Su Majestad Viserys, mi padre, falleció tras una larga vida y un reinado próspero. El suscrito lloró su muerte, como era debido, y guardó el luto con la compostura que su memoria merece.
Aunque uno no puede dejar de pensar con cierta irritabilidad que un rey tan blando me dejara una corona repartida entre manos que no la merecen. Era mi padre, y lo tenía por mío, y se fue sin pedirme permiso.
He de decir, con todo respeto, que Su Majestad nunca fue hombre inclinado a la política. Este juego, que todos jugamos, no era su prioridad, y ello se hizo notar. Con todo, quiero ver el lado favorable: de no ser por él, yo no estaría aquí.
Un rey debe estar presente y hacer cumplir su mandato por sí mismo. Así lo demuestran los más grandes: Aegon el Conquistador, que tomó lo que siempre fue suyo; Maegor, cruel, sin duda, pero que supo tratar a sus enemigos como merecían; y Jaehaerys, que en sus últimos años envejeció y se debilitó, pero que en su juventud fue el mejor rey que Poniente haya conocido, de palabra elocuente y diestro con la espada.
Sobre los hombros de esos gigantes nos erguimos hoy, y formulo el voto, con humildad, de llegar a ser pronto mayor que ellos.
No quiero estar a su altura. Quiero que se les recuerde como los que prepararon el camino hacia mí.
Pero bien está. Volvamos al asunto.
Tras la muerte del rey fue coronado mi hermano, Aegon II, y se nos ordenó recorrer el reino para recabar el juramento de los Siete Reinos. Me acompañó la princesa Aelys, cuya actitud hacia mí ha sido siempre algo distante, circunstancia que no acierto a explicar. Tengo entendido que la señora Rhaenyra, a quien muchos llaman, con razón, usurpadora, le ha llenado la cabeza de veneno, tal como me advirtió Khaetlys en su momento. De ella, por supuesto, hablaré a su debido tiempo.
En cuanto a Aelys, su distancia no me enfurece; solo me confunde. No sé qué ve en mí que no ve en los demás, ni qué le habré hecho para merecerla. Con Daeron los caminos nunca pesaban así, pero hace mucho que no lo veo, y a este viaje me tocó ir con ella.
Nos dirigimos al Norte a negociar con lord Cregan Stark. Daenyra había proclamado que no se dejarían matar, cuando lo único que deseamos es conservar la paz del rey.
Mentiras. Intento aprovecharse de la nobleza de Lord Cregan mandandole correspndencia llena de mentiras, un sucio subterfugio, y a su debido tiempo también pagará el precio de su traición. Todos lo pagan.
Perdón. Decía que lord Cregan atendió a razones. Comprendió que había cumplido su juramento con mi padre y que ahora debía hincar la rodilla ante Aegon. Y así lo hizo, sin una espada desenvainada y sin una gota de sangre: un tablero entero movido con palabras.
Esa es la clase de victoria que más me complace. Que el Norte jurara no fue obra de mi hermano, ni de su corona, ni de su dragón. Fue obra mía, aunque no consta en parte alguna, y habrá que corregirlo.
Antes de regresar a Desembarco del Rey nos aguardaba un dragón de gran tamaño y color oscuro, idéntico en todo al que había visto en un sueño.
Morghulion, mi dragón, siempre ha tenido ese inconveniente: nunca se ajustó a lo que yo soñaba. Este otro, en cambio, despertó en mí una impresión singular. Sentí que se me parecía, que era tan oscuro y tan hambriento como yo mismo. Dejo constancia de ello con toda sinceridad.
Morghulion es mi corazón, y todo dragón es el corazón de su jinete. Fue siempre pequeño, mi pequeñin. Cuando salió del huevo era aún más frágil de lo que fui yo en mi niñez, y se burlaron de él.
Se burlaron de él. De los dos. Yo recuerdo cada risa, cada mirada de lástima, cada boca que dijo que no llegaríamos a nada. Las recuerdo todas, una por una, con nombre y apellido.
Hoy mi dragón es fuerte, no cabe duda. Pero para la guerra que otros han iniciado, tal vez no sea suficiente.
Admito que tengo dudas, y no me complace tenerlas. Las dudas son para los hombres sin sueño, y yo tengo uno. Mi sueño me acompaña a todas partes, incluso dormido. Solo una vez se calló, durante un tiempo, y fue cuando andaba con Daeron. A su lado yo no contaba pasos ni medía a nadie, y la oscuridad no tenía voz. Hace mucho que no lo veo, y es curioso cuánto lo noto ahora que el dragón oscuro ha vuelto a hablarme.
Las siguientes líneas de esta crónica aparecen borrosas, manchadas por golpes de tinta violentos, como si la mano que sostenía la pluma hubiera querido atravesar el pergamino con rabia o golpeado la mesa donde se mantenía, salpicando las hojas.
"Poniente está enfermo, podrido hasta la médula, mordido en los huesos por ratas de sangre ardiente y melenas de plata. Y lo más abyecto, es reconocer esa misma furia indómita, ese orgullo salvaje corriendo por mis propias venas. Siento el eco de esa sangre valyria ardiendo con fuerza al presenciar cómo se dictan y se cumplen los mandatos de estos dictadores negligentes, lunáticos, violentos y soberbios.
El miedo que siento, las sombras que engullen mis pesadillas, donde veo arder el mundo devorado por llamas veridianas, la misma muerte personificada en la más aberrante y formidable bestia que se pueda asemejar a las sierpes que maneja la corona. Me veo a mí mismo consumido por ese fuego.
Pero entre las brasas, contemplo una posibilidad que trasciende mi propia existencia terrenal. Una vía de salvación a través de la catarsis definitiva.
Purgar la peste hedionda que se sienta en el Trono de Hierro. Arrancar de raíz el mal antes de que el mundo entero se convierta en una pira funeraria.
Daenkiel se internó en la espesura del bosque mientras Alaric permaneció junto a Maelle. Ella le advirtió que Fantasma Gris necesitaba alimentarse.
—Es vuestro dragón. Es vuestro problema, no el mío —respondió Alaric.
Fue poco después cuando divisaron algo en el cielo.
Al principio, Alaric creyó que se trataba de Caraxes y que Daemon había decidido continuar la persecución. Pero aquel dragón era más pequeño. Al observarlo con mayor atención descubrieron que le faltaba un ala. Y detrás de él volaba otra criatura, mucho mayor y mucho más oscura.
Alaric corrió a buscar a Daenkiel. Cuando este vio al dragón que perseguía al primero, apenas tuvo que decir una palabra.
—Caníbal...
Los tres volvieron a montar en el dragón de Maelle y regresaron a Desembarco del Rey.
Cuando llegaron a la sala del consejo, eran los últimos en presentarse. Otto Hightower ya no estaba allí. Aegon II, que se encontraba algo ebrio, les informó de que lo había destituido y que Ser Criston Cole ocuparía en adelante el puesto de Mano del Rey.
Alaric recibió la noticia con un asentimiento. Poco más podía hacer al respecto.
Durante la reunión se trataron numerosos asuntos, aunque el cansancio hizo que buena parte de ellos pasaran inadvertidos para el Lord Comandante. Entre las noticias que sí retuvo estuvieron las repentinas muertes de Jacaerys y Renash. Una lástima.
Ser Criston marcharía por las Tierras de la Corona acompañado de un Hightower para tomar varios castillos importantes. Alaric, Daenkiel, Maelle y Daryl, ya recuperado, partirían hacia las Tierras de los Ríos para buscar el apoyo de los Tully.
Alaric estaba distraído durante la reunión. El día había sido largo y estaba cansado. Solo pensaba en irse a la cama.
Dejó a Ser Criston haciendo guardia y marchó a dormir. Se quitó la armadura, las armas y el gambesón, y finalmente pudo acostarse.
...no durmió demasiado...
Unos golpes en el pasillo lo despertaron. Alaric abrió la puerta y vio, frente a los aposentos de la reina Helaena, un charco de sangre... que salía por debajo de la puerta.
—Yo desfalcé el tesoro real por vos. Mi deuda está saldada —replicó Daryl.
Le miré de reojo. No me había enterado de aquello.
—Por el bien de un Poniente unido y sin conflictos, le vendría bien escuchar a Lord Larys —dijo Daenkiel.
—¿Cuáles son vuestras intenciones, pues? —respondió Daryl.
—Proteger el reino. Rhaenyra no puede ser reina, va en contra de la Fe. Viserys vio esto en su lecho de muerte y se lo comunicó a Alicent. La Casa Velaryon siempre ha tenido una estrecha relación con los Targaryen, viniendo de Valyria junto a los Celtigar. Es por ello que la Casa Targaryen os necesita a vos, vos y vos.
Miró a Daryl, después a Maelle y finalmente a Daenkiel.
—¿Vos conocéis las leyes de los dioses y los hombres, Lord Daryl? Vos os beneficiáis de ellas —explicó Rhaemon—. Entonces os comento que, en cuanto a beneficio neto, es mejor mantener a la mayor parte del pueblo conforme a sus tradiciones.
—Pero eso le interesa a vuestra casa, señor. ¿Qué ganamos nosotros? —intervino Maelle.
—¿No estáis cansada de esconderos con vuestro... dragón? —dijo Larys—. Como Rhaenyra y su bando se enteren de que robasteis un huevo y un dragón, no estarán muy contentos.
—Larys sabe muchas cosas... —dijo Rhaemon—. Sabe que tenéis un dragón.
—¿Alguno de esta mesa ha visto a ese dragón? —respondió Maelle, reticente.
—No —dije.
—No hace falta verlo para saber que existe —respondió Daenkiel.
Daryl soltó una suave risa.
Otra semilla de dragón más. Ahora entiendo por qué hace cuatro años le tiró una oreja de oveja a Robaovejas. Aun así, fue una estupidez.
—Lord Larys, me gustaría saber, sobre todo, la situación de lo que queda de la familia Targaryen. No estuvieron presentes en la coronación de Aegon II, así que dudo que hayan sabido de esto hasta no hace demasiado. Y creo que son quienes peor se pueden tomar el hecho de lo que ha pasado —dijo Daenkiel.
—Esa información os la contará Otto encantado —respondió Larys.
—Daemon no se tomó muy bien cuando Daryl tomó a Robaovejas. Entonces, lo único que te queda es llegar a un acuerdo aquí —dijo Rhaemon.
—¿No recuerdas sus palabras? Que robaron un dragón y que solo deberían tenerlos los Targaryen. Ellos te lo quitarían —respondió Rhaemon.
—Y, además de eso, te mandarían ejecutar —añadió Daryl.
—¿El dragón que nadie ha visto? —volvió Maelle a la defensiva—. No me opongo a vuestras ideas. Estoy dispuesta a colaborar, sin embargo...
Larys le ofreció un rollo de papel con un sello Targaryen.
—¿Qué es esto?
—Pensamos que, si obtuvierais tierras, un blasón y un apellido, sería más fácil negociar, dejando atrás el apellido ligado a los bastardos —dijo Larys.
—Bueno... Esto cambia las cosas —respondió Maelle satisfecha, tomando la carta—. Está bien. ¿Qué necesitan?
—Que juréis lealtad y, con ello, la ayuda al reino.
—Férrea. Lealtad férrea. Larga vida al rey —respondió Maelle con una sonrisa.
Daryl, con el ceño fruncido, fue el siguiente en ser persuadido por Larys.
—Mi casa hincó la rodilla cuando Rhaenyra fue elegida sucesora en el pasado. ¿Por qué voy a elegir ahora a este nuevo rey? ¿Por qué cambio de opinión?
—Viserys siempre quiso un varón. Sabía que Rhaenyra causaría descontento entre los señores de las grandes casas, al igual que enfadaría a la Fe —intervino Rhaemon.
—Ser Alaric... ¿Os puedo hacer una pregunta? —dijo Larys.
Me pilló desprevenido.
—¿Hm? Adelante.
—Creo recordar, por vuestra edad, que fuisteis conocedor de la decisión de Jaehaerys I. Eligió a Viserys aunque Rhaenys tenía más derecho al trono.
—Bueno, sí... El concilio eligió a Viserys, hijo de Baelon —respondí.
—Porque sabían... —dejó hablar Rhaemon.
—A pesar de que su sucesora era una mujer mayor. ¿Por qué, septón? ¿Por qué las leyes de los dioses nos dicen esto? Porque el pueblo lo cree y se alzará en armas si considera que debe hacerlo. Lo único que podemos hacer es esto: una alianza —dijo Rhaemon.
—¿Cómo se tomará Rhaenyra que ya no es reina? —preguntó Daryl.
—En el mejor de los casos, lo aceptarán. Pero no lo harán y usted lo sabe. Es por ello que necesitamos ayuda en el mar Angosto y, por tanto, sus dominios y flota podrían ser de gran ayuda. Tiene un dragón que ya le ha ganado a Caraxes, y también tenemos a Morghulion, Fuegosolar y Vhagar... —dijo Rhaemon.
—Y Tessaerion, el dragón de Daeron —añadió Larys.
—¿Entonces, si mis tierras se ven bajo la furia de Caraxes, los dragones del reino irán en mi ayuda? —preguntó Daryl.
—Así es —respondió Rhaemon.
Larys le dio otra carta a Daryl y me aconsejó que la abriera junto a Corlys.
Larys dio dos toques al suelo y, después, Aegon II abrió la puerta. Entró con una sonrisa en la sala del consejo, recién llegado de entrenar junto a Aemond.
Por la otra puerta entró Otto.
Pude ver de reojo a las princesas, hijas de Rhaenyra, que se quedaron fuera durante unos segundos.
—Señorita Maelle... Si podéis tomar otro asiento, por favor —dijo Otto, detrás de Maelle, que ocupaba el asiento de la Mano.
—Lo que diga mi rey —respondió.
Me reposicioné detrás del rey.
—El sitio de Maelle es el de la Mano —dijo Daryl.
—Es cierto. Cambiaos de sitio —dijo Aegon sonriente—. Oh, he visto que no habéis abierto mi regalo. Tenía ganas de verte.
No presté mucha atención a aquello, pero llegaron a un acuerdo para casar a Maelor con la hija de Daryl. Parecía creer que la oferta era muy generosa. Una alianza que, por lo que pude escuchar, perduraría muchos años.
—Entonces, solo para que no quepa duda... Ser Larys Strong —dijo Aegon.
—Oh, sí... Juro lealtad al rey Aegon Targaryen —respondió Larys sonriente.
Todos miraron a Kaithlys, esperando su respuesta. Yo también posé mi atenta mirada sobre ella.
Tardó unos segundos en reaccionar. Agachó la vista y después intercaló la mirada entre Aegon y Otto.
—¿Qué ha sido de mi madre y mi otra hermana? ¿Dónde están ellas? —preguntó Kaithlys mirando a Otto.
—Calculo que las noticias ya habrán llegado a Rocadragón. Les hemos ofrecido ser vasallas en Rocadragón, ser Lady de esas tierras. Paz. Es lo que les hemos ofrecido —dijo Otto.
Kaithlys pensó durante unos segundos más hasta mirar a Aegon.
—Hasta... hasta que no pueda haber mi madre aquello que propondrán, Ser Otto, no puedo dar una respuesta.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —respondió Aegon.
—Mi madre es quien debía ser la heredera directa de la Corona y convertirse en reina...
Otto le explicó que Viserys había cambiado de opinión en su lecho de muerte, eligiendo a Aegon.
Kaithlys volvió a pensárselo, mirando a Otto con cara de sorpresa. No podía creerse que hubiese cambiado de parecer. Después le echó una mirada rápida a su hermana.
Mi paciencia se estaba acabando. Era realmente una pregunta con dos respuestas y no paraba de dar rodeos.
Rhaemon intentó convencer a Kaithlys explicándole la versión que conocíamos: que Viserys quería un heredero varón.
—Sí, lo juro... —dijo Kaithlys tras otros segundos de incertidumbre.
—Yo juro lealtad al rey Aegon Targaryen —dijo Maelle después.
—Como bien sabéis, os juro lealtad, mi rey —dijo Otto.
—Mi lealtad está con el pueblo de Poniente y la Fe de los Siete. No puedo dar fe real de que mi lealtad esté totalmente con vos cuando es mi fe la que predomina. Pero, si la gente está contenta con vos, podéis considerarme leal —dijo Daenkiel.
Después todos me miraron.
Yo, pensando que había alguien detrás de mí, miré hacia atrás.
No había nadie...
Me giré y miré a Aegon en silencio.
—Lord Comandante... ¿Qué juráis? —preguntó Otto.
—Mi Lord Mano, yo ya realicé mis juramentos. Creo que es un poco redundante —respondí con sinceridad, mirando a Otto.
Daryl se levantó de su asiento, se arrodilló en dirección a Aegon y ofreció su espada.
—Yo, como heredero de la Casa Velaryon, juro lealtad al rey Aegon.
Una sonrisa invadió mi rostro.
—Yo juro lealtad al rey Aegon Targaryen —continuó Rhaemon.
Aemond no dijo nada hasta que Otto carraspeó para llamar su atención.
—Sí... Os seré leal, hermano —dijo finalmente.
—Juro lealtad al rey —dijo Aelys con una sonrisa, asintiendo.
La pareja no parecía muy conforme.
—Como veis, al igual que vosotros, otros muchos deben jurar o reafirmar lealtades. Por ello, hay que asegurarlo —dijo Otto—. Aemo...
Kaithlys cortó al Lord Mano.
—¿Qué les pasará a aquellos que rehúsen jurar lealtad? ¿A aquellos que no quieran?
Una falta de respeto cortar a alguien mientras habla, en mi opinión.
—Se les darán incentivos, al igual que a Lord Daryl. Aemond y Kaithlys iréis a Bastión de Tormentas. Aelys y Rhaemon marcharéis al Norte. Daenkiel, Daryl y Ser Alaric marcharéis al Nido de Águilas. Maelle, vos marcharéis a las Tierras de los Ríos y os reuniréis con el resto cuando todos finalicen. Empezaréis por asegurar Harrenhal —dijo Otto.
Cuatro años más tarde, el Trío Calavera volvía a reunirse.
Y, conociendo nuestro historial, puede que el viaje salga mal.
Una de las princesas empezó a hablar con Aegon para convencerle de cambiar la planificación de un viaje. Me pareció un poco absurdo y, francamente, solo podía pensar en nuestra increíble reunión.
Todos comenzaron a marchar, menos Kaithlys, quien quiso una audiencia con el rey. Me quedé por si acaso, al igual que Rhaemon, que parecía esperarla.
La princesa me miró de reojo, se levantó y se acercó a Aegon, quien la miraba extrañado. Se acercó todavía más para susurrarle algo.
—Bueno... eres tú quien se me está arrimando así —dijo Aegon en voz alta.
—Puedes preguntármelo... Están mi hermano y el Lord Comandante. No hay ningún... ningún problema.
—Es la misma palabra. Soy la misma persona —respondió Aegon.
Todo aquello me pareció muy raro. Miraba con una ceja alzada.
—No, no... Es cierto. Hemos enviado cuervos y ya habrán llegado, si es que no han llegado. Te explico: mi madre montó un caos generacional con entregar correspondencias, paz y amor... y lo hicimos. Todo bien. ¡No te preocupes! —dijo Aegon, feliz.
—Está bien... ¿Pero dónde sacaste ese rumor de hace cuatro años? ¿El de que era una puta? —preguntó Kaithlys.
—Ah, me lo dijeron otras putas —respondió Aegon.
Al ver que la conversación no iba conmigo, me limité a observar los movimientos de Kaithlys por si hacía algo extraño. Se limitaron a acariciarse un poco y, antes de marcharse, la joven princesa me miró.
—Alaric —dijo para despedirse de mí, sin referirse a ninguno de mis títulos.
Me pareció una falta de respeto, pero decidí obviarlo por mi propia salud mental.
—Rhaemon, ¿podemos hablar? —le dijo a su tío.
—Claro. Justo quería intercambiar palabras con vos —respondió Rhaemon.
Los príncipes se marcharon de la sala y, poco después, lo hizo el rey, a quien acompañé.
Tras dejarlo a salvo, marché junto a Daryl y Daenkiel.
—Verás... pensé que el príncipe debería estar en un lugar de confianza, por si acaso venían a buscar al muchacho...
—¿Qué es lo que buscáis? ¿Oro? ¿Plata? ¿Qué es lo que queréis?
El tiempo corría en nuestra contra y no estaba por la labor de conversar con semejante persona.
—No. Exijo que pongáis fin a las barbaridades que les hacen a los niños. Vuestras capas doradas lo dejan hacer a cambio de sobornos. Es obsceno y la Corona lo ignora.
La miré unos segundos, algo confundido.
—¿Me pedís a mí que ponga fin a algo que está bajo la jurisdicción de las capas doradas?
—Tenéis ese poder. ¿Me equivoco, Lord Comandante?
—Os equivocáis. Las capas doradas no responden ante mí —le expliqué—. Pero puedo intentarlo. No os prometo nada.
—Cuando el complot dé sus frutos y sentéis a Aegon en el trono, quiero que recordéis que fui yo quien lo puso ahí —comenzó a explicar con una satisfacción que me pareció soberbia—. Podría haberlo matado tan fácilmente como a una mosca. No hay más poder que el que el pueblo os permite tener.
Su monólogo me disgustó y, muy a mi pesar, respondí:
—La ignorancia no es un poder.
Me miró con desagrado. No parecía que fuera a decirme dónde estaba Aegon. La había cagado.
Me limité a mirarla en silencio, esperando que nuestro aura fuera suficiente para intimidarla y hacerla hablar.
Me miró fijamente.
—Por vuestra boca, una moneda de oro.
Mi plan no había surtido efecto. Tragándome mi orgullo, le entregué la moneda.
—Se encuentra en el septo, debajo de la mesa circular de las velas. Le escondí ahí.
—Buen sitio... —repliqué—. Le habéis hecho un favor al reino.
Lo dije sin ningún atisbo de sentimiento, únicamente como formalidad. Ella asintió de la misma forma.
Ser Criston y yo pusimos rumbo al septo de inmediato. Llegamos rápidamente y comenzamos a buscar debajo de la mesa.
—Aquí debajo. Hay una pequeña compuerta —dijo Ser Criston.
—Ahí, ahí, ahí... A ver —respondí apresurado, acercándome a él.
Abrimos la compuerta.
—¿Hhuuhghhgh? ¿Qué pasa?... ¿Qué día es hoy? —balbuceó Aegon, claramente borracho.
—Madre mía... Que los Siete se apiaden —murmuré—. Estáis para un cuadro, mi príncipe.
—¿Dónde está el Gusano Blanco? Llevadme con mi madre.
Ser Criston lo arrastró fuera del compartimento.
—Sí... Vamos, vamos —respondí, no muy contento.
Al darnos la vuelta y comenzar a subir las escaleras, las puertas del septo se abrieron.
Ser Erryk y Aemond estaban al otro lado.
Les miré confundido. Todo el día, en general, había sido raro. ¿Qué hacían aquí?
Me quedé mirándolos, esperando a que se anunciaran.
—Lord Comandante, necesitamos que nos entreguéis a Aegon para devolverlo con su madre —me pidió Ser Erryk.
—¿Me estáis pidiendo a mí que os lo entregue? —hice énfasis en la última palabra.
—Disculpe, Lord Comandante, pero es una orden directa de la reina.
—La reina... —miré de reojo a Criston.
Para sorpresa de nadie, tenía cara de pocos amigos. Todos estábamos cansados y apenas había salido el sol.
Pero, para sorpresa de todos, Criston me lanzó a Aegon y desenvainó su espada.
—La Mano nos ha ordenado y ya habéis escuchado al Lord Comandante —dijo Criston.
Aemond desenvainó también su espada, con una sutil sonrisa.
—¡No, no, no! —exclamé, atrapando a Aegon y dando un pasito atrás.
Comprobé si mis hombres eran tan estúpidos como para matarse entre ellos delante de dos príncipes y en las puertas de un septo.
Por suerte, no lo eran.
—¡Basta! —exclamé, a punto de perder el norte.
—No gritéis tanto. Me duele la cabeza... —dijo Aegon.
—Callaos, mi príncipe.
Me volví hacia Criston.
—Esto no puede ser... Ser Criston, su madre tiene derecho a verlo, ya que la Mano... bueno, "Mano". Recordemos que ya no hay rey.
Aegon me miró completamente confundido. Aemond se quedó perplejo.
—Es lo que hay —terminé.
—Ya entiendo ahora... Quizá entonces el juicio de mi madre no sea el correcto y haya que entregarlo a la Mano —dijo Aemond mientras caminaba hacia nosotros.
—Pero, mi príncipe... —replicó Erryk.
—¿Qué más da lo que diga mi madre? No es más que la reina viuda, ¿no? Mejor lo entregamos a Otto y se acabó —explicó, tendiéndome la mano para que le entregase a Aegon.
Miré a Aemond, luego a mis subordinados y finalmente dije:
—¿Por qué no vamos todos? Si vamos al mismo destino... ¿qué más da?
—Disculpad, pero no creo que sea correspondiente entregarlo a la Mano. Insisto en que sea a la reina —replicó de nuevo Erryk.
A lo lejos se escuchaban las placas de una armadura. Poco después apareció Arryk, corriendo hacia nosotros.
Me quedé mirándole llegar.
—¡La Mano insiste y es urgente! ¡Hay que traerlo ya! —exclamaba Arryk desde la lejanía.
Aprovechando mi falta de atención, Aegon intentó zafarse de mis brazos, pero, para su pesar, el intento se quedó en eso, un mero intento. Le di una colleja con mi diestra para reprenderle.
—¡Oye! —exclamó Aegon.
También aparecieron desde un callejón el príncipe Rhaemon, la bastarda Mares y una de las hijas de Rhaenyra.
—¿Qué decidís, Lord Comandante? —me preguntó Ser Criston.
Los recién llegados se miraron entre ellos, todavía desconocedores de la situación.
—La reina viuda tiene derecho a ver a su hijo —dije tras unos segundos.
Ser Arryk me miró.
—Pero, mi Lord Comandante, las órdenes fueron directamente de la Mano.
—No hay Mano si no hay rey. ¿Me habéis entendido? —expliqué con calma, zanjando el asunto.
—Sí, mi señor... —respondió Arryk, cabizbajo.
Le fulminé con la mirada y después dediqué unos segundos a mirar a cada uno de los presentes.
—¿Venís, o qué hacéis?
Todos asintieron.
Comenzamos la marcha hacia la Fortaleza Roja.
—¿Qué está pasando? ¿Sois ahora el Lord Comandante? —se acercó Rhaemon, mirándome confundido.
—Así es. Soy vuestro nuevo Lord Comandante.
—¿Y por qué se os ha pedido que llevéis a Aegon?
—Creo que una vez lleguemos a donde se encuentra vuestra madre lo entenderéis. Si no, preguntadle a vuestro hermano.
Continuamos caminando y, al llegar, cedimos Aegon a Alicent, quien nos lo agradeció con una sonrisa sincera.
Por otro lado, llegaba Otto caminando con prisa.
—Bien jugado —dijo Otto.
—Esto no es un juego —replicó Alicent.
—Pues habéis actuado como si lo fuera. Como si fuera un torneo por una bolsa de plata. Y tus caballeros... —nos miró a todos— tus meros juguetes.
—Es una madre preocupada por su hijo, pero creo que nunca lo va a entender —replicó Aelys, colocándose junto a Alicent.
—¿Y acaso no nos hemos apoyado siempre para ayudarnos? Ambos queremos lo mejor para esta familia, para este reino... —respondió Otto, mientras Aelys reía como una loca—. Lo quieras o no, pero pese a nuestras diferencias, nuestros corazones siguen unidos...
Miró a Aemond.
—Nuestro es un decir muy grande, ya que el primer día que pisé este fuerte usted fue quien quiso que nos matáramos entre todos. Alicent y sus hijos son los únicos que valen la pena —dijo Aelys.
—Tan solo somos fichas en tu tablero... Entonces, ¿lo hacemos a mi manera? —preguntó Alicent.
—Lo hacemos a tu manera, pero todas las consecuencias posteriores que caigan en tu conciencia. Ahora, todos marcharemos a Pozo Dragón, ya. ¿Alguna objeción? —dijo Otto.
—¿Por qué Pozo Dragón? —preguntó Aelys.
—Vamos, princesa —murmuró Ser Criston, tomando a Aelys del brazo.
La mujer intentó separarse y Aemond se interpuso entre ambos.
—Podemos ir por nuestra cuenta, Ser Criston —dijo Aemond.
Tras una larga mañana marchamos hacia Pozo Dragón. Acompañé personalmente a los príncipes, mientras delegué en Ser Criston el deber de acompañar a Aegon y Alicent.
Una enorme turba de gente ya poblaba las calles cercanas. Heraldos gritaban y llamaban la atención del pueblo llano. Trompetas comenzaron a sonar triunfantes y, poco después, se cerraron las puertas de Pozo Dragón.
Aegon caminó bajo las espadas de las capas doradas acompañado de Daenkiel. Tenía un caminar decidido e imperial, aunque seguía siendo el mismo hombre que habíamos encontrado borracho debajo de una mesa unas horas antes.
—Recordad que tenéis la suerte de ser testigos de una nueva era para la ciudad, una nueva era para el reino y un nuevo rey para gobernarnos. ¡Envainad!
Las capas doradas envainaron al unísono.
—El reino de Poniente ha enfrentado un horrible momento. Pero, así como lo ha sobrepasado, es momento de cumplir la voluntad del rey Viserys y dar paso a su sucesor, Lord Aegon II Targaryen —exclamó Daenkiel.
—En su lecho de muerte, el rey Viserys I Targaryen expresó su última voluntad. Y era que Aegon, su primogénito, fuera el sucesor y protector del reino —dijo Otto.
—Y es por eso que, por el poder que me concede el Septón Supremo de Poniente de la Fe de los Siete... —lo buscó con la mirada— y todas las casas y familias del reino, unjo a Lord Aegon de la Casa Targaryen, segundo de su nombre, como rey de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino.
El Septón Supremo, muy afectado por una enfermedad, comenzó a santificar a Aegon.
Yo estaba atrás, junto a Arryk, pero mentalmente no estaba allí.
...no podía creer lo que estaba viviendo, el devenir de todo el reino había pasado por mis manos... Y había hecho lo correcto.
Daenkiel tomó la corona de Aegon el Conquistador y la posó sobre la cabeza de Aegon.
—¡Larga vida al nuevo rey! —exclamó Otto.
—¡Larga vida al rey! ¡Viva el rey Aegon! —comenzó a gritar la gente.
Aegon, en un arrebato de epicidad, desenvainó Fuegoscuro, la legendaria espada de los reyes Targaryen...
Pozo Dragón explotó en vítores.
—Ese borracho no ha hecho nada para merecerse ese sitio —escuché murmurar a Aemond.
Me fijé en los hermanos de Aegon. No parecían demasiado conformes.
—No. No ha hecho nada ni lo hará... pero es el primogénito. Así son las cosas —murmuró Rhaemon.
Mi mirada pasó a mi padre, cuando empezó a argumentar todo lo que había sucedido y como le parecía extraño que aquel guardia hubiese llegado sin ningún rasguño. Ser Erryk, añadiendo que había tenido que guardar apariencias, sacó lo que portaba en la bolsa que lo acompañaba. El objeto en cuestión no era otro que la corona del difunto Rey. Con cuidado dejó esta en la mesa del salón donde nos encontrábamos.
Seguía teniendo a Lucerys abrazado mientras la conversación se seguía dando. Vi el gesto de mi padre hacia Renash y ante la mirada de este sobre el guardia, liberé despacio a Lucerys. Ser Erryk no tenía culpa de lo que había sucedido y esperaba no tener que interceder por él, pero por si acaso, me preparé.
Renash preguntó que cómo era posible que coronasen a un Rey a puerta cerrada, sin avisar a la legítima Reina. Tras la respuesta recibida, de que era usurpación y que lo tendrían planeado desde hacía años. La voz de mi marido se alzó en la sala, preguntando que pasaba con todos los que habían hincado rodilla ante nuestra madre. Ser Erryk nos explicó que varios nobles ya habían hincado rodilla bajo coacción, pero que otros ya lo tenían planeado, como los Lannister y los Hightowers. Pero que aun no estaban todas las casas resueltas, como el Norte, los Baratheon, los Velaryon, las tierras de los Ríos y Nido de Águilas. Algunas casas del dominio se oponían mientras que otras si la habían hincado. No sabían nada de las grandes casas ni de los Greyjoy.
Renash propuso mover ficha rápido y tras esas palabras, Ser Erryk nos avisó de que los verdes, vendrían a por nosotros. Nos sugirió que debíamos abandonar Rocadragón. Pero toda mi familia tenía claro que no íbamos a abandonar nuestro hogar.
Mi padre claramente negó y me preguntó si me veía capaz de organizar a la guardia. Asentí sin duda y expliqué, como todos ya sabíamos, que solo había un modo de acceder y que de acercarse alguien, los dragones les dejarían carbonizados en apenas un momento. Además de explicar las patrullas que se podían hacer, que zonas vigilar y el mantenernos alerta. Tengo más que claro, que mi padre sabía a la perfección de todo aquello, pero tal vez quería ver si era capaz de organizar rápido a la guarda tras las noticias recibidas, si reaccionaba bien bajo aquella presión, o ambas.
Me pidió que transmitiese a lo guardias aquella defensa planificada, asentí sin dudar. Y aunque a mi padre le preocupaba la desventaja del tiempo, mi madre tras añadir que no todo estaba decidido, pues habían casas que no habían hincado rodilla, decidió que tras montar la defensa, acompañase a mi hermano Jace al norte. Quería que nos ganásemos el blasón de los Stark, que reafirmasen su lealtad a la decisión del difunto Rey, de que ella era la legítima Reina.
A Renash le dio a elegir entre ir a la tierra de los Ríos o a la tierra de las tormentas. Escogió la tierra de las tormentas y Lucerys iría con él, por ende mi padre partiría hacia Nido de Agilas y cuando regresásemos, Renash y yo partiríamos a la tierra de los ríos. Preocupada ante todo lo que estaba sucediendo, pedí a nuestra madre que por favor, mientras que no estuviésemos presentes, mantuviese a nuestros hijos vigilados. Asintió sin duda alguna y tras ello, tomando la corona del difunto Rey, pidió a Ser Erryk que la acompañase, pues iba a ser coronada.
Marché para indicar a la guardia como debían proceder, rondas, turnos, el no permitir que nadie pasase a Rocadragón ni a Pozo Dragón, que nos avisasen si veían algo extraño. Toda precaución era poca, sabíamos que los verdes iban a venir por nosotros y eran capaces de hacerlo de cualquier forma, así que tenían avisado que no eran bien recibidos.
Tras aquello pensé en bajar al pozo e intentar una segunda vez, ver si era capaz de crear aquel vínculo con Vermithor, sabía de la dificultad, del peligro, por ello pensé hacerlo sola. Vi a lo lejos mi marido y a mi hijo, así que decidí verles y conversar con ellos, por si era la última vez que les veía.
Ellos dos eran mi mayor tesoro, junto con la pequeña Visenya. ¿Qué hacen mis dos hombres preferidos? eso fue lo que pregunté al llegar junto a ellos.
Baelor me abrazó nada más verme, así que le cargué en mis brazos mientras escuchaba como Renash me contaba que hablaban de una misión muy importante. Baelor me explicó que debía protegerlos a todos y que luego, Renash le dejaría montar en el dragón. Sonreí tras conocer aquella gran misión. Le dije que estaba segura de que podía defenderlos a todos, pero que sobre todo, debía cuidar de su hermana y de su abuela. Baelor asintió sin problema. La ternura me inundó por completo. Dejé un beso en su mejilla, como posible despedida y pidiéndole que fuese a ver donde estaba su hermana, le dejé en el suelo. Renash debía saber lo que estaba a punto de hacer y por lo que veía, ya tenía a Fate preparado para el viaje.
Aun habiendo visto al dragón de mi marido preparado, le pregunté si tenía ya todo listo. Asintió sonriéndome, preguntándome que por quien le tomaba. Creo que no es consciente de cuanto me gusta verle sonreír así. En ese momento dudé sobre si decirle realmente o no lo que iba a hacer, así que mencioné que tenía dos cosas que decirle.
Lo primero fue que tuviese cuidado con el viaje a las tierras de la tormenta. Le pedí que vigilase su espalda y su cabeza. Me dijo que volvería de una pieza.
Decidí que sí debía saber lo que iba a hacer, así que miré hacia la entada de Pozo Dragón por un momento y entonces, mirándole de nuevo, le dije que creía que era hora de volver a intentarlo.
Renash miró también hacia la entrada, luego puso sus ojos sobre los míos. Eso fue lo último que vi con nitidez. De pronto dejé de estar ahí, o eso sentí. Todo se volvió confuso, borroso. Me sujeté de Renash, todo a mi alrededor de pronto era complejo, sentí que no podía hacer nada, que no podía prever que iba a pasar.
Renash me preguntó si estaba bien y que si estaba completamente segura de lo que iba a hacer. No le mentí, le dije que lo estaba, hasta justo lo que acababa de pasar, había tenido un sueño demasiado extraño, inconcluso y borroso, pero con cierta certeza de no poder hacer nada. Le comenté que me había creado duda y él me dijo que quizá no sería la mejor idea.
A sabiendas de que iban a venir a por nosotros, creí que era algo que debía hacer. Pregunté a Renash que era lo que él haría y su respuesta, de que lo que él haría no sería lo que hiciese, no me sorprendió aunque si me hizo sonreír con suavidad.
Dudé, de verdad que dudé mucho, jamás había tenido tantas dudas sobre algo. El temor se apoderó de mi tras ese sueño. Pero ante todo lo que estaba por venir, le terminé diciendo que lo iba a intentar.
Renash me preguntó si podía acompañarme. Le dije que no sabía si sería buena idea, pues si salía mal y no volvía, al menos nuestros hijos seguirían teniendo un padre, pero que si me quería acompañar, no se lo podía impedir. Dejó claro que tras mis palabras sus ganas de acompañarme no disminuían, si no que incrementaban. Acepté que me acompañase, pero le pedí que se mantuviese a una distancia prudencial e intenté hacerle prometer, que no haría ninguna locura. Temía que de salir mal, él intercediese y le pudiese pasar algo.
Me dijo que no podía prometerme eso, que lo que sí podía prometerme, era no interceder si estaba fuera de peligro, ahí no actuaría. Pero que si lo estaba, no me dejaría morir, que haría todo lo que estuviese en sus manos.
Tomé una de sus manos entre las mías, mirándole con temor y súplica. Dejé claro que si le pasaba algo, jamás me lo perdonaría, me dijo que no era negociable. Le recordé que teníamos dos hijos y añadió que precisamente por eso, no era negociable. Aquello solo me lo ponía más difícil, no quería que le pasase nada. El intento de vincularme a Vermithor era precisamente para tener algo más a favor a la hora de defendernos, hacer rondas con él alrededor de Rocadragón y cercanías, no ponerle en riesgo.
Recordé como Kaith quedó sin Midir para que la anterior vez, saliésemos con vida. Renash alegó que nunca entenderá por qué Kaith no hizo que Midir volase, si hasta Vhagar salió de allí siendo más grande. Y que las circunstancias no eran las mismas. En eso tenía razón, no habría el alboroto de la última vez.
Enlacé los dedos de una de mis manos con una de las manos de él. Le dije que creía que ante todo lo que estaba por venir, era necesario intentarlo. Le pedí, que me perdonase si todo salía mal y terminaba muerta ante el fuego de Vhermithor. Me dijo que no habrían disculpas, que no las necesitaría.
Asida a su mano, bajamos a Pozo Dragón.
Sentía como mi corazón martilleaba fuerte contra mi pecho, como el nerviosismo recorría mi cuerpo. Tener a Renash a mi lado me daba fuerzas, eso era innegable, es una pieza fundamental en mi vida y por ello, el temor de que le pudiese pasar algo, también me acompañaba.
Estando ya dentro de Pozo Dragón y estando Renash a cubierto tras una gran roca, me alejé de él.
Estando a la vista, empecé a tararear una canción Valyria que seguramente Renash reconocía. Quería hacer saber a Vermithor que estaba ahí. Comencé a hablarle en Valyrio. Volví a recordarle que no pretendía doblegarle, que quería proteger junto a él a la familia que tanto quería, que sería un honor que compartiese conmigo su regreso a los cielos. Realmente esperaba que me viese digna de compartir el vínculo con él.
Pensé que mi corazón no podía latir ni con más velocidad ni con más fuerza, pero cuando vi aquel destello al fondo de la cueva, cuando le vi aparecer, eso fue lo que sucedió. Esperé con toda la calma de la que podía hacer acopio, manteniéndome alerta, con ese dragón no se podía bajar la guardia. Se acercó un poco, el calor de su fuego empezaba a ascender por sus fauces las cuales empezaba a abrir.
Vi el brillo del color del fuego empezar a nacer en su garganta. Así que le pregunté si no quería volver al cielo. Llevaba mucho tiempo metido en el pozo, algo en mi me decía que lo debería extrañar, por poco que fuese. Tras decir aquello, le reclamé con calma.
—Naejot māzīs Vermitōs.
Vi como el fuego que empezaba a nacer en su garganta se retraía. Casi conforme se retrajo, volvió a crecer y lo liberó hacia mi. Tuve el tiempo suficiente de correr hacia la gran roca donde estaba Renash escondido. Las llamas chamuscaron por suerte solo parte de mis ropas.
Ambos nos alejamos hacia una nueva roca. Vermithor estaba destrozando otras tantas en sus camino hacia nosotros. Intentando que se calmase exclamé algunas palabras llamando a dicha calma.
—¡Lykiri¡ !dohaeras¡
A Renash le dio tiempo de esconderse tras una roca rodeada de niebla. Saber que al menos él estaba a resguardo, me calmaba por esa parte.
Yo aun veía a Vermithor y él a mi. Las palabras que usé no sirvieron, no le calmaron ni le hicieron obedecer. Una vez más, probablemente la última, vi el fuego nacer en el fondo de la garganta de la Furia de Bronce y como este, lanzaba dicho fuego hacia mi.
Aquello iba a ser rápido, con tal potencia y a la distancia que estaba, seguramente mi muerte sería rápida, pero al menos, nuestros hijos seguirían teniendo a su padre.
De pronto, sentí como alguien tiraba de mi. Las manos de Renash aparecieron entre la niebla, tiró de mi haciéndome caer al suelo tras de la roca donde él estaba justo antes. Todo fue muy rápido, demasiado. Sin tiempo de poder levantarme del suelo, me encontré con la mirada de Renash. Mis ojos se abrieron de par en par con un miedo atroz al ver que mi marido había cambiado nuestros lugares. No, no, no, aquello no podía estar pasando.
Renash me miró con seguridad, con una gran sonrisa en su hermoso rostro, como si hubiese aceptado aquel destino desde que bajamos allí.
Miré sus ojos, su rostro, su sonrisa, a todo él y sin darme tiempo a hablar, en apenas un instante, el fuego de Vermithor le rodeó por completo, siendo lo último que vi entre dicho fuego, aquella amplia sonrisa que jamás iba a poder volver a ver. Mi cuerpo se heló, mis ojos ardieron en lágrimas y grité, grité con el alma rota ante el horror que acababa de ver. Renash había dado su vida por mi y eso era algo que nunca me iba a perdonar. Vi como aquel maldito dragón empezó a juguetear con su cuerpo.
Con ira, rabia e impotencia le grité. Le dije que dejase de una vez el cuerpo del que hasta ese momento, había sido mi marido, mi hermano y el padre de mis hijos. Sentí la necesidad de correr hacia Renash, cubrir su cuerpo con el mío aunque ya de nada sirviese y de no haber tenido a nuestros hijos, bien saben los siete que eso era lo que habría hecho.
Una vez más aquel maldito dragón no hizo caso alguno y devoró el cuerpo de Renash. Precisamente por nuestros hijos, pensando en Baelor y Visenya, fue que me obligué con las pocas fuerzas que me quedaban, a retroceder mientras todo mi cuerpo luchaba ante el temblor que me sacudía. Era una mezcla de dolor, culpa e ira. Si tan solo no hubiese bajado, o lo hubiese hecho sola...
Tragué saliva. Un silencio incómodo invadió la sala.
—Lloramos a Viserys el Pacífico, nuestro soberano y amigo... —continuó Otto—. Pero nos ha dejado un regalo. Con su último aliento le expresó a la reina su última voluntad: que su hijo Aegon, como bien habéis oído, le sucediera como señor de los Siete Reinos.
Un breve silencio acompañó sus palabras.
—Entonces podemos proceder, dada su bendición, a nuestros planes —dijo uno de los gemelos Lannister.
—Sí. Hay mucho que hacer, como habíamos anticipado —respondió Otto rápidamente—. Hay dos capitanes de la Guardia de la Ciudad fieles a Daemon. Habrá que reemplazarlos...
Comenzaron a hablar de alianzas, oro y movimientos que parecían llevar planeados desde hacía tiempo. Pero el asunto verdaderamente importante era la sucesión, cosa que parecían haber zanjado con las meras palabras de un hombre moribundo.
—¿He de suponer que el consejo había planeado a mis espaldas la coronación y sentar a mi propio hijo? —preguntó Alicent, interrumpiendo al Lannister y a su padre.
Lord Beesbury me miró y después dirigió su atención hacia Otto, ignorando al consejero que estaba respondiendo a Alicent.
—Esto es intolerable. ¿Habíais conspirado para sustituir a la heredera elegida del rey?
Entonces recordé la charla que tuve con Otto hacía casi cuatro años, en el septo. Aquello llevaba cociéndose a fuego lento desde mucho antes de aquella noche y, sin comerlo ni beberlo, yo formaba parte de ello.
—¿Y la queréis sustituir por un impostor?
Beesbury, sin entender a razones, se levantó de su asiento.
—Señores, tengo setenta y seis años. Conocí a Viserys antes que cualquiera de los aquí presentes y dudo que dijera tal cosa en su lecho de muerte, con la única compañía de la madre del muchacho como testigo —dijo mirando a Alicent—. ¡Es un ultraje, un robo... una traición!
—Conteneos, Ser Layman —pidió uno de los consejeros.
—Anoche el rey estaba bien, según lo que he oído.
La voz de Lord Beesbury temblaba. Las placas de la armadura de Ser Criston sonaron al acercarse a él.
—¿Alguno de los presentes puede confirmar que no murió con ayuda?
—¿A quién acusáis de regicidio? —preguntó el mismo consejero.
—Me da igual si fuisteis uno o fuisteis todos. ¡No pienso formar parte de esto!
Ser Criston Cole se puso detrás de él, lo agarró y gritó:
—¡Sentaos!
Lo empujó con fuerza hacia abajo y estampó su cabeza contra una de las bolas de mármol, incrustándosela en el cráneo. Lord Beesbury cayó muerto.
Ser Harrold, a mi izquierda, desenvainó su acero al ser testigo del asesinato. Arryk y Erryk se miraron entre sí. Criston también desenvainó.
—Ser Alaric, detened a Ser Criston Cole —me ordenó Harrold.
Se me heló la sangre. Mi mente se quedó en blanco.
—Entregad la capa a Ser Alaric, Ser Criston. Dejad la espada.
Di un paso hacia adelante, claramente indeciso, intercalando la mirada entre ambos. Criston miraba el cadáver y lo apuntaba con la punta de su espada. Noté la mirada de mi Lord Comandante sobre mí, así que, ya decidido, me acerqué a Ser Criston y tendí la mano para que me entregara su capa.
Pero me apuntó con la espada.
—No toleraré que se insulte a la reina —dijo Ser Criston.
—No se me ha insultado. Envainad la espada —respondió Alicent.
Criston obedeció, pero Harrold no envainó la suya. Parecía tan confundido como yo unos instantes antes.
—¿A esto hemos llegado? —preguntó en voz alta.
Poco después, los consejeros volvieron a hablar sobre alianzas, matrimonios y lealtades. Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué hay de Rhaenyra? —preguntó Alicent.
—Por motivos obvios, no podemos permitirnos que quede en libertad —respondió Otto—. Y tampoco que se entere de la situación. Habría que hacer algo para que quede confinada en Rocadragón.
—Jamás se doblegará. Ni ella ni Daemon, y lo sabéis. Lo sabéis todos los aquí presentes —dijo Alicent—. ¿Qué pretendéis hacer? ¿Matarlos?
El silencio volvió a inundar la sala.
—¿Todos lo aprobáis? —habló Alicent de nuevo, incrédula.
—Vuestro padre tiene razón. Una pretendienta viva traería la muerte y la guerra —dijo uno de los consejeros.
Discutieron un poco más y, nuevamente, el silencio se hizo presente.
—Lord Comandante Westerling, Ser Alaric Belmore, partid hacia Rocadragón... —dijo Otto—. Que sea rápido y limpio.
Se me erizó la piel con tan solo pensar en la orden que me había dado, o en lo que se suponía que tenía que interpretar de ella.
—¿Cómo? —respondí, casi sin pensarlo.
Escuché algo a mi izquierda y, al girarme, vi cómo mi Lord Comandante, Ser Harrold Westerling, se había arrancado la capa blanca. Se acercó a la mesa y la dejó sobre ella.
—Soy el Lord Comandante de la Guardia Real. No conozco más autoridad que la del rey... y hasta que no haya uno, aquí no tengo cabida.
Luego me miró y se marchó.
Quedé expectante ante la respuesta de Otto. Estuvo dubitativo entre mi persona y Ser Criston, pero finalmente dijo:
—Ser Alaric, enhorabuena. Sois el nuevo Lord Comandante.
Al escucharlo, inmediatamente hinqué la rodilla... Era lo que siempre había querido, Lord Comandante de la Guardia Real.
...el primer Belmore en conseguirlo...
En el mismo sitio, Otto me encomendó buscar a Daenkiel y luego a Aegon, para entregárselos en persona lo antes posible. Ser Criston y Ser Arryk me acompañarían para ir más rápido.
No mucho después emprendimos la marcha. Antes de salir, lancé una mirada firme a mis compañeros para comprender si me tenían respeto.
Lo tenían.
Nos acercamos a los aposentos de Daenkiel y toqué tres veces la puerta. El hombre entreabrió y me miró con el lado quemado de la cara. Aunque había sanado y había pasado tanto tiempo, todavía recuerdo sus gritos bajo el fuego de Robaovejas como si fuera ayer.
—Ser Alaric... ha pasado mucho tiempo —dijo Daenkiel.
Asentí en silencio.
—Os dirigiréis a él como Lord Comandante, septón —interrumpió Ser Criston.
Le fulminé con la mirada. Es descortés interrumpir a alguien que mantiene una conversación con otra persona, aunque quizá Ser Criston tuviera cosas más importantes en las que pensar.
—Veo que la vida os ha tratado bien, Lord Comandante Alaric —me dijo Daenkiel, notablemente intimidado por nuestra presencia.
—Se podría decir lo mismo de vos —respondí con una sonrisa pícara—. Se requiere vuestra asistencia. Debéis venir con nosotros. Vestíos y daos prisa, el tiempo apremia.
—¿Qué es tan urgente? ¿Qué ocurre?
—Creo que será mejor que lo sepáis después.
Daenkiel asintió y cerró la puerta. Tenía que ponerse los atavíos y demás cosas de septón. Durante la espera, Criston hizo una aportación.
—Ser Alaric, quizá ganaríamos más tiempo si le mandamos directamente con Otto y nosotros tres vamos en busca de Aegon.
—Vos conocéis a Aegon más que yo —le dije.
—Sí. Más de una vez le he tenido que sacar del Lecho de Pulgas.
—Bueno... De todas formas, creo que Ser Arryk debería acompañar a Daenkiel —dije, desviando la mirada hacia mi otro acompañante—. Las paredes de la Fortaleza Roja tienen orejas y ojos.
—Pues entonces marchemos y que Arryk se encargue de acompañarle —dijo Criston.
Un año más tarde me encontraba en la misma situación, pero ese parto no fue como el anterior, las cosas se complicaron. Sentí un gran dolor, la parturienta dijo que el bebé se iba a ahogar, que debía empujar más fuerte. Rápido dijeron a Renash que podrían intentar sacarlo por la tripa. El temor se apoderó de mi así que le miré. Él quiso saber cuanta posibilidad había de que yo sobreviviese, vi la duda en su rostro. La parturienta no sabía decirle con certeza. Pregunté qué pasaría si seguía empujando, ella me preguntó si me veía capaz de empujar con mayor fuerza, alegó que si todo salía bien lo podrían sacar sin problema, si salía mal podía morir ahogado. Y si le sacaban por la tripa, sí o sí saldría bien, pero sería yo quien corriese el riesgo.
Renash no estaba dispuesto a que corriese el riesgo de morir. Volví a mirarle con temor. Me preguntó si me veía con fuerzas, asentí, daría todo lo posible para que aquello fuese bien. Sujeté la mano que mi marido me ofrecía y con fuerza empujé. Lo hice con todas mis fuerzas mientras rezaba a los siete por su ayuda.
El dolor desapareció y después escuché su llanto. Cerré los ojos suspirando no tardando en volver a abrirlos. Era una niña, me la tendieron y la sujeté contra mi pecho viendo el cordón umbilical enroscado en su brazo. Aquello me preocupó, miré a Renash, miré a la parturienta. Me pidió a mi hija, se la tendí y se la llevaron. No se cuanto tardaron, se me hizo eterno pero finalmente regresó con nuestra hija. Tras volver a acunarla en mis brazos pudimos comprobar que estaba perfectamente bien. Los siete sin duda habían escuchado mis plegarias.
Nuestros padres preguntaron qué nombre iba a tener nuestra hija. Vi la mirada orgullosa de mi marido, de que todo hubiese salido bien. Guardé silencio esperando que fuese él quien dijese el nombre de nuestra pequeña.
Visenya. Mi madre sonrió al escuchar que el nombre que habíamos escogido era el mismo con el que ella habría llamado a nuestra pequeña hermana difunta, no pudo evitar emocionarse, no tenía por que agradecérnoslo pero lo hizo y yo le tendí a su nieta para que pudiera cargarla.
Los años siguieron pasando, Renash y yo aprendimos como ser padres de un par de niños hermosos.
Tras cuatro años de calma, de paz, volvimos a ser llamados a la fortaleza roja. Mi ceño se frunció cuando no vi a mi abuelo sentado en el trono de hierro, era el maldito Otto quien lo ocupaba. Este empezó a hablar. Isla Zarpa tenía problemas con los piratas, como no piratas. Se habían enquistado allí durante estos cuatro años.
El primer plan que se pronunció, fue el de mi tío Aemond, quería acabar con todo, quería que los jinetes de dragón llegasen y arrasasen con todo reduciéndolo a ceniza. Daryl avisó acerca de sus escorpiones contra los dragones. Aemond seguía empeñado en que todo jinete de dragón fuese hacia allí. Rhaemond lo aprobó. Daryl y Maelle no parecían estar a favor de matar a inocentes.
Rhaemond dio el nombre de quien comandaba esta vez a los piratas. Otro miembro de la triarquia, siendo este el único que seguía dando problemas.
Debatimos dando ideas y concretamos un plan. Tras esto llegó una mujer alegando tener hijos Velaryon, pidiendo por ellos, por su reconocimiento, no viendo justo el por que a algunos si y a ellos nos. Hablaba de un legítimo heredero, eso pondría en peligro el estatus que ahora mismo tenía Daryl. Tras una discusión sobre ese asunto, las puertas del salón del trono se abrieron anunciando la llegada del Rey.
Me asusté y preocupé al verle. Se veía muy demacrado, cansado. Cuando se sentó en el trono, retomó el tema de esa mujer y preguntó a Daryl al respecto de lo que Lord Corlys Velaryon quería. Daryl dejó claro que quería que él estuviese al frente de la casa Velaryon y que uno de sus deseos tenía que ver con aquellos hijos recientemente aparecidos. El abuelo le indicó que ya lo hablarían luego y añadió que no iba a permitir que se pusiese en duda la legitimidad de nadie, siendo justo lo que Otto estaba buscando justo antes de su llegada.
Una vez todo aclarado y estando ya preparados, partimos en la Serpiente Marina rumbo a Isla Zarpa para, una vez más, luchar contra piratas. Fuimos los mismos que la última vez, excepto por Aegon y Aemond en Vhagar que se quedaría a lo lejos esperando un aviso, de ser necesario. Renash y Rhaemond nos seguían en sus dragones, a una distancia prudencial.
Dimos un repaso al plan durante el viaje para que no hubiesen dudas y de haberlas, quedasen resueltas.
Nos repartimos los diferentes puestos, Kaith estaría en la catapulta, Loreon y yo cubriríamos los laterales de mi melliza, para que no le llegase el daño de los piratas. El resto se pusieron en las balistas. La prioridad era destruir los escorpiones para que Renash y Rhaemond se pudieran acercar sin peligro. Estaba resultando ciertamente complicado, empezaron a haber heridos, empezaron a dañar el barco y en uno de los ataques sobre nosotros, de pronto, todo se apagó para mi.
Cuando abrí los ojos no sabía donde estaba, que pasaba. No tardé mucho en acordarme de lo sucedido. Pregunté por ello, me dijeron que ganamos, que íbamos de regreso. Pregunté por Renash y mis hermanas. Kaith estaba inconsciente, pero sobreviviría, suspiré tranquila, aunque preocupada por ella, cuando llegamos a la Fortaleza Roja, ella seguía inconsciente.
Cuando atracamos, me dolía aun la cabeza y me sentía algo mareada, de modo que Aelys me ayudó a bajar. Renash se acercó y me preguntó cómo estaba, cómo había ido todo por el barco. Un lado de mi rostro aun mostraba los colores de la sangre agolpada por la contusión recibida, además de alguna herida que otra, de no mucha importancia, ya cicatrizadas. Mientras él parecía examinar el daño que mi cuerpo mostraba, le expliqué que para todo lo que había pasado en el barco, estaba bien, le abracé tras responderle y me abrazó de vuelta. Me dijeron que estaba bien, pero quería verlo con mis propios ojos, al fin pude hacerlo.
Tras liberarle del abrazo miré hacia Aelys, hacía mucho que no hablaban y era, tal vez, el momento de cruzar algunas palabras. No fueron muchas, Renash le saludó y le agradeció que me ayudase, ella asintió.
Ya en la Fortaleza Roja y con la cena preparada, cada uno ocupamos un lugar en la mesa. La cena iba por buen puerto, el ambiente era agradable y realmente parecíamos estar todos disfrutando de la cena. Todos menos Aemond. No tardó en destruir esa paz, esa calma aparente que había. Daba igual el tema de conversación que se sacase, Aemond solo quería arruinarlo todo y volvía a abrir esa boca llena de ponzoña. Varias cosas fueron las cuestionadas, todo de forma absurda y sin peso real en todo lo cuestionado.
La conversación llegó a un punto irreversible. Tras que Aemond en un brindis me faltase al respeto ante toda la familia, Lucerys y Jace se pusieron en pie, entiendo que por algo de lo dicho, se diesen en cierto modo por aludidos. Mi padre también se alzó desenvainando su espada, Hermana Oscura. Aemond desenvainó la suya y apuntó con su arma hacia Renash. Aegon también sacó la espada atento de Lucerys y Jace. Renash de forma inmediata se levantó, me pidió que me llevase a los niños, desenvainó su espada y conforme la desenvainaba me acerqué a Baelor tomándole de la mano, este a su vez, tras decirle que nos íbamos a casa, tomó la mano de su hermana menor. Los presentes habían bajado las espadas tras las palabras de mi abuelo pidiendo que parasen, diciendo que ya era suficiente. Mi madre dijo que nos íbamos de inmediato a casa. Lo agradecí, estaba cansada de escuchar las tonterías de Aemond, sus faltas de respeto e intentos de provocación. Alicent por su lado también pidió calma. Tras tener a los niños conmigo indiqué a Renash que nos podíamos ir.
Lucerys llegó a mi lado disculpándose por haberse levantado ante la provocación de Aemond, le rodeé con el brazo libre y dejé un beso en su sien diciendo que no se preocupase, pues ya hablaríamos en casa y tras esto, por fin marchamos para regresar a casa.
Mis nuevas responsabilidades me han tenido constantemente en movimiento y no me han dejado demasiado tiempo para el receso ni centrarme en mis estudios y pensamientos, así que trato de plasmarlos de la mejor forma posible entre los pergaminos que ahora me rodean.
Sin embargo, entre todo este peso han ocurrido momentos que me han situado en lugares donde se han consagrado uniones para la posteridad.
Recuerdo especialmente el día en que casé a Lady Daenyra con Lord Rennash.
Aquel día llegué al septo bastante antes de que comenzara la ceremonia. Había demasiada gente entrando y saliendo, preferí asegurarme de que todo estuviera preparado antes de que comenzaran a llegar los invitados. Revisé las velas, los bancos, las escrituras y hasta tuve que pedir que cambiaran unas flores que estaban empezando a marchitarse.
Ambos parecían serenos y joviales a punto de contraer sus votos ante los Siete que gratamente aplaudió el pueblo.
Era inevitable sonreír.
Lo mismo ocurrió cuando casé a Lord Daryl y Lady Serenna. Era difícil acostrumbrarse a ver como Daryl había llegado tan lejos, reconocido y ahora a punto de casarse con una noble, de cara al Mar Angosto, con el viento acariciando a todos los invitados y a los prometidos, volaron muchos pétalos de flores de amapola.
Esa clase de momentos son extraños.
He pasado demasiado tiempo estudiando la sangre valyria, los dragones, las genealogías antiguas y los secretos que se esconden detrás de las historias que todos damos por ciertas. He visto hombres matar por sus dioses y hombres negar que existan. He visto dragones capaces de reducir una vida entera a cenizas. He visto a nobles discutir por un título mientras la gente pasa hambre en las calles.
Y, aun así, lo que más me cuesta explicar continúa siendo algo tan sencillo como dos personas prometiéndose permanecer juntas. En un mundo tan hostil, agresivo y lleno de actos violentos.
Quizá por eso me conmovieron tanto ambas bodas.
No esperaba que a continuación tuviera que volver a Isla Zarpa para romper la tiranía de los piratas que aún quedaban allí.
Durante la corte para tratar el asunto el ambiente volvió a caldearse como de costumbre entre las diferentes opiniones de la familia Targaryen, Aemond estaba dispuesto a quemar la isla entera lo cuál no hizo gracia a la mayoria, especialmente a Maelle, que vivió allí, pero se llegó a una idea conjunta en la que atacar frontalmente la isla con la flota Velaryon ahora comandada por Daryl y su nueva Sierpe Marina, acompañados por Renash y Rhaemond Targaryen en sus dragones, con Aemond y Vhaegar apostados en otra isla, expectantes.
Los restos de la piratería de la Triarquía habían conseguido hacerse fuertes allí, aprovechando las defensas que llevaban levantando durante estos 4 años. Lo que desde Desembarco podía parecer un reducto de piratas desorganizados resultó ser algo mucho más serio cuando comenzó el asedio. Había hombres acostumbrados a combatir y posiciones difíciles de tomar.
Yo había sido comandado allí pensando que mi cometido sería principalmente religioso y de asistencia. Terminé descubriendo, otra vez, que en tiempos de guerra un septón también toma las armas y en, nuevamente, recurre a lo que sabe sobre anatomía, para tratar que los heridos en la batalla.
El resto de hijos y cónyuges no portadores de dragones, así como los marineros y yo mismo estuvimos en la cubierta del barco luchando contra los bombardeos constantes de las armas de asedio de los piratas, cargadas de fuego.
Durante la lluvia de proyectiles de las armas de asedio algunos de todos los involucrados fueron heridos de gravedad, como Lady Kaithlys, que sufrío una severa contusión que podría haberla dejado mermada para siempre, por suerte no fue así.
Dado que muchos habían sido heridos durante la primera ondanada de proyectiles, me quedé en el barco a asistir a los heridos mientras Daryl y el resto de los que aún tenían fuerza para luchar desembarcó en Isla Zarpa para acabar con la cabeza de la serpiente.
Al tiempo se empezaron a vitorear y escucharse los gritos de la victoria, Daryl regresó con una lesión que ponía en peligro su vista. Traté de todas las formas posibles ayudarlo junto a Aelys, no perdería la vista, no del todo.
Isla Zarpa fue recuperada, no recuerdo la victoria con la alegría que pudiera esperarse. Al menos si con la tranquilidad de que no murió nadie de la familia real.
El mismo día que regresamos a Desembarco del Rey fui invitado al banquete de victoria concertado por el Rey Viserys. Una grata sorpresa pero ya no tan extraña dado el lugar que me había tocado tener, recuerdo las palabras del Rey Viserys durante el banquete, sobre ungir a su hija cuando él no estuviera, lo poco que pude rescatar de la cena quitando la discusión que casi acaba en trifulca.
Algo que recordaré para un futuro no tan lejano.
Acabando la cena tuve una conversación con Rhaemond Targaryen, que pareció interesado en tener una conversación conmigo, una algo agria... pero que quedó en buen puerto, al menos quiero pensar, para ambos.
No se que deparará el futuro para Poniente tras todo ésto, parece que ya se respira una paz...
... De la que sospechosamente no me creo ni la mitad."
Me acerqué un par de pasos para observar su reacción y la de sus hombres. No parecían preparados para una batalla. Arnold, en cambio, reaccionó de manera nerviosa. Desenvainó su acero y se acercó a mí con intención de intimidarme.
Fue entonces cuando entendí que, aunque mi posición era peor desde un punto de vista táctico, tenía cierta ventaja desde otro.
Saqué la carta. La sostuve entre el índice y el anular y se la lancé, después me limité a ponerme de brazos en jarra.
Arnold permaneció unos segundos sin moverse. Finalmente se acercó, recogió la carta, rompió el sello y comenzó a leer... Su expresión cambió.
No sé qué había escrito en aquel manuscrito, pero el miedo que apareció en su rostro fue suficiente para que sus hombres nos abrieran paso.
Dos días después, Arnold desapareció junto a los hombres que lo acompañaban.
Las Puertas de la Sangre quedaron en paz.
El Nido de Águilas celebró una semana de festejos por haber terminado con la rebelión sin que fuese necesario derramar sangre. Mi nombre comenzó a repetirse por el Valle llegando hasta Desembarco del Rey, con el paso de los años, aquella jornada terminó convirtiéndose en una de las historias por las que algunos me recuerdan.
...no creo que fuese para tanto, llevaba una carta, Arnold la leyó y decidió marcharse...
Todavía desconozco qué decía aquel manuscrito. Tampoco sé si aquella decisión, que entonces me pareció la forma más limpia de cumplir mi cometido, tendrá consecuencias que todavía no alcanzo a comprender.
Pero no me corresponde conocer todos los motivos que hay detrás de una orden, menos todavía de Ser Criston Cole. El bienestar del reino y, por extensión, el de Lady Arryn, estaban por encima de mi propio juicio.
Eso era suficiente.
EL DURANTE
Durante los cuatro años siguientes no ocurrió nada que mereciera ser contado por separado. Guardias, viajes, reuniones y alguna que otra misión. Al principio no me molestaba esperar. Con el tiempo empecé a hacerlo menos. En la corte cada conversación parecía durar más de lo necesario y cada decisión necesitaba tres reuniones antes de hacerse.
También empecé a perder paciencia con cosas que antes dejaba pasar. Un guardia que dudaba demasiado, un noble que cambiaba de opinión según quién estuviera delante o alguien que buscaba excusas para no cumplir una orden. Antes escuchaba. Ahora preguntaba directamente qué pensaban hacer y, si no tenían respuesta, decidía por ellos.
No creo que me haya vuelto peor hombre. Al menos no lo he pretendido. Sigo cumpliendo mis órdenes y sigo protegiendo a la familia real. Pero cada vez me cuesta más encontrarle sentido a algunas de las cosas que se esperan de mí. Rezo al Guerrero con más frecuencia, aunque últimamente no le pido que me dé fuerza, sino que me ayude a no olvidar por qué hice mis juramentos.
El rey envejecía y en la corte todos hablaban de la sucesión. Yo seguía haciendo mi trabajo. Cada año me resultaba un poco más difícil tener paciencia, y no sabía si aquello terminaría afectando a mis decisiones. Por ahora, todavía podía controlarlo.
Mientras cumplía con mis obligaciones en el septo, reforcé también mis estudios sobre el linaje valyrio, el enigma de la naturaleza de los dragones y la situación de los mismos. Después de haber visto tantos en tan poco tiempo y de haber caído casi presa de uno, no pensaba dejar aquella parte de mi vida sin estudiar. Ahora que conozco la naturaleza de mi sangre. He pasado noches enteras leyendo nombres de personas muertas hace siglos, de personas que dejaron su huella en Poniente aún viniendo de fuera o incluso si no fueran del todo ciertas.
Rocadragón se convirtió en uno de los lugares que más frecuenté. Viajé allí en varias ocasiones para alimentar mis conocimientos sobre la historia de los Targaryen y observar de cerca aquello que en Desembarco solo podía conocer a través de los libros. También procuraba mantenerme atento a las vivencias de la corona en la capital. Mi posición dentro de la Fe me permitía escuchar conversaciones que otros quizá no considerarían importantes: quién había dejado de visitar a quién, qué lord había enviado una carta que no debía haber enviado, qué sacerdote había oído una discusión entre soldados o qué noble había comenzado a comportarse de una manera distinta a la habitual.
La mayor parte de aquellas cosas no significaban nada por separado. Juntas, sin embargo, comenzaban a formar una imagen incómoda.
La estabilidad del reino seguía siendo solamente aparente. Las ceremonias continuaban celebrándose y las alianzas seguían siendo proclamadas, pero debajo de todo aquello permanecían ambiciones familiares y demasiadas personas que habían aprendido la fragilidad de la corona. Bastaba con observar una reunión de nobles durante unos minutos para comprender que la guerra podía haber terminado en los Peldaños, pero que las razones para volver a empuñar una espada seguían existiendo.
Tratando de guardar las apariencias, continuaba teniendo contacto con el Gusano Blanco de vez en cuando para cerciorarme de su estado. Nuestros encuentros nunca eran demasiado largos y procuraba que fueran secretos. En ocasiones hablábamos de asuntos insignificantes, precisamente para que los importantes pudieran quedar entre líneas. Otras veces simplemente recibía información que debía guardar y no comentar con nadie.
De tanto en tanto, el “Patizambo” volvía a mí. Siempre con alguna pregunta, alguna petición o alguna nueva pieza para alimentar sus planes. Nunca terminaba de comprender cuánto sabía realmente y cuánto fingía saber.
Aun así, cada vez que levanto la mirada de mis libros y escucho rumores procedentes de las calles, tengo la sensación de que algo continúa moviéndose bajo nuestros pies. La paz que se ha mantenido en Poniente parece duradera, pero también demasiado endeble. Hay silencios en la corte que duran más de lo normal, cartas que llegan demasiado deprisa y alianzas que necesitan ser recordadas constantemente para que nadie olvide que existen.
No sé cuándo terminará esta calma ni qué será lo que finalmente la rompa. Solo sé que, después de todo lo que he visto, ya no puedo creer que un reino permanezca estable simplemente porque durante un tiempo nadie haya decidido incendiarlo.
Por ahora, sigo rezando. Sigo estudiando. Y sigo observando.
Tarde o temprano, de una forma u otra, Poniente volverá a recordar lo fácil que es romper la paz."
Volví a mirar hacia mi abuelo. Pese a mi pensar de que los Lannister eran uno cobardes, tenía claro que los necesitábamos para la batalla. Pero pregunté a mi abuelo, que si estaba dispuesto a pagar ese precio, con el matrimonio de mi hermana Kaith, la cual se ofreció para no romper el compromiso con la casa norteña. Renash también intervino, recordó como los Lannister rechazaron poner sus navíos en la primera batalla contra la triarquía y que tras haberse negado aquella primeara vez, esta deberían aceptar la petición de ayuda, brindándonos su ejército, si no, era la segunda vez que estaban negando ayuda a la corona, razón no le faltaban a sus palabras.
El abuelo recordó que nos brindaban su ejército a cambio del matrimonio con Kaithlis. Renash también no parecía estar muy a favor de ese matrimonio, a pesar de ser conscientes de que necesitábamos el ejército. Mi hermano recordó como llevábamos días con el asunto del matrimonio con los Mormont y preguntó si realmente deberíamos quedar mal con ellos. Entonces el abuelo mencionó a Renash sobre lo burda de su ofensa y le preguntó sobre qué fue lo que se le pasó en la cabeza en aquel momento. Apreté con suavidad los labios y mi hermano respondió que podrían hablar de ello en privado. Yo conocía la respuesta, pero no diría nada al respecto.
Cierto es que el peso de los Lannister era significativo y así lo recordó el abuelo. Pero dudaba en qué poder ofrecer a los Mormont. Le ofrecí al abuelo, el llamar a la representante de la casa para llevar a cabo una negociación en persona y que no sintiesen que se les trataba, como quien arroja un poco de limosna. El abuelo aceptó, alegando que así tendríamos tiempo de pensar y ver que ofrecer. Asentí y regresé al lado de Kaith.
En lo que llegaba la fecha de la partida a la batalla en los peldaños, decidimos regresar a Rocadragón, pero antes de eso, nos reunimos los cuatro hermanos, desde que Aelys se casó con Aemond. Kaithlys organizó un picnic en uno de los jardines, yo estaba sentada al lado de Renash, ante Kaith y al lado de esta, se encontraba Aelys. Al parecer mi melliza quería hablarnos de algo, nos preguntó a Renash y a mi sobre si le invitaríamos a la boda, ambos asentimos, claro que estaría más que invitada.
El rostro de Kaith mostraba tristeza, la abracé por un momento. Al parecer quería saber cuál era nuestra opinión sobre si casarse con el "pretendiente" de la casa Mormont, o el de la casa Lannister.
Por mi parte le dije, que la cobardía de los Lannister quedó reflejada, pero dejando eso de lado, era ella quien debía elegir pues ella era quien se iba a desposar con uno de ellos dos. Renash expuso que la casa de los Lannister no valía la pena, por mucho dinero o levas que pudieran tener. Él tenía claro que solo querían la sangre valyria para poder tener dragones y que por él, se iría al norte y soltando una puñalada inevitable hacia Aelys, le dijo que con los tiempos que acontecían, hiciese lo que quisiera, lo que el corazón le dijese. Aelys le dejó claro que eligiese lo que creyese mejor para ella.
La elección de mi hermana, fue el norte, tenía de hecho ideas que llevar a cabo allí.
Ya en Rocadragón, tras pedir que Daryl nos acompañase, mi madre nos reunió a los tres, esperando explicaciones de por que Daryl nos había acompañado, le expliqué que mi padre me había pedido que le enseñase Valyrio para poder comunicarse con Robaovejas, pero no era lo único que le enseñaría, no quería que los nobles le mirasen por encima del hombro por su forma de hablar, de sentarse o no saber como actuar, de modo que mi madre le dijo que un maestre ayudaría con todo aquello cuando yo estuviese ocupada con otros asuntos que debiese atender.
Una vez aquello estaba hablado y cerrado, quedando en hablar más tarde con Daryl para ver cuando empezábamos las clases, quedé con mi madre a solas, había algo que quería hablar con ella, necesitaba respuestas y había una cosa que quería pedirle.
Hablé con mi madre sobre Edrik, sobre la carta que ella leyó, que debió llegar a mi en el torneo, antes del enfrentamiento de mi hermano y ahora prometido, contra él. Ella dejó claro que en esa carta, Edrik me mostraba mucho aprecio, me preguntó el motivo. Le conté como y cuando le conocí, que me escoltó durante un paseo que decidí dar y que conversamos.
Mi madre me hizo varias preguntas y yo las respondí, me sobresalté cuando me explicó que el maestre le preguntó sobre si necesitaba algún brebaje. No hubo nada indecoroso entre ambos, así que rápida negué a mi madre. Entonces le hablé de como me había pedido de marcharme con él, de que lo negué, que le elegí a ellos por encima de todo. Entonces me preguntó si le quería, no pude negar, así que asentí. Ella dijo algunas palabras que no pensé que escucharía de ella, precisamente de ella, pensé que hasta cierto punto me entendería. Pero cuando la escuché decir que ojalá mi hermano hubiese acertado mejor en ese golpe de lanza, que de haberlo hecho, no estaríamos manteniendo esa conversación. Me reprimió, me dijo que no era amor lo que sentía, que no sabía lo que sentía, que era una niña. Tenía claro que no iba a encontrar el mínimo de comprensión. Sus palabras también me dejaron claro que sentía decepción por haberme entrelazado de forma emocional con un bastardo. Alegué que tal vez fuese una niña, pero una lo suficientemente madura como para elegir a su familia. Volvió a reprenderme.
No hay cal sin arena, tras sus severas palabras se levantó, se acercó a mi y me abrazó. Su tono de voz había cambiado, se había suavizado y bajado en volumen. Me dijo que debía ser fuerte, que no quería que pudieran hacerme daño, que quería protegerme, me pidió que la entendiese y justamente por que habían cosas que entendía, es que esperaba, es que tenía la pequeña esperanza, de que ella me entendiese a mi. Después, para mi sorpresa, me dijo que tenía buen gusto, que al menos, en apariencia Edrik era guapo, le dejé claro que también era noble. Me pidió que fuese a descansar, me puse en pie y me sequé las lágrimas, con cariño, ella me ayudó a dejar mis mejillas sin la húmeda caricia de estas.
Antes de marchar le pedí, lo que ya tenía en mente pedirle cuando viajamos de regreso a casa. Le dije que del mismo modo que Alicent había notificado a todas las grandes casas sobre el compromiso de mi tío Aegon con mi tía Helaena, ella anunciase debidamente mi compromiso con Renash. Me dijo que era algo que tenía presente y que así se iba a hacer. Entonces ya si me retiré.
Tras unos meses, volvimos a la fortaleza roja, pues el ejército de los Lanniser, ya había llegado y debíamos ir a la batalla contra la Triarquía, además de aclarar y cerrar el asunto del casamiento de Kaith.
Estando ya en el gran salón del trono, pudimos ver como los Lannister cruzaban las puertas, entre ellos Lord Loreon. Poco después fue anunciada la llegada de Lord Raymond Mormont, pero este no llegaba solo, aparte de algún guardia, llegó un hombre que hizo un comentario no muy favorable y creo que para sorpresa de todos, quien le pidió cuidado con sus palabras pues estaban en la corte del Rey, era nada más y nada menos que Cregan Stark, la máxima casa representante del norte había venido junto a la casa Mormont.
Lady Serenna empezó a explicar la situación sobre el cambio en la promesa de matrimonio entre Kaith y Lord Raymond Mormont. Como era de esperar, la casa Mormont lo tomó como un insulto, a cambio de lo prometido, se le ofreció un puñado de monedas y víveres, Lady Serenna lo denominó como recompensa, limosna lo llamó Lord Raymond.
Hubo una pregunta por parte del futuro señor de la casa Mormont, que creo Lady Serenna no entendió. ¿Qué estaría usted dispuesta a sacrificar? ella no la respondió, solo le ofreció más tributo por su parte, pero hay cosas que el oro no puede comprar y el honor es una de ellas.
Lord Loreon Lannister preguntó hacia Lord Raymond el por qué Ser Cregan Stark, le había acompañado. La respuesta fue sencilla, había explicado sobre lo que veía como injusticia ante el señor de la casa Stark, entonces este insistió en acompañarle, creyendo que así habría más presión, aunque Lord Raymond dejó claro que no sentía que hubiese dicha presión.
Serenna lo tomó como amenaza y preguntó si era lo que estaban haciendo. Por mi parte no lo vi como tal, no sentía que lo fuese. Lord Raymond no tardó en responderle, con el mismo tono calmo de voz que había tenido en todo momento, que no lo era. Que ese era la forma del norte, de demostrar que daba igual el tamaño de la casa, estaban unidos. Sentí una envidia sana, ver dos casas tan dispares en cuando a poder unidas, como un hermano mayor cuidando del menor. Todos os presentes en comparación a eso no éramos nada, ni mi propia familia era capaz de mostrar un mínimo de unión, puesto que mis tíos siempre buscaban el modo de enfrentarnos y cuando no, lo hacían desde las sombras, aunque todos los que verdaderamente considero familia, creo sabemos.
Ser Cregan Stark habló, dejó claro que no era una amenaza, más bien un recordatorio de los juramentos que todos habían hecho, ante mi madre y mi abuelo, el Rey. No pude evitar sonreír con suavidad, aquella casa sin duda estaba muy por encima de los Lannister, puede que estos tengan mucho oro o ejércitos pero nada tenía una que ver con la otra.
Kaithlis habló, dejó claro que por su parte no se había roto la promesa hecha al norte, al menos no por su parte pues declaró que su elección era casarse con Lord Raymond pero este la rechazó. De igual modo rechazó el tributo, alegó que el viaje había tenido un buen significado. El norte marchó y el compromiso de Kaith quedó hecho con la casa Lannister.
Sabía que la partida estaba cerca, así que decidí halar con Aelys, por si durante la batalla nos pasaba algo malo a alguna de las dos, supiese que no la odio, al fin y al cabo es mi hermana. Una cosa es que no apruebe su proceder, su modo de actuar, otra muy diferente que la odie.
Tras aquella conversación fui a buscar a Kaithlys, quería ver como estaba tras todo lo sucedido, la encontré en el jardín, me acerqué a ella y tras sentarme a su lado comenzamos a hablar. Kaith no se sentía muy bien. Había elegido seguir con el compromiso pactado, pero no tuvo oportunidad. Quería arreglar la situación con la casa Mormont tras casarse con Lord Raymond, quería que nuestros padres se sintiesen orgullosos. Intenté animarla un poco, alegando que no cualquiera se inmiscuiría en una batalla, como había decidido hacer Lord Loreon Lannister, aunque también mencioné como quedó claro el honor que tiene el norte y como antepusieron la necesidad del reino a ellos mismos. Kaith estaba verdaderamente afectada tras todo lo sucedido, tras ver como le arrebataron su decisión, me rompía el corazón verla así e intenté consolarla y le expliqué que todos, incluso el norte, habíamos visto que ella quería seguir manteniendo aquella promesa en pie, cumplir la palabra que se les dio, aunque alguien ajeno llevase a cabo esa "negociación", a pesar de que el propio Mormont la rechazase por el bien de la corona.
Después de haber hablado con ambas hermanas y ya con todo organizado y todos preparados marchamos, embarcamos y me extrañó no ver más que a Daryl con Robaovejas con nosotros. El resto de jinetes resultaron ser enviados a la zona de Lord Celtigar.
El plan era claro, una persona desembarcaría, portaría la bandera de rendición y con esta nos indicaría que nos acercásemos tras hacer salir a todos los piratas. Mientras nosotros llegamos, Daryl iría en cabeza con el dragón para empezar a barrer filas de hombres. El elegido para desembarcar, hacer salir al ejército pirata y agitar la bandera, fue Zakar.
Durante el viaje, Zakar no dejaba de practicar con la espada, yo misma a veces entrenaba con él. Una vez llegamos al lugar indicado, se montó en la barca preparada, llevando consigo la bandera y quedamos esperando la señal.
No sabría decir cuanto tiempo pasó, a mi en lo personal se me hacía eterno y pasé la mayor parte del tiempo caminando por el barco, viendo de tanto en tanto por el catalejo. En una de esas veces tras pedirle el catalejo a quien lo tenía, vi la señal, la bandera estaba siendo agitada de modo que di el aviso.
Cuando llegamos, desde lejos se veía a Robaovejas lanzando su fuego contra los piratas, cuando llegamos, el olor a carne quemada era inconfundible. Escuché a Kaith gritar mi nombre y rápida me acerqué a ella. Vi el cuerpo de mi maestro inerte, varios cuerpos de piratas yacían a su alrededor, aquel plan le había costado la vida. Llena de rabia y con dolor de ver a aquel que por tantos años me entrenó, muerto, desenvainé mi espada lanzándome contra los piratas.
El líder de los piratas, Craghas Drahar, estaba intentando comandar la retirada. Nos percatamos tanto Aelys como yo, pero varios piratas nos atacaron, de modo que tras lograr librarnos de ellos entre ambas, avisé a Daryl a viva voz y con señas de donde se encontraba Craghas Drahar, para que diese cuenta de él con Robaovejas y así lo hizo. No fue con fuego, fue con una dentellada con la que acabó aquella vida.
Con la victoria de nuestro lado, con aquel problema que había durado años ya resuelto, regresamos al barco para volver a la fortaleza roja y de ahí, cada cual regresó a su hogar.
Mi abuelo, el Rey, volvió a hablar. Dejó claro como Aelys y Aemond le habían decepcionado, pues mi hermana rompió el compromiso que tenía con ese Lord Mormont. Indicó a mi hermana que se quedaría a vivir en la Fortaleza Roja y que todos partiríamos a Rocadragón, menos yo.
Pregunté el motivo. Mi abuelo alegó que sería yo quien se casase con el futuro Lord de la casa Mormont. Mi sangre se heló, no daba crédito, mi hermana me había condenado a mi a ir con esa familia de la que nada quería saber. Renash no tardó en dejar claro que yo era su prometida. Mientras él hablaba el abuelo le interrumpió dejando claro que se haría lo que él decía.
Me aferré al brazo de Renash, como bien él había dicho estábamos prometidos y yo me negaba a ir al norte a ser la mujer de ese Mormont. ¿Cómo iba a ser yo quien se casase con aquel que había echado de su casa a Edrik? ¿con quien le despojó del título de caballero de su casa, dejándolo sin nada?. No, eso no iba a suceder, si me tenía que casar con alguien de entre todo el reino, sería con Renash, con nadie más.
Recordé a mi abuelo que Kaith estaba libre de compromiso, pero mi abuelo parecía tener claro que no era el "destino correcto" para ella.
Mientras eso sucedía, sacaban del lugar a Aemond, le iban a tratar esa herida. Aelys le acompañó. Helaena estaba ante mi, estaba temblando, rompió a llorar en silencio y le tendí una mano para intentar reconfortarla, ella nunca había tenido una mala palabra hacia mi familia y la habían prometido con Aegon en lugar de con mi hermano Jacaerys, sin duda le esperaba una vida difícil.
Me habló de un ratón que aparecía, que mordía un queso tres veces en la madrugada antes de irse. Le pregunté sobre qué era lo que quería decir, pero se limitó a repetir aquello. Al ver que no tomaba mi mano la retiré despacio.
Cuando Aelys pasó hacia la salida con Aemond, creo que dijo algo a Renash, pues este, sin dejar de mirar hacia nuestro abuelo, dejó una amenaza sobre su marido y la lengua tan larga que tenía, comentando luego algo sobre la inteligencia y subestimar a la gente.
Mi otra hermana, mi melliza Kaith, empezó a hablar hacia el abuelo sobre las habladurías hacia ella. Repitiéndole sobre mi compromiso con Renash. Comentándole sobre qué podrían pensar los Mormont si llega a sus oídos la ruptura de otro compromiso. El abuelo no la entendió bien y seguía dispuesto a mandarme a mi.
Intercedí, no podía quedarme callada. Le expliqué que eso no era así, que mi hermana se refería a la mala imagen que podríamos dar al romper la palabra de mi madre al anunciar nuestro compromiso ante la representante de la casa Mormont. Kaithlys volvió a hablar, haciendo varios alegatos pidió por favor a nuestro abuelo que no me eligiese a mi para ese matrimonio. Me sorprendió escuchar la respuesta del abuelo, de que no mandaría a ninguna al norte, pero que seríamos responsables de las consecuencias. Kaith volvió a hablar hacia él al respecto, dijo de intentarlo, de ir ella. Apoyé sus palabras, dejé claro que si los Mormont, que son quienes pidieron la unión de una de nosotras, con su futuro Lord, rechazaban a mi hermana, lo podíamos tomar de igual modo como una ofensa tras haber accedido a su petición, enviando a mi hermana.
En el fondo, deseo que mi hermana sea aceptada, que ese futuro señor de la casa Mormont fuese digno de ella, que fuese apuesto y se enamorase de él. Sabía que si Kaith estaba en el norte, al menos ella estaría a salvo de esta familia de locos, del veneno de los verdes, pues cada vez habían más rencillas y sabía que llegaría el día en que las manos acabarían tomando acción, llevando todo a la perdición.
El abuelo aceptó, me pidió que escribiese dos cartas, la de la noticia de que Kaith era la elegida y la que respondía a la ofensa, en caso de que no. Indudablemente acepté escribirlas. La pena inundó mi pecho, pues la mitad de mi, se iría al norte, sabía que no la perdía, pero no estaría en la habitación de al lado, no podría abrazarla cada que quisiese o lo necesitase, no volvería a peinar mi cabello mientras charlábamos, ni volvería a tener otras tantas cosas más que ella me aportaba. Me apresuré a ir hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas viendo como rompía a llorar mientras mis ojos contenían las lágrimas.
Tras el abrazo Kaith volvió a mirar hacia el abuelo, preguntando si era ahora cuando debíamos marchar del salón del trono. Un ruido raro que provenía de detrás, por mi izquierda reclamó mi atención, me giré y miré horrorizada como ser Harwin Strong había sido herido por Aegon, este clavó una daga en la mandíbula del caballero hacia arriba. Tras que sacase la daga me apresuré hacia ser Harwin, llamé loco a mi tío e intenté parar el sangrado, pero era imposible, la sangre se escapaba por todas partes. En mi mente no dejaba de repetirme que no, que eso no podía estar pasando, pero si, había pasado y cada vez perdía más sangre, terminando finalmente por ser la vida lo que perdió. Rhaemond reprendió a Aegon, mi abuelo también, o lo intentó pues como no Aegon le cortó diciendo que era lo que merecía o que si no, tal vez, él sería el muerto. Ojalá hubiese sido él.
Escuché como Daenkiel reclamó por sensatez, pidiendo que nadie más ejerciese la violencia. Daryl llamó insensato a Aegon, lo es, eso y mucho más, pero no eligió el mejor momento o lugar para decírselo, aunque lo entiendo.
Rodeé los hombros de mi hermana con un brazo, aun seguía manchada por toda la sangre que le salpicó cuando Lucerys le quitó el ojo a Aemond. Quería llevarla a la habitación y limpiarla mientras conversaba con ella. Era la segunda hermana a la que iba a retirar sangre de su cuerpo, pero por suerte, al igual que aquella vez anterior, no era sangre propia.
Mi abuelo reclamó que Daryl no saliese, vi como uno de los guardias, atendiendo la petición de mi abuelo, le detuvo. Al escuchar eso detuve el paso con Kaith, un poco apartadas, para saber por que mi abuelo había retenido a Daryl.
El Rey le recriminó como se dirigió a Aegon tras que este asesinase a sangre fría a Ser Harwin Strong. Pidió que se disculpase con este de forma formal ante más gente al día siguiente. Tras ello sentenció que marcharía de la Fotaleza Roja pero sin Robaovejas, añadiendo que no le mandaba al muro por lo que había hecho hasta la fecha por la familia.
Daryl le indicó que es un Velaryon, mi abuelo lo achacó de locura, pero Daryl le dijo que podía hablar con su padre, Lord Corlys. Rhaenys estaba presente en la conversación, dijo que no sería necesario hablar con su marido, pues llevaba una semana pidiéndole perdón y añadió que la intención de este, es que se le legitimice, añadiendo que ya no tenía hijos.Tras decir eso, Rhaenys nor miró a Kaith y a mi. Decidí interceder, también quería que legitimasen a Daryl así que liberé a mi hermana del abrazo y di unos pasos en dirección a mi abuelo.
Debo reconocer que tras todo lo sucedido, no ordené muy bien las palabras en mi mente y cometí un error al hablar, dando en cierto modo la razón de que no habían más Velaryon. Solo espero que en el estado de mi abuelo, se le olvide ese detalle, pues no le gustó escucharlo, como es de entender.
Mi abuelo no parecía estar muy a favor de legitimizar a Daryl tras que este añadiese algo más sobre mis tíos, debo reconocer que comparto su opinión, pero eso no lo dije en alta voz. Pedí a mi abuelo la posibilidad de decir algo más, tras que él añadiese que pensaría lo que hacer con Daryl.
Le hablé de la trampa en la que caímos y le recordé, o conté, pues no se hasta que punto él lo sabía, que si sus nietos seguíamos con vida, era por que Daryl fue capaz de crear el vínculo con Robaovejas.
Tras abandonar el salón del trono, topamos fuera con Zakar. Nada más salir me miró y me indicó de entrenar alegando que lo necesitaba y si, sí que lo necesitaba, pero antes quería hablar con él y limpiar la sangre del cuerpo de mi hermana, así que le pedí que pasase por mi habitación, ya que estaría allí atendiendo a Kaith. Tras esto, con demasiadas cosas en la cabeza, me percaté de un rostro desconocido, una mujer de cabello pelirrojo. Nos presentamos como era debido, era una Tyrell, Serenna Tyrell para ser exactos.
Conversamos un poco con ella, Kaith le preguntó si venía a ver al Rey, pero en ese momento, el abuelo no estaba para muchas visitas. Desconocía si él la esperaba o no, pero sin duda necesitaba un respiro. Entre su salud y lo ocurrido, era más que entendible. Nos comentó que esperaba que todos estuviesen bien, pero no, por desgracia para Ser Harwin Strong, aquello no había acabado nada bien, pero no me apetecía hablar sobre lo ocurrido, así que evadí un poco la conversación sobre ello.
Serenna se ofreció a acompañarme a llevar a Kaith a su habitación para que descansase, pero mi hermana negó su ayuda bromeando un poco con el hecho de poder mancharla de sangre, pues seguía manchada de esta.
Indiqué a Serenna, que si mi abuelo le estaba esperando, sería mejor que no le hiciese esperar, para que así pudiese descansar. No tardamos mucho más en poner camino a mi habitación.
Cuando subimos hacia donde estaban nuestras habitaciones, tras llegar a mi puerta, vimos a Daryl, Daenkiel y Maelle. Me acerqué un poco a ellos junto con Kaith, para preguntarles si alguno sabía sobre la hora del entierro de Ser Harwin, quería asistir a su funeral y presentarle mis respetos. Daenkiel me indico que si, que se concretaría esa noche donde y a qué hora se llevaría a cabo. Le pedí por favor que enviasen algún guardia a avisarme una vez se concretase y Daenkiel me afirmó que así se haría.
Kaith se dirigió a Daryl, hablándole sobre que le habían dado una segunda oportunidad y que no cayese en lo mismo. Él alegó que no necesitaba segundas oportunidades de quien no tenía honor, eso me dejó desconcertada, así que le pregunté al respecto. Daenkiel rápido se disculpó por él añadiendo que le dolía el costado por el empujón recibido. Añadí que si Daryl decía aquello por mi abuelo, le recordé el estado de salud de mi abuelo, que el humor cambia cuando alguien no se encuentra bien, que entre eso, su edad y lo sucedido en el trono, era normal que estuviese disgustado. Daryl añadió que también era por mi tío. Estaba claro que se refería a Aegon. No quería hablar de él, estaba muy enfadada por lo que había hecho, así que me limité a decirle que mi tío era bastante especial. Kaith afirmó que no era el único que pensaba aquello, pues todos habíamos visto lo que había sucedido. Daryl añadió algo más. Dijo estar contento de que no todo en la familia Targaryen, era deshonor. Le respondí que esperaba que esa parte que mencionaba, prevaleciese y entonces aclaró que era yo la única que parecía no tener deshonor de toda mi familia. Agradecí sus palabras, pero yo solo hacía lo que creía debía hacer, lo que se supone es correcto. Me disculpé con ellos pues Kaith aun seguía manchada con la sangre de nuestro tío y quería ayudarla a librarse de esta, así que tras despedirnos, ambas entramos en mi habitación.
Cuando Zakar llegó, ya estaba limpiando a Kaith. Le pregunté por el viaje a las islas del hierro. Nos contó sobre la comida, si se puede llamar así, que les sirvieron. Añadiendo que les sirvieron aquello por cuenta de las palabras de Daryl, de como se dirigió al Kraken Rojo y que Daryl, en respuesta ante tales platos, le amenazó con su dragón. No lo vi descabellado, entiendo perfectamente que él no esté acostumbrado a tratar con según que clase de personas y no vi descabellada la amenaza, tras aquel acto por parte del Kraken Rojo. Le vendrá bien también esa dosis de educación, al menos bajo mi punto de vista.
Tras hablar de aquello, fue inevitable no comentar un poco lo que había sucedido en el salón del trono. Zakar dijo que había sido un verdadero espectáculo y que todo el mundo, hizo lo que le dio la gana. Yo no quería pensar más en eso, así que no participe apenas en esa parte de la conversación. Kaith alegó que ella y yo, solo habíamos actuado conforme lo que era mejor para el reino, sin actuar de forma egoísta y que quería hablar con Aelys. Tras aquello, mi hermana pidió a Zakar que cuidase de mi cuando ella no esté. Zakar se lo afirmó, yo dejé el paño que había usado para limpiar la sangre a mi hermana, una vez acabado, a un lado.
Le dije que yo si actué con interés por que no me quería casar con el Lord Mormont. No podía ser yo quien se casase con él, tras haber echado de ese modo a Edrik y que ella tampoco debería ser quien se casase, pero que Aelys había elegido por ambas. Entendía que quisiese hablar con ella y no tenía problema con que lo hiciese, pero mi enfado para con nuestra hermana era demasiado grande. Había puesto a Aemond por encima de su familia, de sus propias hermanas e incluso llegó a tener el descaro de pedirme a mi, que fuese la que se casase con el futuro lord de la casa Mormont. Kaith como no, intentó hacerme cambiar de parecer, pero era algo que no iba a lograr, no podía perdonar aquello, aunque eso no quería decir que odiase a mi hermana o le desease algún mal.
Kaith contó que fueron a ver a Daeron, pero con quien se topó fue con Ormund. Mi hermana ahora es más que consciente por lo que nos dijo, de como esa familia haría lo que fuese necesario para pisotearnos, a mi me quedó claro mucho antes con Otto y las palabras de nuestros tíos y así se lo indiqué.
Dejé claro que no odiaba a Aelys ni era mi enemiga, que seguía siendo mi hermana, pero que estaba enfadada con su modo de proceder. Aproveché a contarles a ella y Zakar que Edrik me pidió que marchase con él para empezar una vida juntos, pero le dije que no podía, de modo que a diferencia de nuestra hermana, elegí a nuestra familia.
Recordar lo sucedido ese día, hizo que volviese a doler, de modo que indiqué a Aelys que podía ir a hablar con Aelys y a Zakar le dije que no iba a entrenar, alegando que tenía un par de cartas que escribir, pero en realidad quería quedarme sola. Sentí la mano de Zakar en mi hombro, alegando saber lo que había sacrificado y lo que seguramente me tocaría sacrificar. Me pidió que no mostrase debilidad en la corte pues eran un nido de buitres que intentarían sacarme las tripas. Asentí hacia él esperando que marchasen ambos, sentía el nudo en mi garganta y no quería que me viesen flaquear.
Kaith esperó a que Zakar se fuese, le indicó que marchase antes y cuando se marchó, ella me abrazó con fuerza hablándome al oído una vez más sobre sacrificios. Tras ello tomó mis manos, yo permanecía en silencio. Prometió escribirme, visitarme cuando ya no estuviésemos juntas y me pidió que no me pasase nada malo, que no quería tener que venir a verme para despedirse de ese modo. Sentí mi visión nublarse con lágrimas. El golpe que recibí en mi alma, al contar lo de Edrik, más las palabras de mi hermana, no ayudaban. Hablé como pude diciéndole que no se preocupase, que aun teníamos muchas veces que vernos y le pedí perdón por no ser yo quien se casase con el norteño. Kaith me dijo que no tenía que disculparme, que la culpa no era mía y que entre ambas, yo era capaz de continuar el legado y darle al reino como reina, lo que merecía. Le expliqué a mi hermana que lo que hacía, no era por el trono, si no por la familia.
Quien sería rey tras nuestra madre, sería Jacaerys y estaba segura, conociendo a mi hermano, de que sería un buen rey y que haría lo mejor por el reino. Así que con suerte, Renash y yo viviríamos en paz en Rocadragón, lejos de esa Fortaleza Roja, que tan poco me gusta. No le dije nada más a Kaith, necesitaba estar sola, me separé de ella queriendo indicárselo, se percató y sin decir más, se marchó de la habitación.
Cerré los ojos y las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Poco después, alguien parecía estar llamando a mi ventana. ¿Era cierto lo que acababa de escuchar?
Limpié mis lágrimas con presteza y extrañada me acerqué abriendo la ventana, resultó no ser más que un pájaro picando en esta, una maldita urraca para ser más exacta. Me sentí idiota. Completamente idiota. Una pequeña esperanza nació en el fondo de mi ser cuando escuché ese ruido. No se por que si le vi marchar aquella madrugada, no quiso esperar un poco, no pareció importarle que el propio Renash me brindase su ayuda si era lo que verdaderamente quería. Una vez que le dije que no podía marcharme sin más, abandonando a mi familia, montó en su caballo y no se giró en ningún momento. Me dije aquella madrugada que iba a olvidarle, pero ahí seguía yo, aun asomada en la ventana donde pensé que podía ser él quien había llamado. Sentí mis ojos arder por el llanto, mis piernas flaquearon haciendo que acabase acuclillada en el suelo, llorando como una idiota desconsolada. Quería que aquello pasase, dolía demasiado. Quería que el tiempo arrastrase y se llevase aquellos sentimientos, que me ayudase a olvidarle y el principio de todo, estaba en lograr dejar de pensar en él, dejar de hablar de él. Así que tras no se cuanto rato en el suelo, llorando, me sequé el rostro, cerré la ventana y me acerqué al escritorio para comenzar a escribir el par de cartas que me pidió mi abuelo, era mejor tener la mente ocupada.
No era consciente de cuanto tiempo había pasado, pero alguien llamó a mi puerta. Dejé de escribir, me aseguré de tener las mejillas secas y abrí viendo que se trataba de Kaith, venia a avisarme sobre el entierro de Ser Harwin. Kaith me preguntó que si la esperaba mientras avisaba a los demás, pero no tenía ganas de esperar a Aelys y caminar allí junto a ella y probablemente su marido. Pedí a Kaith que me dijese donde era y que iría a por Renash, que nos veríamos en el lugar. Me indicó a donde debía ir y me preguntó si tras que acabase todo, seguiría queriendo estar sola o si prefería que viniese a mi habitación. Quiero a Kaith con locura, pero necesitaba estar sola, así que le recordé que debía seguir con el par de cartas y que en caso de acabarlas no muy tarde, la avisaría. Cariñosa como siempre me dio un beso en la mejilla como despedida, se dirigió a buscar a Aelys y yo fui a por Renash.
Llamé nada más llegar a la puerta, lo hice a la par que escuchaba ruidos en su habitación, dudé de si abrir o esperar a que abriese él. Los sonidos se detuvieron y poco después Renash asomó, no abriendo del todo la puerta. Le pregunté si todo iba bien dentro y que me gustaría hablar con él. El rostro de mi hermano mostraba de forma clara su enfado, el nerviosismo por todo lo sucedido. Vi como tomó aire, abrió la puerta asintiendo, ahí pude ver el desorden de la habitación, me invitó a pasar y así lo hice, observando como incluso había golpeado una de las paredes.
Le comenté que habían pasado más cosas tras que se marchase del salón del trono. La noticia ya le había llegado. Me acerqué preocupada a él y le expliqué mi intención de ir a presentar mis respetos a Ser Harwin, que vine a avisarle por si él quería asistir también. Tras ello, pregunté que si lo que acababa de pasar en su habitación, tenía que ver con todo lo sucedido, incluyendo lo último. Renash se disculpó por haberse quedado en el pozo de dragones tras nuestra llegada del viaje, añadiendo que de no haberse quedado allí, seguramente no hubiese pasado nada de lo sucedido. Le dije que no tenía por que disculparse. Al fin y al cabo él no había hecho nada. Me preguntó si recordaba nuestra última conversación y asentí. Dijo que no esperaba nunca llegar a ese punto, me dijo en esa conversación como se sentía y ahora estaba diciéndome como creía que aquello ya iba a poder superarle.
No quería que aquello pasase, no quería verle superado por lo que nuestra hermana había hecho, pero si eso pasaba, tampoco podía culparle. Le dije que nadie se esperaba nada de lo que había sucedido, desde la unión hasta la muerte de Ser Harwin, que todo había pasado de forma demasiado repentina y caótica. Habló de como le señalaban a él de asesino, de como los señalados como deshonorables éramos nosotros. Al parecer unas palabras le hicieron mucha gracia, no sabía si se refería a nuestro tío o hermana, así que pregunté por el primero. Me aclaró que cuando Aelys fue a acompañar a Aemond, le dijo que había hecho aquello por su felicidad. No tardó en preguntarme si yo dejaría tirada a mi familia por seguir mi propia felicidad. Dejé de mirarle para contarle lo que le iba a contar. Le expliqué que la misma noche que tuvimos aquella conversación que ambos mantuvimos, como horas después Edrik entró en mi habitación, como me había pedido que me fuese con él para empezar juntos una vida de cero sin apellidos, pero que mi respuesta fue, que no podía marcharme dejando a mi familia de lado, sabiendo la batalla que se aproximaba, que no podría vivir con la culpa de saber que a alguno de ellos le pudiese pasar algo, sin yo haber tenido la oportunidad de evitarlo. Regresé la mirada a mi hermano, seguí contándole como Edrik tenía claro que sí me iba a ir con él, como me dijo donde me esperaría y que acudí al lugar y a la hora indicados, pero que mi respuesta era la misma que ya le había dado y que tras ello, él se marchó.
Renash me preguntó sobre como estaba, sabía que me lo preguntaba concretamente por lo que le acababa de contar, pero no quería volver a llorar así que sumé todo lo ocurrido y respondí que aun estaba asimilando todo lo que había pasado. Me dijo que era sorprendentemente fuerte, cosa que no tardé en negar contándole que había estado un buen rato llorando en la habitación. Mi hermano definió aquello como un modo de ser fuerte. Escuchar aquello me reconfortó en cierto modo. Afirmó que me acompañaría al entierro, pero también me avisó de como se estaba hartando de hablar, se sencillamente cerrar bocas de personas que mienten y que solo intentan imponerse a nosotros. Me avisó de que el día en que se cansase, no habría vuelta atrás y que tendrían razones para llamarle asesino. Aquello me asustó y me preocupó a partes iguales, no quería que dañasen a Renash, pero a mi también me estaba cansando aquella situación y se lo hice saber. También le avisé de que no debíamos ser nosotros quienes empezaran un enfrentamiento directo, que debíamos evitarlo en lo máximo posible y le pedí por favor, que esa noche, en el entierro de Ser Harwin, si alguno de nuestros tíos, abría la boca para decir algo sobre nosotros o nuestros hermanos, que no cayésemos en el juego, que no se generase más violencia en ese día. Un hombre inocente había perdido su vida, a mano del idiota de nuestro tío y yo no estaba segura de poder seguir soportando ese día, que sucediese algo más.
Vi como Renash tras mis palabras, caminaba por la habitación, puede que pensando en lo que le dije, o puede que no. Se detuvo, escuché como liberó un gran suspiro y me miró diciendo que se mantendría alejado de ellos, pero que no permitiría que ninguno me pusiese la mano encima. Intenté tranquilizarle en cuanto a eso, dejando claro que ni yo misma permitiría aquello. Creo que intentó reconfortarme cuando me despeinó un poco con una de sus manos, le empujé levemente riendo por un momento con suavidad y le indiqué con un gesto, el ponernos en camino.
Cuando llegamos al lugar del entierro, pude ver como al final, acudimos casi todos. Al que sin duda no esperaba ver fue al asesino de Ser Harwin, no era capaz de entender tal acto, como tenía tan poca vergüenza como para estar ahí. Como no abrió la boca, culpándonos a nosotras, sus sobrinas, del hecho de estar irascible, cuando ni si quiera hablamos con él. No fue capaz de admitir su culpa, de reconocer que había asesinado a un hombre inocente, solo hizo lo que mejor sabe hacer, llamar la atención. No me creí sus palabras y quise decirle cuatro cosas, pero yo misma le había pedido a Renash que no entrase al juego, así que no lo iba a hacer yo y sin duda, tenía pendiente una conversación con el estúpido de mi tío, con el que realmente, no tenía ganas de hablar.
Daenkiel tras preparar todo, dirigió unas palabras en honor a Ser Harwin, iniciando así, su entierro. Quería mirar a mis hermanos, ver como estaban, pero muchos eran los rumores acerca de ellos y del guardia fallecido, no quería alimentarlos más, de modo que me limité a observar como el capitán de la guardia, también hablaba en honor a su compañero asesinado y como después, Ser Criston junto a Ser Rickard, empezaron a llenar la tumba de tierra. No quería pensar en como debían sentirse todos, pues por su juramento, debían seguir defendiendo y cuidado, a quien arrebató la vida de uno de ellos.
Y durante el entierro, que debería haber sido algo solemne, un hombre que de conocerle, no le recuerdo, interrumpió para hablar sobre la flota que llegaría para la batalla en los peldaños. El capitán de la guardia, le indicó que no era el momento correcto para hablar de ello, el tipo dijo entenderlo pero siguió con el tema. Daenkiel también intercedió en honor del entierro de Ser Harwin. Incluso Rhaemon le dijo que no era el momento, pero Maelle no parecía pensar lo mismo y prosiguió con el asunto, dejando en segundo plano, para lo que realmente estábamos ahí, aquello me hizo sentir mal por Ser Harwin, ni respeto le mostraban algunos, la noche de su entierro.
Tan pronto como dimos nuestras palabras de consideración a lord Coryl dada la fatalidad que ahora pesaba sobre su familia al quedar éste como último de los suyos, emprendimos marcha a las Islas del Hierro con Caraxes y Robaovejas.
Cuando llegamos a esas húmedas y tormentosas tierras nos dijeron que ya nos esperaban, tras un largo tiempo, el joven conocido como el Kraken Rojo se presentó en la sala, sobrino del anterior señor de los Greyjoy y un sórdido sujeto con el cuál costó llegar a un acuerdo...
Tras un despliegue bastante espantoso en el que fuimos ridiculizados y abandonados por Daemond Targaryen, acabamos volviendo a Desembarco del rey con el acuerdo de la ayuda de los Greyjoy, sin embargo, las nuevas no sentaron demasiado bien el rey, y el porvenir de la situación no iba a ser mejor.
Al principio fueron únicamente voces. Una tras otra, elevándose por encima de las demás hasta convertir las palabras en una masa de acusaciones.
Empezaron a llover los golpes, la sala del trono nuevamente se había convertido en una feria y de la misma forma que todo empezó con el derramamiento de sangre de Vaemond en la sala del trono, terminó con la sangre de Aemond... aunque no su muerte, lo cuál no se que podría haber sido peor."
Todavía albergaba una mínima esperanza en el fondo de mi ser, pero esa se quebró cuando escuché su negativa. Intentó ocultar su dolor, sus lágrimas, pero las vi y lo sentí. Alegó que ambos sabíamos que no había más oportunidad, que la misma situación que había ese día, lo habría cualquier otro, por que si no era un problema, sería otro. No podía quitarle la razón en eso, igual que no pude quitarle la razón en varias de las cosas que me dijo en la habitación.
Se giró para terminar de preparar el caballo. Tal vez era lo mejor, pero aquello me estaba destrozando. El único consuelo, por llamarlo así, en el que podía pensar, era que él seguiría con su vida, sin más sufrimiento por mi culpa, sin que mi familia o los Mormont, pudieran arrebatarle nada más.
Deseaba que se diese la vuelta, que me mirase una vez más, que dijese que si, que esperaría un poco más, de verdad que lo deseaba. Un nudo en mi garganta no me dejaba hablar. Le observé en todo momento aun esperando que se giras. Una vez montado a caballo, pareció que lo iba a hacer y fui a decirle algo. Algo que tal vez le hubiese hecho dudar o quedarse, pero al ver, que finalmente no se giró, lo tomé como una señal para tragarme esas palabras y no pronunciarlas.
Vi como se alejaba siendo incapaz de dejar de llorar, esperé por si el caballo se detenía, por si se daba la vuelta, pero no se giró, no se detuvo y cuando estuvo a una clara distancia, decidí apresurarme a regresar a la Fortaleza Roja. Acababa de poner a mi familia por encima de mi felicidad, por encima del hombre que quiero, pero mi corazón estaba dividido, pues a ellos también los quiero.
De camino a la fortaleza intentaba convencerme de que él lograría ser verdaderamente feliz, que seguramente conocería a alguien que le haría olvidarme, con quien poder compartir su vida, su lealtad, pero eso no ayudaba, dolía aun más. Así que decidí que lo mejor, sería dejar de pensar en él cuanto antes. Si, debía dejar de pensar en el hombre que se fue el mismo día que le dije que le quería.
Ya de vuelta en mi habitación me cambié de ropa. De nuevo los dragones en mis prendas, de nuevo mi cabello plateado a vista de todos y de nuevo esa máscara de serenidad, esos muros alzados a mi alrededor, a pesar de una triste mirada.
Preparada bajé a Pozo Dragón, allí estaban mis hermanas y hermano, además de mis tíos Rhaemon, Aegon y al parecer unas fulanas que acompañarían este último. Me sorprendió y extrañó ese cambio, no ver ahí a Otto, pero no me apetecía preguntar al respecto. Monté con Renash en su dragón. Kaith montó con Rhaemon. Aelys con Aemond y Aegon con sus fulanas.
El viaje duraba un día y medio, así que descansamos durante la noche y al amanecer proseguimos con la ruta.
Ya en el Rejo, tras dejar a los dragones en una amplia zona, proseguimos a pie, durante el camino vimos que se nos acercaba alguien con el blasón de los Redwyne, un mensajero.
Aelys le saludó. Rhaemon le dijo que veníamos a hablar con su señor. El mensajero nos dijo que estaba indispuesto. Parecía titubear un poco a la hora de responder. Pretendía que volviésemos en otro momento, pero Rhaemon negó y le dijo que era una charla de urgencia y que dudaba que quisiese echar de ahí a los príncipes Targaryen. El mensajero dijo que ahora volvería y Rhaemon nos aseguró que ese hombre mentía, cosa que no me sorprendió ante su modo de respondernos.
Aegon como no, sin esperar ni un instante, comenzó a caminar con sus fulanas, le siguió Rhaemon, Kaith, Aelys con Aemond y tocó seguirles a regañadientes.
Llegando a la zona, al portón, volvió a aparecer el mensajero. Como era de esperar se extrañó al vernos ahí a todos y nos invitó a pasar alegando que su señor había aceptado a recibirnos haciendo un esfuerzo pese a su salud.
No quería acompañarnos y yo no me fiaba, algo no me olía bien, así que le pedí que nos acompañase, le tuve que insistir pero aceptó. Nos guió hasta una bodega y tras presentarnos ante su señor, se marchó.
El primero en presentarse, para novedad de nadie, fue Aegon, empezando con exigencias sin espera, como pedirle al señor de ese lugar que se girase, ya que estaba al fondo, de espaldas a todos, lugar al que aun nos debíamos acercar.
Conforme se fueron acercando, él fue entregando copas, yo me quedé un poco más atrás, caminé sin prisa no me apetecía beber y seguía desconfiando, no se, sentía como si algo pasase, algo no me cuadraba.
Al no estar del mejor humor, preferí mantenerme callada, escuchando la conversación y como no, pequeños encontronazos entre nuestra propia familia, por Aegon más que nada, Rhaemon se comportó a decir verdad, durante toda la conversación, creo que él también quería que aquello saliese bien, necesitábamos ese apoyo en la batalla que estaba por venir. Aegon, no se lo que tenía en la mente, serrín seguramente.
A veces me distraía un poco de la conversación, lo de dejar de pensar en Edrik, no era sencillo. Cuando más distraída estuve, fue cuando estuvieron hablando del vino que habían probado. Lord Redwyne preguntó que en cuantos dragones habíamos ido. Su pregunta me extrañó, aquello llamó mi atención, así que volví a centrarme en la conversación.
Cuatro fue la respuesta. Tras ello comentó que suponía que ese era nuestro método de persuasión. Aelys negó, dijo que era nuestro método de viajar, como Targaryens que somos. Él explicó todos los medios que usaba para poder hacer un viaje largo. Aegon añadió que uno de los dragones era muy grande, para que lo tuviese en cuenta. Rápida Aelys intentó dejar claro que no eran una amenaza. Aegon repitió lo que ella dijo y sacó el tema de la flota y le preguntó, que era lo que quería a cambio de esta.
Entonces Lord Horas reparó en mi, me miró y me preguntó si yo no hablaba. Respondí tranquila que ante tanta gente hablando, lo conveniente era guardar un poco de silencio, pero que si hablaba. Tras ello me comentó que tampoco me había apresurado a tomar vino, que mi hermana era quien se llevaba todo el deseo por beber, señalando también a los demás que se habían apresurado a tomar una copa de sus copas. Sin dudar volví a responderle con la misma tranquilidad. Que se debía a que el paladar de mi hermana o mi tío, eran más refinados a la hora de poder captar el sabor de un buen vino. Que si que disfrutaba de una copa de este, pero no al nivel de ellos, que no quería poder causar desperdicio de una buena copa de su vino y que lamentaba si eso le había ofendido. Para mi sorpresa, su respuesta fue que sabía hablar mejor de lo que imaginaba. No se si se pensaba que por estar callada, no iba a saber mantener una conversación.
Aelys me hizo un hueco para que me acercase, ya que estaba más atrás de todos ellos, pero preferí quedarme donde estaba, mi humor no era el mejor y no quería tener cerca a Aegon.
Escuché las siguientes palabras de Lord Horas, un hombre sin duda inteligente y claro. No parecía necesitar nada de lo que podíamos llegar a ofrecer, el bloqueo tampoco le afectaba, por ende, no le era un problema y no quería enviar a su gente, a una batalla. Lo entendí, pero necesitábamos ayuda, por eso estábamos ahí.
Preferí seguir callada, en otras ocasiones había hablado yo, dando inicio a conversaciones necesarias, respuesta a preguntas que las esperaban, o calma donde la tormenta se empezaba a alzar. De tener mejor humor, seguramente habría participado en la conversación, intentado llevarla de otro modo, pero decidí mantenerme en mi postura inicial y dejarlos negociar a ellos.
Me resultó curioso observarles, escuchar las respuestas de Lord Horas, donde seguía dejando claro que no le podíamos ofrecer algo que necesitase. Ese Lord me causaba curiosidad y me hubiese gustado poder conversar con él a solas, de hecho, sí, quería hacer eso una vez la negociación acabase. Su modo de rechazar lo que le ofrecíamos, llamaba demasiado mi atención y despertaba dudas en mi.
La conversación durante un momento se volvió repetitiva, hasta incluso llegar a no tener sentido. Como repetir lo del bloqueo, que para nada le afectaba. Explicó con quien negociaba, por donde comerciaba y podía comerciar. La relación que tenía con quienes hacía sus negocios.
Reconozco que Lord Horas tuvo mucha paciencia y entiendo que terminase enfadado. Aegon acabó exigiéndole de forma directa que nos ayudase, sacando a relucir una deuda, que al parecer solo conocía él y que no le quedaba de otra. Nos preguntó si eso era entonces lo que pedíamos, nos miró a todos y cada uno de los presentes.
Mis hermanas hablaron, haciendo posibles ofertas. Rhaemon también habló. Lord Horas preguntó de nuevo, si debía escoger entre lo que Aegon le había dicho, o lo que le habían ofrecido entre ellos. Kaith dijo que lo de Aegon era una exigencia, pero que lo de ellos una oferta y afirmó que si, que era entre esas cosas, que debía elegir.
Decidí hablar, solo para intentar dejar claro algo que creí conveniente, fui breve. Expliqué que no queríamos forzarle a entregarnos ni sus tropas ni sus barcos. Que estaba segura de que a la mayoría nos gustaría llegar a un buen trato para ambos, pues bien sabía que necesitábamos su flota, que si no, no habríamos ido hasta allí y que él era plenamente consciente de eso y que por ello nos había ofrecido, sus iniciales propuestas.
Kaith no tardó en ofrecerle eliminar la deuda de la que Aegon habló. No se que le susurró Kaith a Aegon, pero este actuó como salvador de todos diciéndole que nos diese solo los barcos.
Esperé a ver si todos marchaban después de la petición de que nos marchásemos tras finalmente, haber cerrado el trato con él. Era claro el enfado de Lord Horas y yo tenía algo en mente, pero no se marchaban. El humor de Lord Horas parecía ir a peor cada vez que repetía que nos marchásemos. Cerré los ojos haciendo acopio de paciencia, no por aquel Lord precisamente.
No se muy bien por que Aelys dijo a Aegon que no nos íbamos por que íbamos a dejar todo por escrito. Yo solo quería tener una escueta conversación con aquel Lord, el cual, dejó clareo a Aelys, que ya había gente de mayor edad, con sus cargos que se encargaban de ello.
Rhaemon se marchó, Lord Horas volvió a insistir, Aelys se acercó a disculparse. Lord Horas habló de la hipocresía que había visto. Aelys volvió a hablarle y él preguntó que cuantas veces tenía que pedir que nos marchásemos y ella se retiró también. Viendo arruinado lo que quería hacer, sencillamente asentí hacia el Lord de forma respetuosa, le agradecí por recibirnos y me disculpé por el espectáculo que había vivido. Estaba segura de que me repetiría que nos marchásemos, pero cabeceó asintiendo, entonces marché del lugar.
Una vez superamos aquello, regresamos junto a los dragones y del mismo modo que vinimos, nos fuimos de regreso. O ese era el plan. Kaith y Rhaemon, fueron a ver a Daeron. Aegon con sus putas, fue el primero en marchar. Yo desconfiando de lo que podía decir a nuestro abuelo de llegar primero, indiqué a Renash que sería mejor llegar a la par de él. Y detrás, parecían venir Aemond y Aelys, aunque no fue así, a la fortaleza roja, solo llegamos Aegon, Renash y yo. No tardé en poner rumbo al salón del trono, para mantener a Aegon y su lengua vigilados. Aunque dependiendo de lo que pudiese llegare a escuchar, lo mismo, terminaba por explotar.
El otro grupo también parecía haber llegado de las islas del hierro y se encontraba en el gran salón. Alcé una ceja tras escuchar alguna de las cosas dichas por Aegon, dejé claro que obligó a Lord Horas a darnos sus barcos. Le pregunté por la deuda de la que habló, pero al parecer, ni él tenía idea de cual era esa deuda. El abuelo respondió que la corona le adelantó parte del pago para la construcción de los navíos y que la estaba pagando poco a poco. Pregunté entonces a Aegon que cómo sacaba el tema de una deuda que ni él mismo conocía bien, entonces intento culpar a Kaith de haberlo hecho ella. Preferí respirar y dejar el tema.
Me preocupa el abuelo, se confundió pensando que sus nietos habíamos ido con Daryl y los demás. Empezó a poner castigo sobre los Greyjoy, pidiendo más levas, más impuestos, pues pensó que nos habían ofendido, faltado al respeto y dijo que no les podía tratar así, que eran sus nietos. Le aclaré que nosotros, sus nietos a donde fuimos, fue al Rejo.
Al ver que mi abuelo se había cortado en el trono y ante su confusión, me acerqué un poco más para preguntarle si se encontraba bien. Me dijo que si, que solo un poco cansado, me peguntó por mis hermanas, le dije que no lo sabía, que venían detrás y que debían estar al llegar.
Seguía preocupada por mi abuelo, aun no había podido hablar con el maestre, sobre lo que sea que le estuviesen dando, pero debía hacerlo cuanto antes. De hecho mi idea era ir a verlo justo en ese momento.
Se escuchó ruido en el salón del trono, las puertas de este se abrieron y entonces me giré. Al ver a mi hermana y mi tío, tomados de la mano, cada uno con un corte en el labio inferior y sangre en sus manos, no podía ser, no daba crédito a lo que estaba viendo, no podía ser verdad. Di unos pasos aun asimilando lo que mis ojos estaban viendo. Me detuve al lado de Daryl. Sentí el frío recorrer mis venas, el enfado, la ira. Mi hermana tenía la cabeza alzada, pero no era capaz de mirar hacia delante, la mayor expresión posible de cobardía es ocultar la mirada. Sin tan orgullosa parecía estar de lo que había hecho, debería mostrar una mirada tan alta como llevaba su cabeza.
Daryl me preguntó que si eso era normal. Negué añadiendo que daba igual si era o no normal, le dije que era raro. Daryl dijo que él no se casaría con su primo, creo que le falta un poco de historia Targaryen, aunque tal vez esté mejor sin conocerla.
Daryl me pregunto que por qué era raro. Le dije que no era raro que los Targaryens nos casemos entre nosotros. Que el asunto estaba en que mi hermana Aelys estaba prometida con el Lord Mormont y que según veíamos, se había casado con Aemond a solas.
Daryl volvió a preguntar que si era un problema. Le expliqué, que para evitar problemas con el norte, aquel gesto obligaba a que mi hermana Kaith, debía ser la que se casase con ese Lord, pues yo estaba ya prometida con Renash. Eso si que le pareció raro. Ahí yo solo le miré de reojo para luego volver la vista a mi hermana.
Aegon preguntó a Aemond que si estaba tonto. Daryl se quejó de esos modales y añadió, que él creía que los Velaryon no hacían eso, pero se incluyó al decir aquello, eso solo quería decir, que ya le habían confirmado de algún modo, que es un bastardo de Velaryon y el único que quedaba con vida, era Corlys.
Aemond respondió hacia Aegon, que había hecho lo que debía hacer. Yo encaré a mi hermana, le dije que puede que no estuviese prometida, pues alegó que nuestro abuelo había retrasado ese compromiso. Le dije que puede que estuviese enamorada de nuestro tío, que de hecho sabía que así era y que ella sabia que yo la apoyaba. Pero no de esa manera. No así, haciendo eso. Ella alegó que no había otra manera, que intentó hablar con todos.
Le pregunté entonces que si acaso creía que ella era la única que hacía sacrificios. Lo negó, pero alegó estar cansada de hacer sacrificios. En ese preciso momento, mi sangre comenzó a arder, reviviendo una vez más lo que viví al amanecer, de hace un par de días. Apreté el puño derecho con rabia y elevando un poco más mi voz, de claro enfado, pregunté que cuántos sacrificios había hecho ella. Me repitió mi misma pregunta con incredulidad en la voz y yo le asentí, le dije que quería que me los enumerase.
Lo único que dijo, era que había estado toda su vida, la cual solo llega a la edad de dieciséis, intentando educar a Renash. Según dijo, había sido la profesora de Renash, no una niña, se quejó de que no pudo ser una hermana ni una hija. Aquellas palabras solo aumentaron más mi enfado. No daba crédito a lo que acababa de escuchar. ¿Ahora resulta que estar al lado de su hermano, parecía ser un sacrificio? o un problema. No me interesó esa excusa, pues para mi solo era una excusa. Ambos tienen la misma edad, lo siento, pero no me creo que ella fuese maestra, pues nunca faltó personal en Rocadragón y por ello le pregunté que si es que no habían más personas para educarle, como por ejemplo, nuestros padres, pero esa obviedad preferí omitirla.
Ahora la respuesta cambió, ya no era educar, pues dijo que no habían más personas en Rocadragón que pudiesen controlar a Renash. Creo que ya no sabía que decir, pues no mantenía coherencia en sus palabras. ¿El sacrificio era estar al lado de mi hermano? ¿hacer supuestamente de maestra y no de hermana? ¿o tal vez lo último que dijo sobre controlarle?.
Pensando en Renash precisamente, en nuestra conversación de la otra noche, formulé una nueva pregunta a mi hermana. Quería saber si era consciente de lo que iba a causar en nuestro hermano, lo que ella acababa de hacer.
No me respondió y en el fondo yo me sentí un poco idiota, por que yo si que pensaba en ellos. Aelys prefirió empezar a decir unas palabras que no le iba a permitir que dijese, intentando utilizar un alegato que no le correspondía a ella, pues a ella no le afectaba ni le importaba en lo más mínimo. Pero era el interés lo que hablaba, el intentar seguir buscando excusas.
Cuando escuché su pregunta, sobre si yo prefería que ella se hubiese ido al norte, con la misma gente que le dio la espalda a Edrik, que se olvidaban de los suyos. Le repetí aun más alto para callarla, para interrumpir aquello que a ella no le correspondía decir, que no se atreviese, que no se atreviese a usar eso como excusa ni a nombrarlo.
¿Qué sabrá ella de como afectó o dejó de afectar eso a Edrik, como para escupir esas palabras en mi cara. A ella Edrik le daba completamente igual, pero quedaba bonito decir, aquello o supongo que pensaría que yendo por ahí, iba a calmar mi enfado, pues logró todo lo contrario.
Mi sangre ardía más que las llamas de cualquier dragón. Mi respiración era agitada, mi corazón latía desbocado. Y entonces vi bien claro ante mi, cuanta razón tenían las palabras que Edrik me dijo en la habitación. Pero mis otros hermanos no eran como ella. Ellos no elegirían por encima de sus hermanos, no al menos sin hablar con nosotros, no sin consultarnos o buscar alternativas, lo sabía. Había hablado con ambos. Y para lo que habló Aelys conmigo, fue para ver si me cambiaba por ella y me casaba yo con ese maldito Mormont. Quise llorar, quise gritar, pero no merecía la pena que desperdiciase energías con aquello, ya estaba hecho y ahora solo quedaba asumir las consecuencias de lo que aquel matrimonio acarrearía y seguramente, despedirme de Kaithlys, pues solo quedaba ella libre de matrimonio o compromiso. Inspiré profundamente y las consecuencias, solo empezaban a asomar, convirtiéndose en acelerados pasos de casi el resto de la familia.
Mi madre, Alicent, Rhaemon, mi hermana Kaithlys, mis otros hermanos. Todos menos Renash, estábamos allí y prefería no pensar en lo que podría pasar en cuanto llegase.
Mi madre culpó a Aemond, Alicent culpó a mi madre alegando que eso era para forzar un lazo de unión. Empezaron a discutir entre ellas. Aemond dijo que lo hizo por que quiso, pero Alicent, como no, le calló. Aelys dijo que se había casado por que había querido. Aegon como no, abrió la boca para empezar a denigrar a mi familia. Jacaerys le animo a seguir hablando, mi madre le pidió que se callase.
Y a saber por que empezó a quejarse de Kaithlis y de mi, señalándonos y diciendo que vamos lanzando puñales a la espalda. Que mi hermana Aelys se acababa de cagar en el reino, seguro que forzando al suyo a casarse con ella, por no querer casarse con un Mormont. Según él, nosotros éramos el hazme reír del reino. Decía que con razón el apellido Targaryen era de risa y que por eso nos habían tratado así en el Rejo y que él se había tenido que meter a salvarnos las castañas del fuego. Luego fue a hablar de mis hermanos y mi abuelo pidió silencio.
Aegon, como no, volvió a hablar y como no, mencionó el apellido Strong, estaba decidido sin duda a decirlo, estaba claro cuando fue a hablar de varios de mis hermanos.
Le dije a Aegon con la voz alzada, para que todos en la sala pudieran escuchar bien, que hablaba y acusaba sin tener ni idea. Que cuando supiese de lo que hablaba, que entonces podría hablar. Le dejé claro que tanto mi hermana como su hermano, aunque daría igual lo que le dijese, pues seguro como siempre, él diría lo que le viniese en gana. Dije en alto que ambos estaban enamorados. Y que si no era así, que Aemond, ahí, delante de todos, lo negase.
Aquello último lo dije mirando precisamente hacia mi tío Aemond. Estaba cansada de verlo actuar como un cobarde y si quería a mi hermana de verdad, lo iba a reconocer ahí y ahora y si no, pues lo negaría. Algo debía responder, así que esperé que lo hiciera.
Al parecer aquello pilló a Alicent por sorpresa y le preguntó que si le había obligado o lo que dije era verdad. Aelys sonrió, encima soy idiota y le tiendo mi ayuda a pesar de lo que ha hecho, pues ante todos, Aemond respondió que sí y confirmó que amaba a Aelys.
Alicent les reclamó que si sus caprichos iban por encima de todo lo que correspondía con el reino. Aegon volví a hablar y golpeó a mi hermano Jacaerys, puede que devolviéndole el golpe que este antes le dio, cuando fue a hablar mal de ellos.
Vi a Ser Harwing Srong correr hacia Aegon, por otro lado, Cole corría también hacia ellos. Lucerys fue a ayudar a Jacaerys, pero Aemond le paró.
Daryl intentó frenar a Ser Harwin Strong, pero este le dio un fuerte empujón que lo lanzó a mis pies. Ayudé a Daryl a ponerse en pie y tiré de él para que retrocediese y no se viese involucrado en todo lo que estaba empezando a suceder ahí pues, Ser Criston Cole desenvainó y golpeó a Ser Harwin Strong en la armadura haciéndole retroceder. Jacaerys se tiró encima de Aegon y este le forcejeó. Lucerys estaba forcejeando con Aemond para poder ir hacia Jacaerys. Aelys se acercó a Jacaerys, aunque este estaba dándole sus buenos puñetazos a Aegon.
De pronto Kaith gritó pidiendo que frenasen aquello y hacia mi abuelo dijo, que el matrimonio con el Lord Mormont aun se podía dar, que aun quedaba una hija más, lo sabía, sabía que se iba a ofrecer y así lo hizo. Alegó que nosotras estábamos comprometidas, bueno, Aelys casada, pero que ella estaba libre.
Aegon una vez más abrió su enorme bocaza para decir que los Mormont no iba a aceptar a una puta. Jacaerys volvió a golpear a Aegon tras escuchar que dijo aquello hacia nuestra hermana.
Lucerys empuñaba una daga y se quería acercar a Aegon. Kaith intentó interponerse ante él pero Aemond empujó a Lucerys. Mi hermano Lucerys no pudo pasar y Aemond empezó a gritar mientras la cuenca de uno de sus ojos, estaba vacía. Ese ojo había sido cercenado por la daga de Lucerys.
Ante todo aquello, una vez más, recordé varias palabras y sin dar crédito de lo que estaba viendo, hubo algo que me quedó más claro que el agua que bebemos.
Vi como Edrik se separó de la pared, como miró a mi hermano y tras ver que se encaminaba a este, decidí acercarme, más aun al ver como parecía aumentar la tensión entre Renash y él. Tras llegar escuché como Edrik reclamaba a Renash que no sabía que era tan patético. Mi hermano tenía una media sonrisa en su rostro, pero el de Edrik, era muy diferente. Me puse entre ambos, de espaldas a Renash y de cara a Edrik, no quería que fuese a darse una posible pelea ahí en medio. Entendía el enfado de Edrik, pero jamás imaginé que fuese a retar a Renash en duelo. Me mantuve alerta mientras hablaban, crucé miradas con Edrik, quería decir más de una cosa ahí en medio, pero no sería buena idea, menos aun con tanta gente alrededor.
Edrik alegó que no ganaría nada del enfrentamiento con Renash, tras que este le preguntase qué ganaba. Le pedí a Renash que de llevarse a cabo el duelo, que por favor, nada de juegos sucios esta vez. Renash quería entender el punto del duelo tras la respuesta inicial de Edrik y lo que le dijo, debo reconocer que no me pilló por sorpresa, quería ver sangrar a mi hermano. No puedo imaginar todo lo que Edrik podría estar pensando y sintiendo en ese momento tras la noticia del compromiso.
El duelo al final no se concretó. Cuando mi hermano tendió la mano hacia Edrik, este no se la terminó de dar. Añadió que sería una desgracia librar a la casa Targaryen de un varón. Renash se quejó de que diese el resultado por sentado. Las siguientes palabras de Edrik fueron hacia mi y deseándome una dulce boda marchó del lugar. Escuchar dichas palabras de sus labios, fueron dagas en mi corazón.
La representante de la casa Mormont quería saber al final del día, cuál de mis dos hermanas sería la que se casase con su Lord. Mi madre afirmó que así sería y se marchó.
El siguiente punto a tratar era lo que íbamos a hacer con la situación de los peldaños. Se presentaron un par de planes. La flota de los Redwyne fue uno. Los Greyjoy fue el segundo. Se hicieron dos grupos, en un inicio mi tío Rhaemon y la vívora verde de Otto, serían quienes fuesen a hablar con Lord Redwyne. Por otro lado, Daryl, dueño de la idea, junto con los demás bastardos, pues es un hecho que salta a la vista, irían a visitar a los Greyjoy. Mi padre decidió acompañarles y yo, desconfiando plenamente de que Otto se inmiscuyese en ese viaje, teniendo en cuenta lo sucedido en la batalla con la Triarquía, tenía intención de hablar con Ser Alaric.
Daryl mencionó a los Lannister, los cuales estaban presentes, pero estos dejaron clara su cobardía al no querer participar en la batalla. Vaemond Velaryon aprovechó aquella conversación para cargarnos con toda la culpa de lo sucedido. Preferí no hacer mucho caso de eso, pues no era la primera vez que nos culpaban a nosotros. Pero el tema escaló más tras un simple comentario y lo desvió a mis hermanos tras decir que a ellos no les quedaba nada, ni varones. Llamó bastardos a tres de mis hermanos; Jacaerys, Lucerys y Joffrey.
No contento con eso llamó puta a mi madre, la futura reina, delante de todos los presentes. Sentí mi sangre encenderse. Le dije que no se atreviese a hablar así de mi madre. Vi como Renash se encaminó hacia ese desgraciado. Esta vez no tenía en mente intentar detenerle o calmarle, pues esa misma furia que le envolvía a él, era la que ardía en mis venas.
Varios intentaron detenerle, ninguno con éxito. El primero fue Ser Alaric, el cual se apartó tras un gesto de mi hermano. El segundo fue Daryl, este insistió más pero Renash le empujó apartándolo del camino.
Cuando Renash se acercó a mi padre, este desenvainó su espada y se la cedió. Vaemond sacó una daga. En cuanto la vi me puse en alerta, no iba a dejar que hiriese a mi hermano, así que permanecí atenta por si debía intervenir. Renash propinó un tajo en el cuello de Vaemond Velaryon y le reclamó a ver si era capaz de hablar. No se si lo intentó, pero si que vi como la sangre de su garganta llegó en un momento hasta el rostro de mi hermano. En cuanto vi que levantó la daga contra él, avancé varios pasos, pero me detuve tranquila tras que Renash le tomase dicha mano que sujetaba la daga y tras arrebatársela, se la clavó en el pecho. Sin duda ese hombre, que quedó tendido en el suelo, ya no volvería a usar su lengua para insultar a mi madre. Renash limpió la sangre de la espada en la ropa del muerto y se la regresó a mi padre, el cual la envainó nuevamente. Un par de guardias sacaron el cuerpo. Rhaenys contuvo a su marido y hermano del muerto, Corlys Velaryon. Incluso le sacó del gran salón.
Tras todo lo sucedido, hablé con Ser Alaric por si él o algún guardia de confianza y fiel a la corona, podrían acompañar a Otto y estar pegado a su lado, para asegurarse de que realmente fuese a tratar el asunto que le concernía. Mi padre que estaba presente, igual que lo estaba Renash. Mi padre decidió hacer una práctica, ponernos a prueba a mi hermano y a mi, a ver que decidíamos hacer. Por mi cabeza pasó la duda de si eso era un ejercicio para lo que se nos avecinaba a ambos en un lejano futuro. Tras conversar un rato sobre el asunto, nuestro padre dijo que fuésemos nosotros mismos para asegurar los intereses de la corona y frustrar los posibles planes de Otto. Añadió que nos llevásemos a Aelys, por que no la quería ver de la mano de Aemond. Renash y yo aceptamos ambas cosas tras aclarar varios puntos sobre Otto.
Tras todo aquello, regresé a mi habitación y tras llevar un rato en esta, pensativa, asimilando aun todo lo sucedido, alguien llamó a mi puerta, tras abrir y ver a Aelys la invité a pasar.
Como costumbre en ella cuando estaba mal, fue directa a tumbarse a un lado de mi cama y yo, como la última vez, la seguí tumbándome a su lado.
Le pregunté que como estaba y resultó estar cavilando en algo, pues me preguntó que si me casaría con Edrik, de ser este la persona con la que me tuviese que casar. No entendí esa pregunta, así que le pedí que se explicase. Ella pensó que le tendrían que dar algo, según sus palabras, pero seguí sin entender el punto de aquello. Edrik era un bastardo, uno que representaba la casa Mormont como caballero y ya ni eso, por el hecho de rechazar el juicio por combate con nuestro hermano. Le expliqué que los Mormont le habían despojado del título de caballero de su casa y el por que.
Aelys entonces me dijo que habló con nuestra madre y que el único modo de que ella no se casase con el Lord Mormont, era convencerme de que lo hiciese yo. Me costó asimilar aquello. Mi hermana me estaba pidiendo que fuese yo quien se casase con ese norteño. Entiendo el hecho de no poder casarme con Edrik por ser un bastardo, por más que me pese y el de estar prometida con Renash, pero me estaba pidiendo, que me casase ni más ni menos que con la persona que dejó en la calle a Edrik, estaba claro que no iba a aceptar y prefería mil veces estar prometida con mi hermano, que a saber con quien y de donde, aunque mi corazón fuese de Edrik.
Le dejé claro a mi hermana que no me podía pedir aquello, que no quería saber nada de los Mormont. Me explicó que ella y Aemond hablaron con el abuelo para pedir casarse y que le dijo que no. Aelys se enteró de que nuestra madre leyó la carta de Edrik. Le asentí y le expliqué como fue que llego esa carta a manos de ella y de que no me extrañaba, que me hubiese prometido con Renash a a raíz de esa carta.
Al parecer Aelys incluso amenazó a nuestra madre, aquello me sorprendió y preocupó. Decía estar cansada de ser una ficha y le dejé claro que todos éramos fichas. Según me dijo, nuestra madre pensaba casar a Kaith con Aemond. Sin duda ese día estaba saliendo todo al revés. Le expliqué que Kaith quería a nuestro tío Daeron. Y que lo que sí podía hacer, era intentar convencerla de que casase a Kaith con Daeron, en lugar de Aemond. Como le dije, tal vez nuestra madre, quería protegernos a su manera y se preocupaba de que nos pasase como a ella.
Seguimos hablando un rato más y podríamos haber seguido hablando durante horas y horas, pero tenía claro que en eso no iba a ceder. Me dijo que debía intentarlo y le volví a decir que no quería saber nada de los Mormont. Le avisé de que debía viajar con Renash y conmigo al Rejo, que padre nos lo había pedido y le expliqué el motivo por el cual nosotros íbamos. Tras esto, Aelys marchó de mi habitación y yo tras cerrar la puerta, miré hacia la ventana de mi habitación.
Pasado no se muy bien cuanto tiempo, alguien más llamó a mi habitación, para mi sorpresa era Zakar, mi maestro de espada. Le invité a cerrar pidiéndole que cerrase la puerta.
Le dije que me alegraba volver a verle y era cierto, le envié una larga carta bien explicativa y le pedí su ayuda para la batalla que se avecinaba, nuevamente. Hablamos un poco de varias de las cosas escritas en esa carta. Me dijo tener cosas que comentarme y un par que preguntarme.
Lo primero por lo que me preguntó, fue por lo que decía el contenido de la carta de Edrik. Dudé si decírselo, pero confiaba en Zakar, así que le revelé el contenido. En la carta de Edrik quedaba claro que lamentaba tener que enfrentarse a Renash, pues no quería dañarle, pero que su honor como caballero de los Mormont, no se podía retirar, pero de pedírselo yo, si lo haría. Que le dejó impresionado el modo de pelear de Renash, que era un gran y fiero combatiente. Que quería que iba a ganar el torneo por mi, sin hacer daño grave a Renash y que me otorgaría el título de Reina del Amor y la belleza. Que consciente de ser un bastardo y de que ese gesto podía generar disputas, si no quería que lo hiciese, que le negase con la cabeza, pero quería que tuviese claro que iba a ganar por mi y que me quería volver a ver.
Hablamos de como su brazo izquierdo había quedado dañado por lo que Renash le hizo, le conté como Edrik descabalgó a Renash en el inicio del torneo y como le dio a elegir si volver a montar a caballo o luchar en la liza, que Renash eligió el caballo y que ahí fue cuando sucedió la tragedia.
Hablamos del cariño que me profesaba en la carta y como le recordé, ya estaba prometida con Renash, entonces me felicitó por dicho compromiso.
Hablamos sobre Daryl, le dejé claro que era una semilla del dragón, que le entrenase pues desconocía cuanto sabía pelear y también le pedí que cuidase de él durante el viaje. Al parecer Ser Alaric le comentó que Daryl, parecía ser diestro, lo cual no le venía nada mal. Y que ya me contaría que tal fueron esos entrenamientos. Al parecer Ser Criston Cole le pidió también que entrenase a Daryl e inmediatamente le dije que no tenía que obedecer o hacer lo que ese guardia le pidiese, que él respondía ante nosotros, no ante un guardia, cosa que dejó claro tenía presente.
Tras un rato más de charla y de lo caprichoso del destino, me deseó buen viaje, y que evitase que el fuego me quemase. Tras ello, marchó volviendo así, a quedar sola en mi habitación, pero aun no había hablado con Renash de lo sucedido en la liza aquel día y algunas cosas más, así que salí de mi habitación para ir a la de él y ahí estaba, limpiándose la cara aun manchada de la sangre de ese Velaryon que había matado.
Pasé dentro de su habitación tras que me cediese el paso y le quité el paño de la mano para ir limpiándole aquella sangre del rostro mientras conversábamos.
En un inicio estaba nerviosa, aun no terminaba de asimilar que estábamos prometidos, pero fue una larga conversación cargada de sinceridad por parte de ambos. Hablamos sobre Edrik, de Aelys, de nuestro compromiso y varias cosas más. Debo reconocer que hablar con él me ayudó y me tranquilizó, también me gustó ver el lado de mi hermano que no cualquiera tiene la suerte de ver.
Apreté los dientes a cada paso. Bajo la camisa robada, las quemaduras en mi piel latían como ascuas vivas. Tuvimos que hacer el papel de descargar el contenido de la bodega del barco de la Triarquía, lleno de armas de asedio que también adornaban el resto de Isla Zarpa como una buena fuente de defensa.
Cuando desembarcamos no tardamos en encontrarnos con una chica de pelos blancos y un maestre cuyo destino parecía ligado a ser utilizado por los piratas.
Con la excusa de necesitar ayuda para mis heridas, nos dirigimos a una taberna del puerto y aprovechamos para poner al tanto de la situación y la realidad al maestre y a pesar de mis inquietudes, también a la chica: Maelle.
La información llenó de esperanza al maestre y gracias a la información que le transmití sobre la situación del rey y la necesidad de una medicina que se encontraba en la isla. Maelle ayudaría a recuperar la medicina y luego trataríamos de salir de Isla Zarpa.
El regreso a Desembarco del Rey debería haber sido el final de aquel viaje. Durante el viaje de vuelta me convencí de que así era. La medicina había llegado a manos del maestre Orwyle, la herida del rey había comenzado a sanar y, aunque las quemaduras seguían recordándome cada mañana lo sucedido en Isla Zarpa, al menos podía contemplarlas como una cicatriz y no como una sentencia.
El rey Viserys volvió a requerir mis servicios, no pude evitar sentir cierta inquietud. Los Peldaños: Las incursiones, los piratas y las disputas por aquellas islas habían comenzado a amenazar nuevamente las rutas marítimas, y los descendientes del rey necesitaban apoyo.
Acepté, a pesar de las circunstancias.
Quizá porque después de Isla Zarpa había algo dentro de mí que se negaba a permanecer encerrado entre los muros de un septo. Quizá porque todavía tenía preguntas sin respuesta. O quizá porque comenzaba a comprender que el mundo era demasiado grande como para entenderlo desde una biblioteca.
En la semana siguiente viajamos en La Sierpe Marina, el galeón más grande de los Velaryon hacia los Peldaños, donde la idea era simular una rendición y aprovecharla para que, los piratas allí atrincherados salieran y poder acabar con ellos mediante los jinetes de dragón que habían viajado junto a nosotros.
Nada parecía ir bien desde que desembarcamos en las costas de Los Peldaños. No era capaz de señalar una sola razón. Demasiado silencio en la costa. Intenté convencerme de que estaba buscando peligros donde no los había. Después de todo, había sobrevivido a un naufragio provocado por un dragón; quizá mi mente había aprendido a esperar la tragedia en cada sombra.
Mi intuición para la desgracia empezó a manifestarse más notablemente al conocer el terror y el horror que anidaba en el mundo. Es por eso que podría esperar lo peor de ésta situación, pero nada me preparó para enfrentar demonios del pasado... otra vez.
Mientras seguíamos avanzando en la costa, fuimos sorprendidos por la llegada de Rhaemond Targaryen, hijo de Viserys. A toda prisa, en su dragón informándonos de la fatalidad del asunto, de la verdad y junto a él a nuestras espaldas... el rugido de un viejo conocido, nuevamente presente para hacer que mis heridas volviesen a sentirse como nuevas.
Robaovejas
El dragón avanzó contra nosotros exhalando fuego y durante unos instantes tuve la certeza de que volvería a contemplar el mismo infierno. No quería morir. Así que al contrario de mis últimas decisiones, corrí lejos del dragón.
Lord Daemond llamó a Caraxes y creí que habría esperanzas de salir con vida de ese momento mientras pudiéramos sobrevivir, pero Daryl que también estaba con nosotros hizo algo que no creí que pudiera ocurrir.
Avanzó hacia Robaovejas y escalando una roca en las profundidades de las grutas donde se supone estarían escondidos los piratas, habló con el dragón, en una naturaleza más allá de lo normal que pareció calar hondo en la bestia así como se dice se manifiestan los lazos entre los jinetes Targaryen y sus dragones.
Parecía ir bien, Robaovejas se calmó, pero entonces recordé que Caraxes estaba de camino...
El rugido que descendió desde las alturas de la gruta no se parecía al de Robaovejas. Alcé la mirada justo cuando una sombra enorme atravesó la entrada de la caverna. No hubo tiempo para calmarlo. Caraxes arremetió contra Robaovejas con visceralidad.
Entonces todo se desmoronó.
Los dos dragones se arrojaron rugidos que hicieron temblar las paredes de la gruta. Caraxes atacó primero, lanzándose contra Robaovejas con una incontenible ferocidad. Pero sus mordiscos no encontraron el objetivo como esperaba. Robaovejas retrocedió y respiró con fuerza haciéndome recordar la refulgencia ensordecedora de antaño, sentí el fuego calentando las piedras y el dolor de Caraxes emitiendo un quejido en lo que el salvaje le escupió una bocanada de llamas.
Daemond iracundo y preocupado gritó a Caraxes para que alzara el vuelo y huyera de Robaovejas, pero éste no se iba a dar por vencido, yendo detrás del rojo dragón para morderle la huida.
En la lejanía apareció en su dragón Renash Targaryen, que junto a Rhaemond habían sido sorprendidos por la Triarquía en el alta mar cerca de la costa, vio el estado del dragón de Daemond y no dudó en unirse a la situación en un momento en el que casi pareciera que fuera a morir alguien en el continuo reparto de bocanadas de fuego que Daryl intentaba contener tranquilizando a Robaovejas.
Tras un tenso silencio en donde no hubo más que gritos y pánico, los dragones parecían rugientes pero separados, sin ninguna víctima fatal que llorar pero con la tensión de ese extraño momento en el que un hombre había tenido la capacidad para domar a un dragón... sin aparentemente tener la sangre de los valyrios, supuestamente.
No había tiempo para demorarnos, si todo era una trampa entonces el destino de los que dejamos en los barcos no iba a ser mejor que el nuestro, y cuando volvimos, contemplamos el aciago destino de la Sierpe Marina... hundida, hecha trizas por la Triarquia
Durante el viaje de vuelta en dragones conseguimos salvar a Vaemond y Corlys Velaryon, pudiendo volver a Desembarco del Rey solo para descubrir que a nuestra vergonzosa llegada se nos presentó la naturaleza de la salud del rey y el destino sobre el que iba a precipitarse todo Poniente."
Por la noche volvimos a esperar a Lord Dalton para la cena y esperamos prácticamente lo mismo que por la mañana. No estaba cómodo, pero me senté cuando finalmente apareció. Entonces sirvieron la comida... para mi suerte tenía un puñado de monedas, pero a Daryl le sirvieron mierda.
Estuve a punto de perder los estribos, pero conseguí controlarme. Daryl no tuvo la misma paciencia y amenazó directamente a Lord Dalton, por lo que terminamos siendo expulsados del castillo.
Tomé el plato con calma y lo tiré al suelo, esparciendo las monedas por el salón del joven señor y marché junto a los demás. No creo que volvamos a cenar en Pyke.
Regresamos a Desembarco del Rey y contamos a Su Gracia lo ocurrido. Al principio se mostró reticente a aceptar las exigencias de los Greyjoy, cosa que me pareció razonable. Larys intervino para recordarle que el señor de las Islas del Hierro era Lord Dalton... Su Gracia parecía distraído durante buena parte de la conversación. Me resultó extraño...
Si lo que Lord Otto dijo tiempo atrás es cierto, quizá no le quede demasiado tiempo entre nosotros.
Me marché después en busca del septón, necesitaba calmarme y retomar el camino del bien, del honor y la palabra. Vi al príncipe Aemond de la mano con una de las princesas, estaban extrañamente maquillados y pensé en que, los jóvenes targaryen no tienen nada que hacer en todo el día, el aburrimiento puede llevar a rincones oscuros. En el camino me encontré con Rhaemon y le expliqué brevemente lo ocurrido en Pyke. Más tarde conocí a un cazarratas llamado Queso, un hombre extraño pero apasionado por cumplir su deber.
En las calles de Desembarco encontré después a un perro mordiendo a un hombre. Me acerqué para apartarlo y descubrí que estaba muerto. No era asunto mío, pero por curiosidad volteé el cuerpo para comprobar de dónde procedía la sangre que había en el suelo. Tenía la espalda destrozada, como si hubieran utilizado un látigo de nueve puntas, la carne estaba completamente desgarrada y podía verse incluso la escápula. No encontré nada más y silbé a unos capas doradas que estaban cerca, enseñándoles el cadáver. Uno de ellos titubeó durante unos instantes, aunque no presté demasiada atención. Les indiqué que se encargasen del cuerpo y continué mi camino.
Llevaba semanas sin pisar el septón, desde aquel día que acompañé a los príncipes. Al entrar encontré al maestre Orwell y a Lord Otto, aunque no demoré mucho en su presencia. Me arrodillé en el centro, encendí una vela y comencé a rezar al Guerrero.
...pedí fuerza, tanto para lo que he pasado como lo que me deparará el futuro...
La oración duró poco antes de que la voz de Lord Otto me interrumpiera. Lo saludé con la cabeza por cortesía, pero continuó haciéndome preguntas como si fuera uno de sus nietos. No tardé en entender que no buscaba simplemente conversar. Sé que lleva semanas intentando reunir apoyos para Aegon y anteponer su sucesión a la de Rhaenyra... Rastrero, pero lógico. Finalmente cedí y respondí con sinceridad: las leyes de los dioses y los hombres dictan que una mujer no puede gobernar.
Durante el Gran Consejo del 101 se reafirmó la sucesión de Viserys frente a Rhaenys, la princesa que podría haber gobernado. Está claro que mis juramentos y mi fe van por delante de mi moral, pero no de la lógica. Es lógico que Aegon, como primogénito varón, herede los Siete Reinos.
Pero mi casa, los Belmore, junto con los Arryn, hincaron la rodilla ante Viserys y ante su heredera nombrada, Rhaenyra. No me corresponde decidir qué sucesión es más conveniente. Me corresponde servir a quien he jurado servir.
Mi futuro es incierto, pero mis juramentos me guiarán... no considero que mi casa sea una baza a mi favor o contra, he pisado pocas veces Rapsodia, pero tal vez los deseos de mi hermano se antepongan a los míos.
Después intentó convencerme para viajar al Rejo junto a Otto y Rhaemon. No tenía intención de hacerlo y así se lo hice saber, con mi indiferente silencio. Daemon comenzó entonces a reprender a sus hijos para que tomaran una decisión entre ellos.
Permanecí allí hasta que terminó. La conversación no me concernía, pero marcharme mientras el príncipe hablaba con sus hijos habría sido una descortesía, finalmente decidieron ir las princesas con ellos.
Me despedí y me marché junto a Daryl y Maelle para presentar nuestros respetos a Su Gracia. Maelle quería saber cuánto recibiría por su trabajo y Daryl solo estaba interesado en Robaovejas. Su Gracia le explicó que, siendo bastardo, no le permitiría sacar al dragón de Pozo Dragón.
Daryl respondió de una manera que no me pareció apropiada. Algunas de sus palabras fueron innecesariamente duras con el rey. No intervine en su defensa. En cambio, propuse una alternativa para llegar a las Islas del Hierro. No fue especialmente cortés por mi parte, pero me pareció la opción más razonable y, sobre todo, la más ética para ambas partes.
Su Gracia terminó permitiendo que Daryl viajase a Pyke con Robaovejas, nosotros lo acompañaríamos. Al salir del salón del trono nos encontramos a un hombre al que no conocía, quien dijo ser el maestro de esgrima de las princesas.
No sabía que tenían uno y me parece una ocupación poco provechosa para ellas, aunque la disciplina puede ser útil para cualquiera, independientemente de si es hombre o mujer.
El hombre explicó que Ser Criston Cole lo había enviado y que quería que ayudase a Daryl con la esgrima. Me resultó extraño que Ser Criston se preocupase por las habilidades marciales de un plebeyo que además tenía un dragón, pero no le di más importancia, jamás rechacé ni rechazaré una espada más que pueda resultar útil.
Fuimos después a buscar a Corlys Velaryon para presentar nuestros respetos por la muerte de Vaemond. Lo encontramos en la sala del consejo junto a Rhaenys. Les dimos nuestro pésame y les hicimos saber que lamentábamos la pérdida y que considerábamos deshonrosa la forma en que Renash había actuado. Había sido desleal y había faltado al honor que se espera de un príncipe.
...no podemos cambiar lo ocurrido, pero sí podemos intentar que lo que venga después sea mejor...
Dejamos a Corlys y Daryl a solas durante unos minutos a petición de Lord Corlys.
Cuando salimos de la sala del consejo encontramos al Lord Comandante. Me entregó siete monedas de oro y preguntó por nuestro viaje... no tuve mucho que contarle que no supiera ya. Con suerte y con la bendición de El Guerrero volveremos sanos y salvos.
Ante la bestia desatada, la nobleza demostró su verdadera valía, los orgullosos señores y señoras de la más alta nobleza huyeron despavoridos, tropezando con sus propias capas y cotas. Solo una figura permaneció inmóvil entre el caos, la joven camepsina de Isla Zarpa, quien en sus venas latía sangre diluída de la casa Celtigar, un linaje valyrio que le infundió la temeridad necesaria de dar un paso al frente. Alzando la voz sobre el rugido del viento, clamó, "Lykiri".
Pero el dragón no entendió de pureza ni de ecos de la Antigua Valyria. Respondió al mandato con un torrente de fuego ardiante que abrasó la piedra. La muchacha fue arrojada hacia atrás, salvando la vida por un suspiro, pero quedando postrada, ante el abismo de la muerte que esperaba delante suya. La bestia, enardecida, se preparó para la matanza, era hora de saciarse.
Bajo la mirada tensa de Alaric, quien empuñaba su espada sabiendo que el acero nada puede contra el fuego, Daryl Asher se desprendió del grupo. Con movimientos diestros, forjados en la supervivencia y no en los salones de baile, escaló un risco escarpado. Se irguió en la cima, quedando a escasos palmos de las fauces humeantes de Robaovejas. La criatura, sorprendida por la insolencia de aquella mota de polvo humano, hinchó el pecho para calcinarlo, pero fue entonces cuando el bastardo, carente de educación o lenguas ocultas, gritó con la crudeza del pueblo llamo, "¡Lykiri!".
El grito fue vulgar, áspero, pero poseía un peso insondable. Fue un mandato casi eclesiástico, un destino, un pacto sellado entre dos almas salvajes y marginadas por el mundo. El dragón cerró sus fauces, exhaló una densa nube de humo negro y, contra toda ley natural, agachó la inmensa cabeza, sometiéndose a un rey sin corona.
El milagro, sin embargo fue interrumpido por un chillido agudo que desgarró las nubes, atraído por el olor a ozono y la sangre, Caraxes, el Anfíptero de Sangre, descendió en picado. El dragón rojo, nervioso y territorial, percibió a Robaovejas como una amenaza invasora, y se lanzó al ataque sin mediar provocación.
Lo que siguió fue un choque de titanes que hizo temblar los mismos cimientos de la isla. Caraxes era ágil, fiero y letal, pero Robaovejas desató una fuerza bruta y descomunal, nacida de décadas de libertad salvaje. Las fauces castañas atraparon el largo cuello serpentino dragón rojo, sacudiéndolo con una violencia atroz que casi lo decapita. Desde su posición, Daryl gritaba e intentaba calmar a su nueva alma gemela, buscando detener la masacare, pero la furia escamosa era sorda a sus órdenes. El caos reinó hasta que Caraxes, sangrando profusamente y comprendiendo que la muerte le acechaba en aquel enfrentamiento, batió sus alas malheridas y huyó hasta la costa, donde esperaba su amo, Daemon Targaryen.
Con la batalla concluída, la cruada realidad se hizo patente, la isla entera era un señuelo, debían abandonar aquel peñasco de tierra maldito de inmediato. Aferrándose a las escamas de Robaovejas, ya apaciguado por la presencia de Daryl, el grupo de supervivientes emprendió el vuelo hacia el inmenso mar.
Pero el destino es un tejedor cruel, la armada Velaryon yacía hundida en el mar azul, tintado por la sangre de lo que una vez fueron, hermanos, padres, hijos. Pero aún se hallaba esperanza y venganza, pues Corlys y Vaemond, su hermano, se hallaban aguantando contra hordas incontables de piratas de la triarquía, a grito desesperado, intentando aguantar hasta que viniera alguien o yacer con la gloria de la muerte.
Y sus deseos se hicieron realidad, Robaovejas, rozando el agua con la garra de su pata alzó el vuelo ligeramente y al grito mudo de Daryl, "Dracarys", un torrente de fuego arrasó a la triarquía, salvando a Corlys y fundiendo en venganza como un estallido de odio a aquellos infames piratas.
Oculto en un barco de la triarquía, un último artilugio enemigo aguardaba en las sombras. Un escorpión solitario se disparó con un estruendo sordo, un virote masivo, encadenado a un pesado lastre de hierro surcó el aire y se hundió profundamente en el vientre del majestuoso dragón desfigurado.
Robaovejas emitió un rugido de dolor que heló los corazones de sus jinetes. Aquel lastre comenzó a tirar de él hacia abajo, a pesar de los aleteos de la besti, la inercia y el peso del hierro arrastraron al draón y a sus ocupantes hacia las gélidas y oscuras aguas del mar Angosto. La muerte, fría e inevitable se abría paso para dictar el fin de sus historias.
Mas en el último segundo, cuando la espuma de las olas ya besaba sus botas, una enorme sombra escarlata cubrió el agua. Caraxes había regresado. A pesar de sus graves heridas y de la sangre que manaba de su cuello, el dragón rojo ignoró el rencor de la batalla previa. En un acto de nobleza insólita e incomprensible para la mente humana, aferró las cadenas y el cuerpo de Robaovejas con sus garras. Haciendo un esfuerzo titánico que desafió a los dioses, el Anfíptero de Sangre tiró hacia arriba, arrancando a la bestia herida y al bastardo de las mismísimas garras de la muerte marina.
El rey sin corona ha surgido, pero la pregunta asoma, Daryl, aquel bastardo del Lecho de Pulgas, de quién latirá su sangre, negra, verde, o tal vez azul.
Él no es nada para mi y quienes se llevaron a mi tío tampoco. No comparto sangre con ellos, por ende, no, no son familia para mi. Ese dato preferí callarlo cuando intentó, una vez más malmeter, pero creo que es algo lógico. Que mi abuelo se casase con su hija, no lo convierte a él en familia mía, solo a mis tíos. En cuanto a Alicent, para mi solo es la mujer de mi abuelo. A saber si no fue empujada a ello por su propio padre, convirtiéndose en la marioneta perfecta y un modo de jugar con los intereses de mi abuelo.
Vi como mi abuelo se apartaba de Otto, como le decía que era suficiente, eso me agradó, puede ser que por fin se haya percatado de que lo que tiene al lado no es un consejero, no es un hombre de confianza, ni nadie a quien verdaderamente le importe ni mi abuelo, ni el reino. Se trata de un titiritero, que mueve los hilos de sus marionetas o intenta hacerlo a como de lugar, hacia sus propios intereses.
Los guardias recibieron la orden de acompañarnos a nuestras habitaciones y así lo hicieron. Pregunté a Ser Harrold si era posible que me acompase a hablar con el maestre Orwyn o desviarme yo en el camino. Alegué que había sido un día largo y complicado, que no sería capaz de conciliar el sueño y me vendría bien que me diese algo para dormir. Mentí, al menos en parte. Sí que había sido un día difícil. Primero el juego sucio de mi hermano Renash hacia Edrik, luego mi hermana sacrificando a Midir para darnos tiempo a escapar con vida de Vermithor. No podía sentirme peor de lo que ya me sentía, ni más culpable. Pero lo que realmente buscaba con aquello que le dije al guardia, era hablar con el maestre para saber del estado de Edrik y preguntarle sobre la carta con el sello roto.
Ser Harrold me dijo que no sería posible, pero que haría llamar al maestre para que fuese a mi habitación, eso me pareció perfecto, así que sin problema acepté y una vez en mi habitación, le prometí que esperaría allí sin marcharme.
Tiempo después alguien llamó a mi puerta, en efecto era quien esperaba. Invité al maestre a entrar y cerré la puerta. Le mostré entonces la carta que me entregó, le pregunté el por qué de que estuviese abierta. Por qué llegó con retraso. Me explicó que la carta la leyó mi madre. Nada más y nada menos que mi propia madre había leído cada palabra que esa carta decía, no podía dar crédito y sentí mi sangre helarse un momento. Por suerte mi padre no le dio importancia a la carta, pero a saber lo que tarda mi madre en decírselo.
Ahora entendía mejor la forma en la que me miró en el torneo, mientras me negaba con la cabeza para que no le diese mi favor a Edrik. Conocía las intenciones de este si ganaba. Pero entonces, también pudo comprobar que se trata de una persona noble, leal y que ello hace que el modo de actuar de mi hermano, sea aun peor de lo que ya es de por si.
El maestre Owen accedió a averiguar para mi, con la mayor discreción, qué guardia era quien debía entregar esa carta, pues habían cosas que no me cuadraban. Tras esto y temerosa de la respuesta, pregunté por su estado, al conocer que se debatía entre la vida y la muerte quise que me llevase donde él, pero alegó que no era posible y que no estaba consciente como para escuchar. Le agradecí y dejé que marchase.
Necesitaba hablar con Renash y Kaithlys. Aun tenía una conversación pendiente con el primero y quería comprobar el ánimo de mi melliza, estar a su lado si así lo quería y necesitaba. Abrí la puerta dispuesta a ello y Ser Criston me preguntó que a donde iba, señalé que a hablar con mi hermano y a darle las buenas noches. Quería que hablase con él en mitad del pasillo a puerta abierta ¿qué le importa a él lo que yo quiera o tenga que hablar con mi hermano? me negué a eso, regresé a mi habitación.
De nuevo alguien llamó a mi puerta. Abrí viendo a mi hermana Aelys y la invité a pasar. Mis ojos estaban llorosos tras la conversación con el maestre, pero no me importaba que me viese así y el ánimo de ella no era mejor que el mío.
Se acercó a mi cama y se dejó caer en esta, yo la seguí repitiendo el gesto, tumbándome a su lado, mirándola. Me preguntó qué me pasaba, le dije que tenía la sensación de que estropeaba todo lo bueno que había cerca de mi, que le hacía mal. Entonces le pregunté a ella lo mismo. La respuesta estaba clara, mi tío Aemond. Mi hermana tenía sentimientos por mi tío, si no, no le habría dado su anillo, el cual él llevaba puesto cuando estuvimos en Rocadragón. Hablamos sobre él. Ante la poca sangre y valor de mi tío, le expresé que temía que solo fuese un juego para él, que no quería que fuese dañada. En el fondo deseo que mi tío sea capaz de salir de ese cajón de marionetas y haga feliz a mi hermana, ella se lo merece. Confiando en ella le tendí la carta de Edrik, necesitaba hablar de aquello y que al menos ella, aparte de mi madre, supiese del asunto. No le dije que nuestra madre había leído la carta, no quise darle vueltas a eso. Tras leerla me la devolvió y expresé de nuevo que no entendía por que Renash hizo algo así y que alguna explicación tendría, aunque ella, no lo pensaba así, lo resumía en que simplemente, era Renash.
Ser Harrold llamó a la puerta reclamando por mi hermana, me levanté de la cama para abrir, ella se levantó también. Le di un abrazo y le dije que intentase descansar.
Volví a abrir mi puerta, esta vez por mi cuenta. Ser Harrold estaba apostado ante esta, le indiqué que quería hablar con mi hermana Kaithlys. Pero me dijo que no iba a poder ser, que por favor regresase a la habitación. Resignada lo hice.
No pasado mucho tiempo, empecé a escuchar ruido fuera. Volví a abrir la puerta para ver que sucedía. Creí escuchar la voz de Renash y así fue, charlaba con Ser Alaric, otra persona con la que aun tenía una conversación pendiente. Cerca de ellos se encontraba, el maestre que trató a mi tío Aegon II. El extraño copero supuestamente llamado por mi madre, cosa que resultó no ser cierta y lo que claramente era, una bastarda. A decir verdad el color del cabello de ese maestre tampoco me pasó por alto. De quien tenía aun dudas, era del copero, solo mostraba un mechón y bien podían ser ¿canas?.
Fueron pasando a la habitación de mi abuelo, escuché algo sobre la salud de mi abuelo, eso me preocupó así que pregunté bajito a Ser Harrold por ello. Me dijo que no me preocupase. ¿Cómo no me iba a preocupar por la salud de mi abuelo? supongo que si me dijo eso, es por que todo estaba controlado.
Tras no se cuanto tiempo más, acabé durmiéndome. Mi sueño fue interrumpido varias veces por las pesadillas, de modo que para cuando el alba llegó, estaba despierta.
El día del viaje llegó y con ello una reunión para tratar el plan a seguir. Que novedad escuchar que la idea de que mis hermanas, mi padre y yo, fuésemos carnaza, era de la maldita Víbora Verde, ese maldito y viejo Hightower, el cual para mi sorpresa y agrado, no estaba presente.
Los recién llegados el día anterior a la Fortaleza Roja, también nos acompañaban. Estos se habían enfrentado ya a la Triarquía, así que los consideraron útiles. Me hacía sentir cierto alivio, saber que el maestre nos acompañaría, aunque aun se estaba recuperando de sus propias heridas. La imagen de su cuello se antojaba dolorosa a la hora de hablar.
Mientras nos preparaban a mis hermanas y a mi, estaba atentas de ambas. Aelys se veía decaída, ida. Con la mirada perdida en el suelo parecía más pequeña de lo que realmente es. Kaithlys por su parte, no entendía por qué debíamos llevar armadura si éramos el cebo. Precisamente mi querida melliza, no querrás recibir un flechazo. Le expliqué el motivo del por que y le dije que se la pusiera, entonces dejó que se la colocasen. Hablé con ambas, temía que les pudiera pasar algo, necesitaba que fuesen fuertes, que se mantuviesen alerta. Iba a velar por ellas y estaba segura que nuestro padre también, pero un pequeño descuido, podría ser fatal y no se cuan atenta puedo estar de proteger a ambas en el caso de luchar también por mi vida. Tenía claro que no podía permitir que les pasase algo. Ya cargaba con suficiente culpa por el momento y de pasarle algo a alguna. No quería pensar en eso.
Renash vino a la tienda donde nos estaban terminando de equipar. Habló con nosotras, pidió lo mismo. Fortaleza, unión. Nos dejó claro que el resto les daba igual, que nuestras vidas estaban por encima. Esperaba que Aelys reaccionase más al escucharle a él, pero estaba demasiado alicaída. El temor y posiblemente el hecho de que mi tío ni pasó a desear un buen viaje y regreso, aunque fuese con disimulo, seguro no la ayudaban.
Tras la marcha de Renash y una vez equipadas correctamente, embarcamos. Fue un largo viaje, donde conversé un poco con el joven maestre Daenkiel, el supuesto copero Daryl y la mestiza Maelle, presentándome con ellos. A esta última le tomé de las puntas de un mechón de pelo con suavidad, alegando que tenía un bonito color de cabello. Fue un modo sutil de mencionarle que estaba claro que era una bastarda.
Sigo pensando que los bastardos no tienen culpa de serlo. No es algo que ellos pidan o elijan. Alguien tomó la decisión por ellos, fuese por amor, por interés, o por la fuerza.
Debí haber aprovechado el viaje para hablar también con Ser Alaric sobre lo que me dijo mi padre. Lo pospuse y acabamos llegando al lugar indicado.
Mi hermana Kaithlys alzó una bandera blanca en seña de rendición. Nos encaminamos hacia las cuevas al no ver a nadie, mala idea, pues en efecto ahí no había nadie. Nadie excepto Robaovejas. Mi tío Rhaemon llegó a lomos de su dragón gritando que era una trampa. Si, estaba más que claro.
Busqué a mi hermano por un momento con la mirada. Rhaemon había dicho que habían balistas apostadas en los islotes, ¿cómo se le ocurre dejar solo Renash?
Todo pasó muy rápido, Robaovejas nos iba a atacar, mi padre llamó a Caraxes para que se enfrentase a él y eso hizo dirigiéndose hacia este, ¿era cierto lo que estaba viendo? Daryl, el "copero", ¿estaba intentando crear vínculo con Robaovejas?. Le exclamé que le dijese en alto valyrio la palabra que solemos usar para que se calmen "Lykīri". La dijo, Robaovejas no parecía hacer caso. Daryl estaba muy cerca de ese dragón, repitió la palabra y el dragón, que estaba a poco de atacarle se detuvo. Caraxes le atacó, le mordió el cuello. Grité hacia mi padre que el vínculo estaba hecho, para que retirase a Caraxes.
Tras que mi padre le diese la orden, Robavejas le atacó. No quería ver como dañaba al dragón de mi padre, había crecido viendo a Caraxes y quería que saliese de ahí con vida.
Daryl intentaba calmarlo, pero no le hacía caso, le exclamé entonces que le repitiese "Lykīri" y que añadiese "Dohaerās". Los dragones conocían el Valyrio, al menos todos los que yo conocía. Esperaba que ello ayudase a Daryl, ahora jinete de Robaovejas, a calmarle, a que le obedeciera.
Renash llegó, al ver el espectáculo intercedió para que Caraxes pudiese marchar. Lanzó un fogonazo en picado hacia Robaovejas para después ascender en el cielo. Caraxes, aunque herido, logró escapar y Daryl, consiguió calmar a Robaovejas.
Mi padre no daba crédito de como ese hombre se había convertido en el jinete de Robaovejas. Ese logro no hizo más que despejar mi duda y le indiqué que debía tratarse de una semilla de dragón. Me pidió que le enseñase Valyrio para que pudiese entenderse con el dragón, accedí y nos marchamos de allí, algunos sobre dragones, otros en los botes que nos llevaron ahí.
Cuando llegamos donde estaba la flota, vimos que habían sido masacrados. Lord Corly estaba luchando junto a su hermano. Daryl ordenó a Robaovejas que lanzase fuego, pues los estaban rodeando por mucho. Aquello ayudó al par de Velaryon a seguir con vida, pero las pérdidas habían sido enormes.
Una balista alcanzó a Robaovejas, pero no era una balista cualquiera, esta llevaba una cuerda y una pesada ancla estaba atada al extremo final de dicha cuerda. Pretendían hundir al dragón y con ello, los que montaban en él caerían al agua quedando a merced de los piratas. Kaitlhys y yo volábamos a lomos de Caraxes con nuestro padre. Se lo indiqué a este, le hablé de una visión que había tenido al respecto y guió a Caraxes. Pasó bajo Robaovejas cortando la cuerda que lo habría hundido. Sin más dilación seguimos el vuelo hacia Desembarco.
Cuando llegamos allí, nos esperaba nuestro abuelo en la sala del trono. Cuando le vi, quedé aterrorizada. Su aspecto había cambiado demasiado en ese tiempo. No fui la única en sorprenderse, vi la expresión de mi padre. Le desconcertó del mismo modo o más, ver a su hermano así. Me detuve al lado de mi padre y posé una mano en su brazo, en seña de apoyo. Le hablé sobre como escuché que hablaban de su salud antes del viaje y como un guardia me dijo que no me preocupase. Me encomendó averiguar que era lo que le habían estado dando y asentí. Claro que lo iba a averiguar, si alguien estaba dañando a mi abuelo, habría que detenerle. Lo que me extrañó, fue que de nuevo la Víbora Verde, Otto, tampoco estaba ahí en ese momento.
Hablamos sobre lo sucedido, le explicamos lo que había pasado, la preparada trampa en la que habíamos caído y eso no podía quedar así. Se habían perdido demasiadas vidas, no podíamos permitir que la Triarquía siguiese acumulando poder ni que ese bloqueo continuase. Tocaba trazar un nuevo plan y buscar apoyo para este, de confianza a ser preferible.
Al parecer fuera, en los jardines, estaban tratando con nuevos posibles guardias así que mi padre dio la idea de reclutar a alguno para el siguiente ataque. Antes de salir, mi abuelo nos habló de la carta que los Mormont habían enviado, pidiendo un castigo sobre mi hermano, por el deshonroso acto cometido en la liza. Salimos todos y caminamos hacia dichos jardines. En cuanto mis ojos captaron aquella ropa negra, aquella capa de oso y ese pelo oscuro, mi mirada se detuvo en él, mis pasos también se detuvieron.
Durante el viaje no había podido dejar de preguntarme si Edrik habría o no sobrevivido. La respuesta estaba ahora ante mi. Llevaba un parche ocultando su vacía cuenca derecha, pues su ojo había sido robado por el sucio golpe de mi hermano. Una cicatriz, la cual aun estaba sanando, asomaba por su mejilla hasta casi su mandíbula inferior, pero estaba ahí, en pie y con vida.
Antes de entrar en la fortaleza escuchamos parte de una conversación entre Su Gracia y Lord Otto, el rey decidió retirarle el cargo de Mano. Según entendí, sus intereses personales habían empezado a afectar demasiado a su juicio y, en cierta parte, entendí por qué.
Yo de joven, mientras me formaba como escudero en el Nido de Águilas, también desee ser señor de Rapsodia, arrebatando el título de mi hermano y teniendo una vida fácil... pero cuando entendí mi destino y mi deber no vacilé, soy un segundogénito que no heredará nada, debo conseguir un nombre por mi mismo.
Al llegar a la Fortaleza Roja llamamos la atención de los príncipes. El joven Renash se acercó y tuvimos una breve conversación. Le expliqué que lo ocurrido no era asunto suyo y fui lo suficiente indiferente como para darle a entender de que, realmente, no era asunto suyo. Después continuamos nuestro camino con el maestre Orwell, quien estaba junto a Harrold.
Entramos en los aposentos de Su Gracia. Daenkiel preparó un ungüento para sus heridas y explicó lo sucedido durante el viaje, se retiró después de dar su informe.
Yo confirmé lo que había contado y añadí que Daryl había sido fundamental para nuestra supervivencia. No habría sido correcto omitirlo, su Gracia quiso conocerlo por lo que fui a buscarlo.
Lo encontré junto a Maelle y llevé a ambos ante el rey. Su Gracia los felicitó personalmente por lo ocurrido y les ofreció un trabajo. Al salir, Ser Harrold Westerling me observó durante unos segundos.
— Confío en vuestro juicio. Espero que no hagáis las cosas mal.
Asentí y continué con mi cometido, no tenía realmente nada para responderle. Acompañé a Daryl y Maelle hasta sus aposentos pero, antes de salir, Daryl me detuvo, había escuchado algo... era Lord Otto. Estaba hablando con su hija. Alcancé a escuchar parte de la conversación: Su Gracia iba a morir y Otto quería que su hija escogiera entre Rhaenyra y sus propios hijos.
...no me gusta lo que está tramando ese hombre, su ambición es desmedida...
Daryl me detuvo antes de que pudiera continuar mi camino. Me contó que, la otra vez que lo vimos escondido en un establo, Otto estaba reuniendo aliados para apoyar a Aegon como heredero legítimo en lugar de Rhaenyra.
También me habló de la emboscada que Larys había preparado para Maelle. Según Daryl, no tiene ninguna obligación con ella por haberla sacado de Isla Zarpa. No estoy de acuerdo, Maelle debía morir aquel día. Daryl intervino y evitó que ocurriera. Desde entonces considero que tiene una obligación moral con ella, aunque él no quiera reconocerla.
No es necesario que una persona acepte un deber para que este exista.
En cuanto a mí, la situación es más sencilla. Daryl me salvó la vida frente a Robaovejas. Por ello, mientras él siga en peligro, considero que tengo una obligación con él hasta que la deuda se salde.
... supongo que los dos estamos cargando con deudas que ninguno de los dos pidió...
Al día siguiente fui al puerto a recoger el cestus que había encargado. No tuve que pagarlo con monedas, entregué un par de piezas de armaduras de la triarquía y una lanza a cambio. Conservé mis siete monedas de plata. Me pareció una solución bastante mejor que gastar todo mi dinero.
Después regresé a la Fortaleza Roja para acudir al consejo. Se estaba preparando una expedición contra la Triarquía en los Peldaños. Daenkiel, Maelle y Daryl volverían a quedar bajo mi supervisión... También vendrían los mellizos de la princesa Rhaenyra. La decisión me sorprendió, son todavía adolescentes y tres son mujeres, no veía qué podían aportar a una expedición de ese tipo.
Tampoco puse objeciones. Su Gracia había dado la orden y mi opinión sobre la edad de los príncipes no cambiaba mi cometido.
Corlys había decidido que seríamos parte de la punta de lanza de la armada. No era un plan que me agradase pero era el plan aprobado por el rey.
Pasamos varias semanas en el mar antes de llegar a los Peldaños.
Al desembarcar no encontramos a nadie, la isla estaba vacía. Nos acercamos a la boca de las cuevas y tampoco encontramos nada... solo avisté un rastro de sangre seca. Una de las adolescentes se puso a gritar de que nos rendíamos.
Rhaemon llegó poco después a lomos de su dragón, gritando que era una trampa.
Y... tenía razón. Solo que la trampa no era la que esperábamos, era peor.
Robaovejas estaba allí.
Todos salimos corriendo salvo Daryl y Maelle. Maelle intentó acercarse con una oreja de oveja. Estuvo a punto de ser quemada viva si no fuera porque llegó a cubrirse tras una roca. Me desvié y le grité a Daryl que saliera de allí, no iba a aceptar que un viejo enemigo fuera a acabar con él, cuando él me salvó a mi... No me hizo caso. Se subió a una piedra y le gritó a Robaovejas una palabra que no conocía:
— ¡Paquirri!
El dragón abrió las fauces, estaba a punto de incinerarlo, pero por algún motivo decidió no atacarlo y agachó el lomo, invitándole a montarse... Entonces apareció Caraxes. Mordió a Robaovejas en el cuello aprovechando que estaba distraído. Daryl intentó calmarlo en vano, el dragón respondió lanzando una llamarada contra Caraxes, hiriéndole gravemente.
Caraxes comenzó a huir siguiendo las órdenes de Daemon y Robaovejas fue detrás de él, preparado para morderle. Antes de que pudiera alcanzarlo apareció Renash con su dragón y lanzó fuego contra Robaovejas, impidiendo que mordiera a Caraxes.
Daryl consiguió calmarlo a tiempo ya que, si no lo hubiera hecho, seguramente Renash y su dragón habrían muerto, la cabeza de Robaovejas es la mitad del tamaño del dragón del príncipe.
Daryl se marchó volando y, junto a Daenkiel y Malle, regresamos hacia la Serpiente Marina con el bote en el que habíamos venido.
...no quedaba prácticamente nada, la Triarquía había conseguido su objetivo y habíamos caído de lleno en su trampa...
Terminamos regresando sobre Robaovejas: Daenkiel, Maelle y yo montamos con Daryl... No me gustó la experiencia, el suelo queda demasiado lejos cuando uno está sobre un dragón y me dio vértigo. Intenté no pensar demasiado en ello y me aferré a la bestia, sin mirar mucho al suelo.
Durante el trayecto tuvimos un percance pero no reparé en preocuparme, tenía otras cosas por las que preocuparme.
Finalmente regresamos a Desembarco del Rey, la reina Alicent nos esperaba en el pozodragón... estaba enfadada. Nos condujo directamente al salón del trono, donde Su Gracia esperaba.
Quería saber qué había ocurrido, se lo contamos y quedó más tranquilo, pero me llamó la atención el estado de salud en el que se encontraba, había deteriorado gravemente en la semana y media que habíamos estado viajando.
Un resbalón hizo que cayese sobre Aelys o esta se interpuso para que no me hiciese mucho daño, por si acaso me disculpé. Habíamos quedado en los jardines, así que fuimos hacia allí.
Cuando llegamos a los jardines observé estos en silencio, mientras varios recuerdos regresaban a mi cabeza. Esa noche estaba siendo especialmente difícil y debía estar concentrada, así que intenté despejar mi mente. Aemond por suerte no tardó mucho en aparecer y mi hermana me pidió dos cosas. La primera que no gritase, no entendí por que me pedía eso, pero accedí extrañada, era mi hermana, sabía que no me haría daño. Lo segundo fue que no le podía decir nada a nuestro padre, también acabé aceptando.
Guiadas por Aemond llegamos hasta un lugar donde vi algo que desde luego, no esperaba ver. Despacio detuve mis pasos con sorpresa, lo que vi ante mi era extraordinario, se trataba de la mismísima Vhagar, la dragona que en el pasado perteneció a la propia Visenya Targaryen, la dragona más antigua con vida y partícipe de la conquista de Poniente junto a Meraxes y Balerion, apodado el terror negro. Era historia viva de nuestra familia, enorme, majestuosa y poderosa como ella sola. Miré a mi hermana con sorpresa, luego miré a mi tío, había logrado el vínculo con ella y yo iba a poder montar en su lomo, junto con ellos dos. Ahora sí cobraba sentido como íbamos a llegar los tres a Rocadragón.
Una vez sobre el lomo de la dragona, acaricié con sutileza y respeto sus grandes escamas, aun no daba crédito, iba a surcar los cielos junto a ella y ante la orden que le dio mi tío para alzar el vuelo, me acomodé bien y sujeté a mi hermana. Aquello sin duda, era algo que jamás iba a olvidar.
Durante el vuelo, pudimos ver como alguien más nos seguía, Renash y tras él otro dragón. Solo esperaba que no hubiesen más problemas, bastante había sucedido ya en ese día como para que la noche empeorase aun más.
Fue justo lo que pasó, no solo llegó Renash, también Rhaemon y detrás mi melliza Kaithlys la cual Aemond no pudo localizar con anterioridad. Como era de esperar los dragones de estos se pusieron nerviosos, pero los lograron controlar y las discusiones empezaron a pesar de que era el lugar menos indicado. Creo que ninguno se paró a pensar en ello. Renash dijo que se marchaba, seguía enfadada con él, pero es mi hermano y quería que estuviese ahí con Aelys y conmigo en ese momento, para lo que íbamos a hacer. Tal vez retenerlo no fue la mejor idea, la discusión no hizo más que empeorar. Como no, Rhaemon también echó leña al fuego. Para colmo llegó otro dragón, Vermax, con Jacaerys y Lucerys, estos dos no tardaron en posicionarse al lado de Renash ante la discusión. A excepción de Daeron, todos estábamos allí. Kaitthlys parecía saber algo, cuando lo dijo, Aemond no tardó en poner su espada en el cuello de mi hermana, rápida al ver eso me encaminé hacia ellos. Desde luego la paciencia no es la mejor virtud en muchos de mis familiares.
Puede que también ayudase que mi hermana melliza no eligiese las mejores palabras para iniciar esa conversación. En cuanto habló más e indicó quienes se lo habían llevado, Aemond dejó caer la espada al suelo, yo respiré tranquila, creo que no fui la única que lo hizo. La discusión siguió por otro lado, volvieron a echarse cosas en cara, no era el lugar ni el momento y parecían no darse cuenta. Kaithlys intentó calmar las aguas, no terminó de elegir de nuevo muy bien las palabras, Aemond contestó, Renash no iba a ser menos. Aemond se disculpó, aunque llamando a mi hermano por otro apellido tras que Renash le llamase Hightower. Aelys ya no podía más y dijo que si se querían matar que lo hiciesen, pero con ella en medio. Creo que su llanto fue lo que logró calmar las aguas. Aemond seguía esperando una disculpa, Renash tras aquello se la dio y cuando parecía que la calma iba a llegar, no fue así.
Vermithor, el dragón con el que iba a intentar crear el vínculo, se encaminó desde lo lejos hacia nosotros, estaba enfadado y con motivos para ello. Se preparó para quemarnos, estábamos en su hogar y no de cualquier modo. Viendo el fuego comenzar a nacer en el fondo de su cuello, buscamos refugio, todos comandaron a sus dragones que alzasen el vuelo, todos menos Kaithlys, que le indicó que se escondiese. Por suerte no salimos heridos y yo, aun no se muy bien como, me armé de valor y me encaminé hacia él no sin antes pedirle consejo a mi tío Aemond, él había sido capaz de crear vínculo con Vhagar, pero su respuesta no me fue de ayuda, que un dragón te deje montarle mientras duerme, no era el caso que se planteaba ante mi.
Salí de detrás de la roca, me encaminé hacia Vermithor y le hablé en Valyrio. Le dejé claro que no le estaba desafiando, que tampoco le iba a obligar. Desconocía si era digna de crear ese vínculo con él, le dejé claro que si quería que me marchase, lo haría, pero si por el contrario, quería compartir su regreso a los cielos conmigo, sería el mayor honor que jamás podría recibir. Me escuchó, vi como me había escuchado, me miraba, pero abrió sus fauces despacio, comencé a ver el fuego volver a crecer en el fondo de su garganta, me mantuve firme, esperando y deseando que cerrase sus fauces, que no lanzase ese fuego y me aceptase, tenía un gran respeto por él, pero al parecer, no era suficiente. No cerró las fauces, lanzó la llamarada. Pude evitar esta gracias a las palabras que Kaithlys me dijo con anterioridad, una premonición al parecer, así que la tuve presente en todo momento e hice lo que me dijo, sorteé de ese modo aquellas llamas.
Vermithor no parecía que fuese a detenerse ahí. Kaithlys dio una orden a Midir, que seguía escondido. La orden fue clara y el dragón salió de su escondite para enfrentarse a Vermithor, aquello era un suicidio en toda regla. Mi hermana había mandado a su dragón a morir para darnos una oportunidad.
Mientras Vermithor se hacía cargo de Midir, los demás indicaron a sus dragones que bajasen y una vez tocaron tierra, rápido nos movimos para salir del lugar. Tomé a Kaithlys de un brazo tirando de ella hacia Vhagar. Era mejor que volase con Aemond, Aelys y conmigo sobre ella, que no con Renash, así su dragón volaría ágil al no llevar peso extra. No iba a permitir que pudieran correr peligro tras el sacrificio que mi melliza acababa de hacer. Montó con nosotros y rápido todos los dragones alzaron el vuelo para salir de allí.
Habíamos logrado escapar con vida, si, pero a que precio. No era capaz de imaginar lo que mi hermana, la cual había tenido el vínculo con su dragón desde que era un bebé, podía sentir ahora mismo pues acababa de perder una parte de si misma.
El norteño, con una armadura un tanto maltrecha y un casco abierto, se paseó por la liza, se acercó a las gradas haciendo que el caballo aminorase el paso y se detuvo justo ante mi. Había estado atenta del recorrido que había dado recorriendo toda la liza ¿aquello había sido un titubeo? ¿o tal vez analizó el estado del suelo del lugar? Lo desconocía.
Le miré con atención, volviendo a reparar en su armadura. Los golpes de mi hermano con la lanza no eran una broma, todos lo habían visto. Fue entonces cuando Edrik preguntó si le daría el honor de concederle mi favor. Con la duda latente, miré a mi padre, este estaba absorto en mi hermano, celebrando aun las victorias que había obtenido. Miré a mi madre, me negó en rotundo mirándome con una mezcla de enfado y desesperación. No era la única que negaba. Vi la mirada de mi melliza, Kaithlys, tampoco lo aprobaba. ¿Qué mal podría hacer ese gesto? Decidí no hacer caso, a pesar de haber dudado. Despacio saqué el pañuelo que en ese día llevaba conmigo. Seda blanca bordada con hilo rojo en los bordes y una delicada pero elegante D, bordada en una esquina de este en hilo de plata. Miré el pañuelo, miré hacia Edrik, el cual esperaba mi respuesta sin mirarme de forma directa a los ojos, con respeto y humildad, con su lanza tendida hacia mi. Coloqué el pañuelo de seda en el extremo de su lanza, mientras añadía que le concedía mi favor, pues necesitaba de suerte si quería derrotar a mi hermano y que aun y así, le sería difícil de lograrlo.
Los murmullos comenzaron de forma automática. Edrik se ató el pañuelo en una de sus muñecas, yo tomé asiento y de inmediato Ser Criston Cole me dijo que una vez, mi madre también le dio a él su favor en el pasado. Lo miré a penas un instante mientras me decía eso, regresando luego la vista sobre Edrik y mi hermano. El enfrentamiento dio inicio y para sorpresa de todos, Edrik desmontó a Renash.
Preocupada por el posible golpe que mi hermano pudo recibir, me puse en pie observándole. Se levantó y el norteño esperó dándole a elegir si volver a caballo o luchar sin estos. Renash eligió volver al caballo. Tras verle bien volví a tomar asiento y el enfrentamiento entre ambos siguió.
Lo que terminó pasando, era algo que no me esperaba.
Mi hermano golpeó en la cabeza a Edrik con la lanza. Cerré mis manos en puños sobre la falda de mi vestido, conteniendo el aire al ver semejante golpe. ¿Por qué había hecho eso mi hermano? Había demostrado lo buen luchador que era en los anteriores enfrentamientos ¿por qué jugar sucio esa vez?
El caballo de Edrik siguió el trote que poco a poco fue deteniendo. Solo alcanzaba a ver la espalda de Edrik. Su cuerpo empezó a irse hacia el lado, hasta el punto de caer a plomo en el suelo.
Los abucheos resonaron alrededor de toda la liza. Mi hermana Aelys y yo nos levantamos casi a la par y corrimos a auxiliar al norteño, creo que a ella tampoco le gustó el modo de proceder de nuestro hermano y estoy segura que tampoco lo entendió. Kaithlys ya estaba abajo, de modo que había visto lo que nosotras estábamos apunto de ver.
Edrik tenía madera astillada clavada en el lado del rostro alcanzado por la lanza de Renash, un ojo fuera de la cuenca, sangre abundante y una herida muy fea. Sentí como mi sangre se helaba ante aquella imagen. Rápida ayude a Aelys a intentar parar el sangrado, mi pañuelo seguía atado en la muñeca de Edrik, ahora manchado de sangre, así que sencillamente la ayude a intenta parar aquel sangrado con el de ella. Sentí la cálida sangre de él en mis manos, seguía sin dar crédito de aquello, no podía estar pasando. No fui consciente de cuanto tiempo pasó. Le pedí a Edrik que aguantase, él me dijo que lo sentía, no entendí por qué, no tenía nada por lo que disculparse.
El maestre Orwyle llegó y rápido cargaron entre hombres a Edrik para llevarlo junto con el maestre y tratar sus heridas.
Fue entonces cuando empecé a escuchar, de forma sorda, sin nitidez, todo el ruido que había a nuestro alrededor, lo que el gesto de mi hermano había desencadenado. La gente que antes lo vitoreaba, ahora lo detestaba y le abucheaba, estaban saltando las gradas para ir a por él. Lo entendí perfectamente. Aelys me dijo de movernos, no era capaz, no me respondían las piernas, seguía ahí, de rodillas en la liza mirando mis manos manchadas con la sangre de Edrik, ella las tomó rápida y me las limpió como pudo con la falda de su vestido. Kaitlhys se acercó a mi, me ayudó a levantarme y me apartó hacía un lado de las gradas. Seguía sin dar crédito de lo sucedido. Mi melliza intentó hacerme volver, quería que la Daenyra de siempre regresase, me explicaba que no era bueno que me viesen así, no en ese momento y que debíamos marchar de ahí e hizo algo que no esperaba. Kaitlhys hizo ver que ella se había alterado y que yo era quien la intentaba calmar. Empezó a gritar cuando un guardia se acercó para escoltarnos dentro.
Una vez dentro de la fortaleza, en la habitación de mi hermana melliza, seguía sin dar crédito a lo que mi hermano había hecho, seguía sin entenderlo y desconocía el estado de Edrik, aunque bien sabía de lo mala que era esa herida y de la sangre que había perdido. Kaithlys se estaba arreglando, decía tener una cita con Daeron. Enfadada por lo que había sucedido, le dije que no eran momentos de citas, que si de verdad estaba pensando en eso con todo lo que había sucedido. El pueblo estaba revuelto con el gesto de nuestro hermano, los guardias estaban vigilantes de que no nos fuese a pasar nada y ella solo parecía pensar en la cita con nuestro tío. Me miró seria, creo que le di una bofetada de realidad que no se esperaba. Me dio la razón y dejo de arreglarse, deshaciendo lo que había estado haciendo.
Me sentí mal por haberle hablado así. Ser Harrold, esperándome tras la puerta me reclamó para acompañarme a mis aposentos, indiqué a mi hermana que intentase descansar y la abracé aun sintiéndome mal.
Ya en mi habitación, comencé a caminar de lado a lado por esta, reviviendo en mi mente lo sucedido, aun sin dar crédito. Necesitaba hablar con Renash, escuchar de sus labios, por qué había hecho eso. Pensé en salir a buscarle, pero con Ser Harrold apostado en mi puerta, seguramente no fuese posible, no esa noche. Probablemente cada habitación estaba custodiada por un guardia.
Al cabo de un rato alguien llamó a mi puerta. Rápida limpié las lágrimas de mis mejillas y abrí. Era al maestre Orwyle. Me saludó con una leve inclinación y me entregó, con las manos llenas de sangre seca, una carta. No me dio tiempo a preguntarle nada, en cuanto tomé la carta, se marchó. Fue entonces cuando vi que mis manos aun tenían restos de sangre seca.
A puerta cerrada sin moverme del sitio miré la carta, el sello era de cera de vela, no lacre y estaba roto, pude ver en este el emblema de la casa Mormont. Rápidamente la abrí, estaba escrita por Edrik, empecé a leer con urgencia esperando noticias de su estado. Tenía una pequeña esperanza latiendo en el pecho, pero esta se fue apagando conforme leía.
Palabras de un pasado que llegaron tarde, eso era lo que había en esa carta. No eran noticias del estado de Edrik, era una carta escrita durante el torneo, antes del último enfrentamiento. Conforme avanzaba en el texto, las palabras escritas hacían que mi vista se nublase impidiéndome ver con claridad. Parpadeé y nuevas lágrimas corrieron mejillas abajo. LLevé una de mis manos a los labios, ahogando así un doloroso quejido. Pose la espalda contra la puerta. Seguía leyendo cada palabra con urgencia. Mi espalda se deslizó puerta abajo, quedé sentada en el suelo, sujetando la carta con la izquierda contra mi pecho, acallando el sonido de mi llanto con la derecha aun sobre mis labios.
Una vez más me pregunté por que mi hermano había hecho algo así mientras que por otra parte, no pude dejar de sentirme culpable.
Ahora, además de con Renash, debía hablar con el maestre, preguntarle por que esa carta había llegado tarde y por qué estaba abierta.
Mi hermana Aelys me miró negando con la cabeza, suplicándome con la mirada que no dijese nada. No se que hablaría poco antes ella con mi tío Aemond, pues ambos fueron a una habitación aparte, me daba igual, seguía muy enfadada así que empecé a hablar explicándole a mi padre que en el reencuentro con mis tíos habían habido ciertas disputas. Aelys no tardó en alzar un poco su voz para hacerse escuchar al decir que ya estaba todo solucionado. Me volvió a mirar, luego hacia Aemond buscando cierto apoyo a sus palabras en él, eso me extrañó, de modo que aprovechando esa pequeña distracción, me incliné un poco hacia mi padre susurrándole que más tarde hablaríamos de ello. Su mano frotó con firmeza, pero tacto gentil, mi espalda por un momento y asintió.
Fue entonces mi abuelo quien volvió a hablar, debía darnos dos noticias, una el compromiso entre mi tío Aegon II y mi tía Helaena, me compadezco de ella la verdad. A decir verdad, se debería haber comprometido con mi hermano Jahaerys y no me cabe duda, habría sido mucho más feliz con él, de lo que lo será con el idiota engreído y medio hombre de Aegon II. Aun recuerdo las palabras de mi padre sobre él a la hora de usar la espada, que no era muy diestro y como nos pedía a Renash y a mi, que no fuésemos muy duros en el torneo...
Sí, iba a a participar en el torneo junto a mi hermano, pero la siguiente noticia que nos dio a continuación, me hizo recular.
Mis hermanos y yo debíamos viajar a ver que pasaba con ese bloqueo que había por culpa de la Triarquía. También sumó a mi padre tras mi comentario de que ni Aelys ni yo, éramos aun jinetes de dragón. Supuestamente, nos lo encomendó por que los dragones de mis hermanos eran de menor tamaño, aunque ahí había algo más.
Otto llevó sus manos a su rostro como quien no quiere la cosa, pero pude discernir lo que realmente hacía, ocultar una sonrisa de satisfacción. Ese maldito viejo seguro que tiene que ver en todo esto, era mi familia la enviada a ese lugar y ninguno de los verdes. Así fue hasta que mi tío Rhaemon habló y se decidió que también nos acompañase. No termino de tener muy claro por que vendría tras lo sucedido en Pozo Dragón, no entiendo su interés, a menos que esté tramando algo.
Mi padre se levantó con la excusa de estirar un poco las piernas y tomar algo de aire, me preguntó si le acompañaba, sin dudarlo ni un instante asentí y me puse en pie dispuesta a seguirle. Necesitaba hablar con él y dejar salir en esa conversación toda la rabia que aun sentía. Caminamos alejándonos del salón, subimos hasta otro lugar y allí, a solas conversamos. No le dije palabras exactas, pero le resumí lo que había sucedido con nuestros tíos, el como habían intentado buscar enfrentamiento con palabrería despectiva y burla, con calumnias. En el fondo de mi ser se que no todos mis hermanos son de sangre pura Targaryen, pero aun y así, son mis hermanos, he crecido con ellos y un bastardo no tiene culpa de serlo, la culpa recae en quienes les traen al mundo y esa es una conversación que me gustaría en algún momento, tener con mi madre, saber por que. Está claro que no fue un simple desliz, pues no es uno, son tres.
Mi padre me escuchó con atención, vio mi frustración, mi enfado. También le avisé de la sonrisa que Otto intentó ocultar tras la petición de nuestro abuelo. No le pilló de sorpresa nada de lo que le había contado. Me habló del tipo de persona que era el viejo Hightower. Me reveló que seguramente ser Criston Cole también influyese en mi tío Aemond. Tenia una pequeña esperanza de que mis tíos, como Targaryen que son, viesen que eran manipulados como títeres. Fue entonces cuando mi padre negó afirmando que nosotros éramos la verdadera sangre del dragón, no ellos.
Una vez acabada la cena marché a mi habitación, no podía dormir, mi sangre seguía ardiendo con todo lo sucedido, de modo que decidí dar un paseo por la Fortaleza Roja y los jardines, hacía mucho que no visitaba el lugar y un paseo podría ayudarme a despejarme un poco, para así poder conciliar el sueño.
Daenkiel aprovechó el caos para comenzar a hablar, tiene facilidad para hacerlo cuando más falta hace. Consiguió animarme y también a los velaryon y a Daryl, y entre todos lograron abatir a otro de los piratas.
Intentó convencer a los que quedaban para que se rindieran, pero... no funcionó. Uno de los belaryon murió por ello.
Entonces me acerqué a uno de los arqueros, caminando con calma. No tuvo tiempo de tensar el arco, le atravesé el pecho con la espada e instantaneamente después los dos velaryons lo ensartaron.
El último pirata terminó por rendirse. No tenía intención de ejecutarlo personalmente, le dejé esa decisión a Daryl.
...ninguno de mis juramentos me obliga a ser misericordioso, tampoco me obliga a ser cruel...
Abordamos finalmente el barco enemigo. Los piratas fueron ejecutados y Daryl aprovechó para hacerse con sus ropas, después de acabar de una forma demasiado grotesca incluso para mí a un pirata indefenso. No pregunté para qué las quería pero me hacía a la idea.
Llegamos a Isla Zarpa poco después. Tuve que cambiarme de armadura antes de desembarcar... no me gustó hacerlo. En un pueblo lleno de posibles enemigos, un hombre vestido de blanco es una forma bastante evidente de anunciarse pero, aun así, no había otra opción razonable.
Antes de bajar del barco, Daryl explicó por fin cuál era su cometido. Buscaba a un bastardo de rasgos valyrios, eso fue lo que entendí de sus explicaciones. No sé mucho más, pero siento que estoy rodeado de ellos, protejo a valyrios hasta fuera de la fortaleza roja.
Al desembarcar encontramos a una mujer, parecía amable, y segundos después a un maestre bastante anciano, pero que finalmente resultó conocer a la mujer, quien tiene buena labia.
Nos marchamos a una taberna para tratar las heridas de Daenkiel, fue allí que explicó el verdadero motivo de nuestro viaje, aunque lo hizo cuando ya habíamos llegado y a nuestras espaldas. No tengo claro por qué esperó hasta entonces para hacerlo ya que a mí no me importa, pero resultó que el maestre le proporcionó a Daenkiel la información que necesitaba sobre los brebajes destinados a Su Gracia el rey Viserys.
La mujer de rasgos claramente valyrios abandonó la taberna poco después para ir a buscar el brebaje, ella conocía el pueblo y nosotros no. Crucé miradas de nuevo con Daryl, parece que hemos encontrado a quién busca.
Por ahora seguimos vivos... considerando cómo empezó el viaje, parece suficiente.
Podría haber sido un viaje ameno, si no fuera porque los dioses no tenían pensado lo mismo para nosotros. Una sombra se cernió sobre el mar, casi pareciendo que una nube ocultaba el sol, pero solo se trataba de algo que no queríamos ni esperábamos.
Robaovejas.
Los marineros comenzaron a entrar en pánico. Algunos corrieron hacia cubierta mientras otros se quedaron inmóviles, incapaces de comprender qué estaban viendo. Yo levanté la mirada y contemplé durante un instante, mi mente se negó a aceptar la realidad. Había leído sobre dragones. Había estudiado relatos de la Conquista y había visto ilustraciones en manuscritos así como a los jinetes de los Targaryen surcar los cielos junto a ellos.
Nada me preparó para contemplar uno de verdad. Era demasiado grande. Demasiado real.
Las decisiones se entrelazaron entre si, pudimos haber pensado mejor nuestras posibilidades, pero el miedo nos gobernó como a cualquier mortal víctima de los designios de los dioses.
Una vez tras otra, Robaovejas descendía continuamente sobre nosotros, buscando hundirnos, no iba a irse, y pensábamos que quizá lanzarle algunas piedras con un viejo lanzapiedras habría valido para espantarlo. Daryl movió con habilidad el barco tratando de evadir a la criatura pero era inevitable que estábamos en su visión.
Traté de calmarlo de una forma inexperta usando palabras del Alto Valyrio, pero tratando de hacerlo caí al frío mar para luego ser devuelto al navío.
Tras muchos intentos, enfadado, y cansado de nosotros, Robaovejas hizo uso de la vieja, inclemente y magnánima llama que había sellado tanto el destino de muchos hombres, su fuego inundó el navío, y en una locura por mi parte más humana y mortal me hizo caer de lleno en su deflagración.
Recuerdo el calor.
Recuerdo haber pensado que aquello no podía ser fuego, porque ningún fuego que hubiera conocido podía alcanzar semejante intensidad. Recuerdo el crujido de la madera bajo mis pies y cómo el aire desapareció de mis pulmones. Después vino el impacto.
El fuego consumió mi carne y sentí que estaba muriendo tan lentamente, mis ojos ardieron, tanto fue el dolor, que no esperaba volver a abrir los ojos.
Durante el tiempo que no era consciente de mi destino, mi fe se quebró, mi miedo se hizo aflorar, se tambaleó mi lealtad en los dioses. por primera vez, sentí, que iba a morir.
Había rezado durante toda mi vida. Había estudiado las Escrituras y había aprendido a aceptar que el sufrimiento forma parte de la existencia humana. Pero mientras parecía en mitad de un coma, sentía que estaba postrado, de cara a los cielos, viendo una luz que nunca había visto.
¿Por qué?
No hubo respuesta, solo silencio.
Las últimas palabras que escuché fueron las de los marineros Velaryon, llamándome, haciendo que acabara recuperando la consciencia, acompañado del sonido de las olas tras su voz.
Había vuelto de entre los muertos, y cada vez era más claro que la sangre de los valyrios no era una simple ínfula, pues nadie hubiera sobrevivido al fuego de los dragones que habían sellado mi carne."
Lykiri, aquellas palabras resonaron con potencia, el maestre las pronunció, palabras desonocidas para el pobre Daryl quien solo dominaba de manera vulgar el lenguaje común. Parecía como si el maestre quisiese hablar con el dragón, un insensato a ojos de un cuerdo, pero y si tal vez surgiera efecto y el dragón escuchase, pero no era el caso, el dragón bravo como una tempestad sin control se avalanzó contra el barco con sus dientes y gran envergadura, su mordida desfigurada le daba aquella imagen de terror, pero no era rival su bravura a las dotes de Daryl, una vez más, se zafó.
Aquellas palabras se quedaron congeladas en los pensamientos de Daryl, enquistadas como una oferta a un mercader, como un quiste nauseabundo, ¿qué significaban aquellas palabras? Tranquilidad, aquellas palabras significaban a la calma, contradice los sentimientos de los dragones, como un hechizo de magia oscura, pero no surgía efecto en él o al menos parecía.
Lykiri de manera pulgosa y vaga, como si un recién nacido dijera su primera palabra, pero esas palabras fueron poderosas, penetrando en el dragón ligeramente, como si el hechizo hubiera hecho un amago de funcionar.
¿Quién es Daryl? El patrón del desconocido es benevolente, pero también cruel, él no conocía su herencia, él no conocía nada de si mismo, creció y se crió en un lecho de pulgas hasta que inició su pubertad, pero su destino aún no estaba sellado.
El barco sufría, cada ataque de Robaovejas era más bestial, más agresivo, su hambre se hacía notar cada vez más y el barco no lo iba a aguantar. El fuego empezó a brotar ligeramente en su larga y ancha tráquea, se dejaban ver las aspas de la muerte, pero no era el final. A grito desesperado todo el mundo abandonó la cubierta para refugiarse dentro del navío, pero no nos apoyó la fortuna a todos, el maestre fue arrasado por las llamas de aquel dragón, pero por la fe de los siete que le acompaña, sobrevivió, herido de gravedad, pero vivo, que es lo que más importa.
El tiempo pasaba, encerrados en la bodega, casi no se podía recordar a que hora se salió y mucho menos saber a que hora se volverá a tocar tierra. El barco chocaba contra algo, algo duro, resquebrajando la madera y de pronto voces y pasos apresurados empezaron a sonar, pudiera ser ayuda, pudiera ser la muerte, pero un bloqueo de madera les separaba de la realidad.
Pero eso no duró demasiado, las voces sonaron, las amenazas se sacudieron precozmente, piratas, de la triarquía, un buen grano en el culo en estos momentos. Abrieron el bloqueo con sencillez y a mano armada nos apresaron a todo aunque los vagos intentos de Daryl por dialogar fueran inútiles. A Ser Alaric le tuvieron más en cuenta, al final era un caballero de la guardia real con una armadura reluciente blanca y una capa. Su destino estaba prácticamente sellado, la sal y el mar lo esperaban, pero él no quería terminar aquí y con valentía se armó con su espada y el combate explotó.
La sangre tintó las maderas húmedas y las telas quemadas, las tripas de los marineros Velaryon y de los piratas de la triarquía empapaban y llenaban una imagen horrible y sanguinaria, parecido a una guerra en campo abierto, pero a tamaño reducido. Era una pequeña victoria pero aún se avecinaba la verdadera guerra, pues isla Zarpa, sucumbió ante el asalto de la triarquia, sembrando toda la ciudad en caos, destrucción, fuego y sobretodo sangre..
El viaje transcurrió con normalidad durante un tiempo...
...después vi algo en el cielo, en la distancia... un dragón grande, bastante grande...
No tuve tiempo de reconocerlo antes de que se dirigiera hacia nosotros.
— ¡DRAGOOOON! – exclamé
Daryl reaccionó antes que ninguno. Maniobró el barco y consiguió evitar el primer ataque. Cuando volvió a descender intentamos hacer algo que, visto ahora, no estoy seguro de que tuviera mucho sentido.
Daenkiel se acercó mucho al dragón. Yo intenté arrojar una piedra hacia la boca de la criatura aprovechando la ballista que habían improvisado los Velaryon.
Fallé. Daenkiel cayó al mar después y mi corazón se encogió por un instante, había fallado mi cometido.
Daryl volvió a maniobrar y consiguió evitar otro ataque mientras buscaba la forma de recuperarlo, y... lo consiguió. Mientras tanto, bajé al nivel inferior para ayudar a achicar el agua que había entrado en el barco.
El dragón comenzó a planear paralelo a nosotros.
...Robaovejas...
Cuando volví a mirar hacia cubierta, Daenkiel estaba ardiendo. No tuve tiempo de pensar, cogí el cubo y fui hacia él. Intenté apagar las llamas como pude tras meterlo en el nivel inferior con la ayuda de Daryl.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que dejáramos de estar en peligro por el fuegodragón. Probablemente fueron pocos minutos, pero parecieron muchos más.
Los Siete estuvieron con nosotros. No tengo otra explicación para seguir vivos.
Embarcarse en un viaje que desconoce principio y mal auguria su final, un nuevo o nueva bastarda Celtigar aparece en el mapa como si las semillas del dragón poco a poco saltasen a la luz no como una mota de polvo si no como una reivindicación, tal vez la eclesiasticidad de la casa Targaryan puede quebrarse por simples despojos humanos.
Daenkiel, un maestre novicio empieza a resonar en los ecos de la gloria del libro, Daryl y el caballero de la guardia Alaric un trío unido tal vez por maquinaciones de las grandes mentes hoy por hoy embarcan una travesía que pocos tienen la valentía de realizar. Sal y mar acompañarán su sendero tal vez tintado por el rojizo agranatado de la sangre y la espuma costeña del choque de las olas contra la maciza madera de la embarcación que al alba mantendrán sus pies y destinos unidos bajo una misma vela, bajo un mismo destino, bajo la misma zarpa.
Carpas, tenderetes, puestos de venta roídos por la humedad del puerto del Aguasnegras, un submundo de la maravillosa y encandilante ciudad de Desembarco del Rey donde la comida, suministros de viaje y herramientas nunca faltan, donde es próspero y donde el negocio fluctúa más que las monedas en las peleas de niños en el Lecho de Pulgas.
El equipo necesario ha de seleccionarse con cuidado y regatear como un auténtico mercader, pese a que el honor del guardia no se lo permita y la pequeña ingenuidad del maestre le nubla la vista de la realidad.
Tejearañas se anidan en la corte, los susurros se esconden detrás de las puertas, donde los oídos acunan conjuras y donde la malicia se inicia.
La mano del rey, tan ostentoso de su título y tan orgulloso como portador de la sangre de una de las casas más antiguas y pderosas de todo poniente, la casa Hightower, primer mecenazgo de la fe de los siete.
Otto, su nombre resuena en los ladrillos huecos donde las promesas se evaporan, donde las miradas no llegan y donde la voz se escurre.
Rhaenyra Targaryen, una mujer, heredera al trono de los siete reinos, al trono de todo poniente, algo impensable para la mayoría de los hombres de bien, donde sus egos estallan más que sus bolsillos. Muchos niegan esa opción, bajo la imperiosa tradición de la sucesión Targaryen. ¿Qué destino ocurrirá? No me incumbe.
Hoy se zarpa a Isla Zarpa, regidos por una casa antigua de descendencia Valyria, los Céltigar, una casa dominante de la costa de los cangrejos y de su negocio principal, la pesca. Un destino duro pues el camino está lleno de valerosos peligros, pues los piratas están a la orden del día dado a la nueva imposición de la triarquía.
Misterios se ocultan en este viaje, pero todo se resolvera.
A su debido tiempo..
Ninguna explicación logró satisfacerme. Nada de eso parecía responder a la certeza que tenía sospechando en mi mente. Los dioses conceden respuestas, sí, pero también entregan al hombre una mente capaz de formular preguntas. Si existía un significado oculto, algún día acabaría encontrándolo.
"Jamás imaginé que la respuesta no aguardaba en una visión, sino en la correspondencia con la persona que me hizo llamar un día.
Mi servicio junto a lord Otto Hightower me prometió unas respuestas sobre mis sospechas que necesitaba confirmar. Sus encomiendas sin embargo resultaban enigmáticas, pero no iba a infravalorarlas. Tras completar sus pesquisas y obtener su beneplácito, mis dudas fueran resueltas.
La sospechosa verdad era más peligrosa que cualquier maldición o bendición supuesta por los dioses. Las respuestas más simples, son las que más pesan luego sobre la verdad."
A los dieciocho años ya es conocida en la Isla Zarpa, no tan solo por su apariencia, también por hablar con nobles y marineros con la misma facilidad, conocer rumores antes que muchos señores, tener una memoria excepcional y saber cuándo escuchar y cuándo callar.
Es una bastarda sin apellido, sin tierras y sin derechos. Pero también es una joven de sangre valyria que mira cada dragón que cruza el cielo con la misma certeza que ha tenido desde niña: Algún día, uno de ellos será mío.
Edad: 18 años (129 d.C.)
Origen: Isla Zarpa
(Bastarda no reconocida de Lord Bartimos Celtigar).
Entre los sirvientes había un hombre con medio rostro quemado. Vestía como un copero y servía el vino con normalidad. No le habría prestado demasiada atención de no ser porque Su Gracia lo señaló con una sonrisa y dijo a la princesa Rhaenyra que su copero había regresado.
La princesa respondió que no conocía a aquel hombre... Hablaron unos instantes más. Entonces Su Gracia me miró, comprendí la orden sin necesidad de que pronunciara palabra.
Antes de que pudiera acercarme, la propia princesa pidió que lo detuviera. Aparté al hombre del salón procurando no llamar la atención de los invitados.
Le pregunté quién era, y respondió que era el copero.
Le pregunté qué hacía en la Fortaleza Roja, y dijo que servía vino.
Le indiqué que la princesa aseguraba no conocerlo... y contestó que no sabía qué más podía decirme.
Me mostró una invitación sellada con las armas de la Casa Targaryen. La examiné con detenimiento, el sello parecía auténtico.
Le pregunté para quién servía y respondió exactamente igual que antes: que era el copero y servía vino.
Miré hacia la princesa. Me hizo entender con un gesto que jamás había visto a aquel hombre, por lo que le conduje hasta una habitación cercana y cerré la puerta. Le expliqué que ya había tenido varias oportunidades para decirme la verdad.
Le pregunté de nuevo quién era y para quién trabajaba y... no cambió su respuesta. Afirmó que procedía del Lecho de Pulgas y que había sido invitado precisamente por ello. Decía no tener motivo alguno para mentir.
No terminé de creerlo, entonces decidí llevarlo ante Ser Harrold Westerling. Si alguien debía resolver aquel asunto era el lord comandante.
Pero no llegamos hasta la Torre de la Espada Blanca. En uno de los patios nos salió al encuentro Lord Corlys Velaryon. Preguntó adónde conducía al hombre y le expliqué lo sucedido. Le dije que había accedido al banquete con una invitación cuya procedencia desconocíamos y que, según parecía, también había estado presente durante el consejo.
Lord Corlys pidió hacerse cargo personalmente del asunto.
Antes de marchar quiso saber mi nombre. Cuando respondí, recordó que provenía del Valle y dijo haber oído hablar de mi llegada a Desembarco del Rey. Le agradecí sus palabras. No hubo mucho más que añadir.
Regresé al banquete.
La mayoría de los invitados seguía ocupando sus asientos. El príncipe Aegon era prácticamente el único que continuaba comiendo. Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Al entrar reparé en un septón que permanecía inmóvil junto a una esquina del salón. No recordaba haberlo visto antes. Lo observé unos instantes... No hacía nada fuera de lo común, de modo que decidí no molestarlo.
...volví a mi puesto junto a la salida y permanecí allí...
Todo iba más o menos bien... pudimos desviar las tensiones entre una cosa y otra, fue difícil, hubo situaciones complicadas, pero todo se tornó pero cuando nuestro abuelo Viserys I dió la noticia... deberíamos ir junto a su hijo Rhaemon a los peldaños... había que ayudar al reino y solo nosotros o bueno... mis hermanos y su hijo, podrían hacerlo, ya que era necesario volar o pelear, yo... no era útil en ninguna, solo estorbaría en tierra a mi padre y mi hermana Daenyra, sabía que padre la protegería a ella antes que a mi... incluso si ella era más hábil que yo con la espada.
Realmente, el resto de la cena no estuve en mi, tuve que excusarme... tuve que huir a tomar el aire, no esperaba que nadie fuera tras de mi pero, ahí estaba él, detrás de mi, Aemond, Que pretende? Que quiere luego de lo que me dijo? Eso fue un... alago? Porqué me mira así... debo estar loca, no es... nada, él es Aemond y yo solo soy... yo.
Imponente y curtido por mil tormentas, detuvo su marcha de súbido a reparar en aquel joven que intentaba desafortunadamente no llamar la atención. El rostro insinuaba duda, pero ninguna palabra salió por las comisuras de sus portentosos labios de color negro.
La reunión ignoraba la presencia de aquel copero que servía vino en las copas de aquellos grandes señores y llegó a su fin sin ningún problema, pero aquel simple encuentro solo sería el inicio de una cadena que pronto podría romperse.
Discutimos durante horas. Demasiado ruido -aunque me la pela-. El bosque escuchó.
Nos rodeó una horda. Toda esa cháchara nos la trajo encima. El científico se rompió el brazo en el caos. Menudo anormal. Yo hice lo que sé hacer: me abrí paso, uno tras otro, con las manos firmes como me enseñó Adrián. Acabé con más de los que puedo contar. Y aún así casi me quedo ahí.
Esto es lo que no consigo ordenar en la cabeza:
Me salvaron.
Esa gente a la que siento que debo seguir despreciando, esos cuatro tarados que no valían nada según todo lo que vi de ellos… me sacaron vivo. Hijos de puta. No tenían por qué. No les debía nada y no me debían nada. Y aún así lo hicieron.
El Frente tiene una respuesta para esto. La sé de memoria: debilidad, sentimentalismo, la clase de bondad que a mis padres les costó todo. Me repito la respuesta y me sirve. Casi.
Estoy cubierto de sangre y trozos de carne y... ¡joder! Sin moto. Al menos conservo la ganzúa y el poco fentanilo que me queda. Aún no sé qué hacer con ello. Quizá sirva para pasar un buen rato. Salgo de ahí. Vivo, que es más de lo que esperaba.
No sé qué son estos cuatro para mí todavía. Enemigos, herramientas, lastre. Alguna de las tres.
Pero me salvaron la vida.
Lo anoto. Y sigo.
"Llevaba semanas, si no meses, sin encontrarme con nada... o nadie, la idea de que esto significara la presencia de uno me aterraba y me daba curiosidad a partes iguales, además de que si esos pájaros habían salido volando, no pasaría desapercibido solo para mi si alguien o algo más anduviera cerca. Encontrar a otra persona era como mínimo la cosa más esperanzadora, o peligrosa que pudiera haber tenido en los últimos meses."
La niña no entendía por qué lloraba su madre ni su padre.
Solo abrazaba con fuerza un pequeño muñeco de trapo, un trapo sucio.
El capitán de la guardia desenvainó la espada.
— Que sirva de ejemplo —
Reginwald dedicó una mirada breve a la niña.
Y recordó la justicia.
¿Iba a permitir el mundo que una criatura tan pequeña muriera postrada de un espectáculo? ¿Quién había permitido esto?
Entonces dejó de actuar... Solo para comenzar una obra mayor, pues es bufón quien hace reír, pero no quien permite desdichas.
Con un rugido y una determinación expléndida que nadie creyó posible en un bufón, arrancó una lanza ceremonial del escenario y la lanzó con todas sus fuerzas.
El hierro atravesó el cuello del verdugo.
El patio quedó en silencio.
Durante un único latido...
El mundo olvidó respirar.
Y después...
Estalló.
Los guardias cargaron.
Reginwald arrancó la espada del cadáver antes siquiera de que este tocara el suelo. No sabía esgrima. No conocía las posturas de los maestros de armas.
Solo conocía una verdad.
Si caía...
Aquella niña moriría.
La primera espada le abrió el hombro.
La segunda le cortó el rostro.
La tercera jamás llegó.
La desvió con un candelabro de hierro y atravesó el pecho de su dueño.
Un hombre cayó.
Luego otro.
Y otro más.
Los cascabeles de su gorro sonaban entre cada golpe como si los Siete Dioses se burlaran del propio campo de batalla.
Nadie entendía cómo aquel loco vestido con colores de feria seguía en pie.
Ni él mismo.
Solo avanzaba.
Solo mataba.
Solo resistía.
Hasta que el campesino consiguió huir.
Después la madre.
Y, por último...
La pequeña niña.
Ella fue la última en mirarlo.
Reginwald le dedicó una sonrisa ensangrentada.
Era la primera sonrisa sincera de toda su vida.
Entonces diez hombres cayeron sobre él, apresado.
Lo golpearon hasta romperle las costillas.
Le arrancaron el gorro.
Le escupieron al rostro.
Lo encadenaron como a un perro rabioso.
Tres días permaneció en un calabozo alimentándose de agua sucia mientras esperaba la horca.
No se arrepentía.
Había salvado una vida.
Quizá eso bastara para que los dioses recordasen su nombre...
El alba de su ejecución llegó envuelta en niebla.
La cuerda rodeó su cuello.
El verdugo apoyó una mano sobre su espalda.
El señor del castillo sonreía satisfecho.
—Que muera el bufón.
Entonces...
Los cuernos de guerra resonaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Las puertas del castillo explotaron bajo el impacto de un ariete.
Caballeros con estandartes desconocidos irrumpieron como una tormenta de acero.
Era una casa menor, enemiga desde hacía generaciones de aquellos señores crueles.
No buscaban conquista.
Buscaban exterminio.
Y lo encontraron.
La batalla convirtió el patio en un río de sangre.
Los hombres que días antes habían reído viendo humillar a un bufón murieron gritando.
Los muros ardieron.
Los estandartes fueron derribados.
El señor que había ordenado ejecutar a Reginwald perdió la cabeza de un solo tajo.
Cuando cayó la noche...
No quedaba nadie con vida de aquella casa.
Nadie.
Entre los cadáveres encontraron aún colgado al bufón.
La cuerda había cedido antes de partirle el cuello.
Respiraba.
Débilmente.
El anciano caballero que comandaba a los vencedores pidió conocer su historia.
Los supervivientes hablaron del hombre vestido de colores que había desafiado a una guarnición entera para salvar a una niña desconocida.
El viejo guardó silencio.
Luego desenvainó lentamente su espada.
La apoyó sobre el hombro derecho del bufón.
Después sobre el izquierdo.
Su voz retumbó entre las ruinas.
— He visto caballeros abandonar a niños para salvar su propio pellejo. —
— He visto grandes señores esconderse tras sus hombres. —
— Y he visto mercenarios vender su honor por un saco de plata. —
Clavó los ojos sobre Reginwald.
— Pero jamás había visto a un hombre sin espada... convertirse él solo en un muro contra la injusticia. —
Elevó la hoja hacia el cielo.
— Por el valor demostrado ante una muerte segura... —
— Por haber protegido al inocente sin esperar recompensa... —
— Y porque el honor no nace de la sangre, sino de los actos... —
Yo te nombro caballero.
El acero descendió una última vez.
—Levántate... Ser Reginwald Suncrew.
El bufón había muerto.
Ante todos se alzaba un caballero.
Pero los héroes no siempre reciben un hogar.
Como último acto político, la nueva casa decretó el destierro de todo aquel que hubiera servido a la estirpe caída, incluso de quienes no compartían sus crímenes. Reginwald conservaría el título que había ganado con sangre... pero jamás podría volver a llamar hogar a aquellas tierras.
Le entregaron un caballo gris, una espada digna de un caballero y una armadura sencilla. Bajo el acero, aún llevaba jirones de su viejo jubón de bufón. No quiso arrancarlos. Eran el recuerdo del hombre que había sido y del precio que había pagado por convertirse en otro.
Cabalgó sin rumbo durante semanas.
Hasta que una noche, junto a una hoguera compartida con viajeros y mercaderes, escuchó un rumor.
En un reino lejano se celebraría un gran torneo.
Caballeros de todos los rincones acudirían para batirse en duelos singulares.
Gloria.
Oro.
Renombre.
Reginwald levantó la vista hacia las estrellas.
Quizá aquel fuera el lugar donde un caballero sin linaje pudiera forjar su propio nombre.
Montó sobre su caballo mientras el amanecer teñía de rojo el horizonte.
El viento agitó los viejos cascabeles que aún colgaban de su montura.
Ya no sonaban como una burla.
Sonaban como una promesa.
Y así, con la espada al cinto y el honor como único estandarte, Ser Reginwald Suncrew, el caballero nacido de un bufón, cabalgó hacia el torneo donde el mundo, por fin, conocería su leyenda.