxidadas de gasolineras saqueadas. Mi padre murió durante el primer invierno intentando defender un taller cerca de Macon. Un caminante le abrió el cuello de un mordisco.
Después de aquello, Lucy se convirtió en lo único que me quedaba.
Y yo me convertí en todo lo que ella tenía.
Durante meses le mentí constantemente. Le contaba historias por las noches mientras escuchábamos disparos a kilómetros de distancia. Le decía que encontraríamos un lugar seguro. Que volvería la electricidad. Que algún día dormiríamos otra vez en camas normales y dejaríamos de tener miedo.
Mentir era más fácil que admitir la verdad.
La mordieron una tarde de lluvia. Llevábamos horas caminando y Lucy iba detrás de mí, agarrada a la parte trasera de mi chaqueta como hacía siempre cuando tenía miedo, aunque nunca quisiera admitirlo. Recuerdo que estaba enfadada porque le había obligado a abandonar una mochila llena de tonterías inútiles.
Ni siquiera fue algo dramático. No hubo gritos, no hubo música triste ni despedidas bonitas. Un caminante salió arrastrándose de debajo de un coche cuando cruzábamos un taller inundado.
Yo reaccioné tarde. Estaba cansada. Hambrienta.
Distraje la vista apenas un instante y cuando volví a mirar ya lo tenía encima de ella. Solo un segundo tarde.
Pero un segundo basta para destruir una vida entera.
Lucy no lloró. Ni siquiera parecía asustada. Solo me miró con esos ojos enormes, esperando que dijera algo, que lo arreglara como siempre hacía. Como si todavía pudiera hacerlo.
Yo sí lloré.
Creo que empecé a hacerlo incluso antes de arrodillarme frente a ella. Me temblaban tanto las manos que apenas podía tocarla. Seguía diciéndole que iba a estar bien aunque las dos sabíamos que era mentira.
La encerré aquella misma noche dentro del taller. Había una vieja radio funcionando con baterías y dejé música puesta. Porque yo ya sabía lo que iba a pasar. Los dos lo sabíamos. Se le notaba en la voz. En la forma en que intentaba no mirarse el brazo. En cómo me observaba todo el tiempo, como si estuviera esperando que yo hiciera lo que los adultos siempre hacían cuando eras pequeño: arreglar las cosas.
Pero yo tenía diecisiete años.
Y estaba aterrada.
Le limpié la herida aunque no sirviera para nada. Le aparté el pelo de la cara. Le mentí otra vez. Creo que fue la última mentira que le dije.
—Todo irá bien.
No fui capaz de matarla. la dejé allí porque no sabía qué más hacer. Había una puerta metálica que todavía cerraba bien. Lucy empezó a llorar cuando entendió lo que estaba haciendo. Me suplicó que no cerrara la puerta. Me llamó una y otra vez mientras yo intentaba no derrumbarme detrás de la puerta. Recuerdo tener la mano temblando sobre el pomo sin ser capaz de moverme.
Han pasado trece años. Ahora tengo treinta, aunque algunos días siento que arrastro ochenta encima. Ahora sobrevivo arreglando cosas: motores, generadores, radios,armas,explosivos, lo que sea necesario. Si tiene cables, combustible o piezas móviles, probablemente pueda devolverlo a la vida.
Aprendí a fabricar bombas. Sé soldar metal, reforzar puertas, manipular sistemas eléctricos y convertir un coche destrozado en algo capaz de cruzar media Georgia sin morir en el intento.
En este mundo, eso vale más que las balas.
Porque tarde o temprano todo acaba rompiéndose.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.