A los dieciocho años ya es conocida en la Isla Zarpa, no tan solo por su apariencia, también por hablar con nobles y marineros con la misma facilidad, conocer rumores antes que muchos señores, tener una memoria excepcional y saber cuándo escuchar y cuándo callar.
Es una bastarda sin apellido, sin tierras y sin derechos. Pero también es una joven de sangre valyria que mira cada dragón que cruza el cielo con la misma certeza que ha tenido desde niña: Algún día, uno de ellos será mío.
Edad: 18 años (129 d.C.)
Origen: Isla Zarpa
(Bastarda no reconocida de Lord Bartimos Celtigar).
Entre los sirvientes había un hombre con medio rostro quemado. Vestía como un copero y servía el vino con normalidad. No le habría prestado demasiada atención de no ser porque Su Gracia lo señaló con una sonrisa y dijo a la princesa Rhaenyra que su copero había regresado.
La princesa respondió que no conocía a aquel hombre... Hablaron unos instantes más. Entonces Su Gracia me miró, comprendí la orden sin necesidad de que pronunciara palabra.
Antes de que pudiera acercarme, la propia princesa pidió que lo detuviera. Aparté al hombre del salón procurando no llamar la atención de los invitados.
Le pregunté quién era, y respondió que era el copero.
Le pregunté qué hacía en la Fortaleza Roja, y dijo que servía vino.
Le indiqué que la princesa aseguraba no conocerlo... y contestó que no sabía qué más podía decirme.
Me mostró una invitación sellada con las armas de la Casa Targaryen. La examiné con detenimiento, el sello parecía auténtico.
Le pregunté para quién servía y respondió exactamente igual que antes: que era el copero y servía vino.
Miré hacia la princesa. Me hizo entender con un gesto que jamás había visto a aquel hombre, por lo que le conduje hasta una habitación cercana y cerré la puerta. Le expliqué que ya había tenido varias oportunidades para decirme la verdad.
Le pregunté de nuevo quién era y para quién trabajaba y... no cambió su respuesta. Afirmó que procedía del Lecho de Pulgas y que había sido invitado precisamente por ello. Decía no tener motivo alguno para mentir.
No terminé de creerlo, entonces decidí llevarlo ante Ser Harrold Westerling. Si alguien debía resolver aquel asunto era el lord comandante.
Pero no llegamos hasta la Torre de la Espada Blanca. En uno de los patios nos salió al encuentro Lord Corlys Velaryon. Preguntó adónde conducía al hombre y le expliqué lo sucedido. Le dije que había accedido al banquete con una invitación cuya procedencia desconocíamos y que, según parecía, también había estado presente durante el consejo.
Lord Corlys pidió hacerse cargo personalmente del asunto.
Antes de marchar quiso saber mi nombre. Cuando respondí, recordó que provenía del Valle y dijo haber oído hablar de mi llegada a Desembarco del Rey. Le agradecí sus palabras. No hubo mucho más que añadir.
Regresé al banquete.
La mayoría de los invitados seguía ocupando sus asientos. El príncipe Aegon era prácticamente el único que continuaba comiendo. Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Al entrar reparé en un septón que permanecía inmóvil junto a una esquina del salón. No recordaba haberlo visto antes. Lo observé unos instantes... No hacía nada fuera de lo común, de modo que decidí no molestarlo.
...volví a mi puesto junto a la salida y permanecí allí...
Todo iba más o menos bien... pudimos desviar las tensiones entre una cosa y otra, fue difícil, hubo situaciones complicadas, pero todo se tornó pero cuando nuestro abuelo Viserys I dió la noticia... deberíamos ir junto a su hijo Rhaemon a los peldaños... había que ayudar al reino y solo nosotros o bueno... mis hermanos y su hijo, podrían hacerlo, ya que era necesario volar o pelear, yo... no era útil en ninguna, solo estorbaría en tierra a mi padre y mi hermana Daenyra, sabía que padre la protegería a ella antes que a mi... incluso si ella era más hábil que yo con la espada.
Realmente, el resto de la cena no estuve en mi, tuve que excusarme... tuve que huir a tomar el aire, no esperaba que nadie fuera tras de mi pero, ahí estaba él, detrás de mi, Aemond, Que pretende? Que quiere luego de lo que me dijo? Eso fue un... alago? Porqué me mira así... debo estar loca, no es... nada, él es Aemond y yo solo soy... yo.
Imponente y curtido por mil tormentas, detuvo su marcha de súbido a reparar en aquel joven que intentaba desafortunadamente no llamar la atención. El rostro insinuaba duda, pero ninguna palabra salió por las comisuras de sus portentosos labios de color negro.
La reunión ignoraba la presencia de aquel copero que servía vino en las copas de aquellos grandes señores y llegó a su fin sin ningún problema, pero aquel simple encuentro solo sería el inicio de una cadena que pronto podría romperse.
Imponente y curtido por mil tormentas, detuvo su marcha de súbido a reparar en aquel joven que intentaba desafortunadamente no llamar la atención. El rostro insinuaba duda, pero ninguna palabra salió por las comisuras de sus portentosos labios de color negro.
La reunión ignoraba la presencia de aquel copero que servía vino en las copas de aquellos grandes señores y llegó a su fin sin ningún problema, pero aquel simple encuentro solo sería el inicio de una cadena que pronto podría romperse.
Discutimos durante horas. Demasiado ruido -aunque me la pela-. El bosque escuchó.
Nos rodeó una horda. Toda esa cháchara nos la trajo encima. El científico se rompió el brazo en el caos. Menudo anormal. Yo hice lo que sé hacer: me abrí paso, uno tras otro, con las manos firmes como me enseñó Adrián. Acabé con más de los que puedo contar. Y aún así casi me quedo ahí.
Esto es lo que no consigo ordenar en la cabeza:
Me salvaron.
Esa gente a la que siento que debo seguir despreciando, esos cuatro tarados que no valían nada según todo lo que vi de ellos… me sacaron vivo. Hijos de puta. No tenían por qué. No les debía nada y no me debían nada. Y aún así lo hicieron.
El Frente tiene una respuesta para esto. La sé de memoria: debilidad, sentimentalismo, la clase de bondad que a mis padres les costó todo. Me repito la respuesta y me sirve. Casi.
Estoy cubierto de sangre y trozos de carne y... ¡joder! Sin moto. Al menos conservo la ganzúa y el poco fentanilo que me queda. Aún no sé qué hacer con ello. Quizá sirva para pasar un buen rato. Salgo de ahí. Vivo, que es más de lo que esperaba.
No sé qué son estos cuatro para mí todavía. Enemigos, herramientas, lastre. Alguna de las tres.
Pero me salvaron la vida.
Lo anoto. Y sigo.
"Llevaba semanas, si no meses, sin encontrarme con nada... o nadie, la idea de que esto significara la presencia de uno me aterraba y me daba curiosidad a partes iguales, además de que si esos pájaros habían salido volando, no pasaría desapercibido solo para mi si alguien o algo más anduviera cerca. Encontrar a otra persona era como mínimo la cosa más esperanzadora, o peligrosa que pudiera haber tenido en los últimos meses."
La niña no entendía por qué lloraba su madre ni su padre.
Solo abrazaba con fuerza un pequeño muñeco de trapo, un trapo sucio.
El capitán de la guardia desenvainó la espada.
— Que sirva de ejemplo —
Reginwald dedicó una mirada breve a la niña.
Y recordó la justicia.
¿Iba a permitir el mundo que una criatura tan pequeña muriera postrada de un espectáculo? ¿Quién había permitido esto?
Entonces dejó de actuar... Solo para comenzar una obra mayor, pues es bufón quien hace reír, pero no quien permite desdichas.
Con un rugido y una determinación expléndida que nadie creyó posible en un bufón, arrancó una lanza ceremonial del escenario y la lanzó con todas sus fuerzas.
El hierro atravesó el cuello del verdugo.
El patio quedó en silencio.
Durante un único latido...
El mundo olvidó respirar.
Y después...
Estalló.
Los guardias cargaron.
Reginwald arrancó la espada del cadáver antes siquiera de que este tocara el suelo. No sabía esgrima. No conocía las posturas de los maestros de armas.
Solo conocía una verdad.
Si caía...
Aquella niña moriría.
La primera espada le abrió el hombro.
La segunda le cortó el rostro.
La tercera jamás llegó.
La desvió con un candelabro de hierro y atravesó el pecho de su dueño.
Un hombre cayó.
Luego otro.
Y otro más.
Los cascabeles de su gorro sonaban entre cada golpe como si los Siete Dioses se burlaran del propio campo de batalla.
Nadie entendía cómo aquel loco vestido con colores de feria seguía en pie.
Ni él mismo.
Solo avanzaba.
Solo mataba.
Solo resistía.
Hasta que el campesino consiguió huir.
Después la madre.
Y, por último...
La pequeña niña.
Ella fue la última en mirarlo.
Reginwald le dedicó una sonrisa ensangrentada.
Era la primera sonrisa sincera de toda su vida.
Entonces diez hombres cayeron sobre él, apresado.
Lo golpearon hasta romperle las costillas.
Le arrancaron el gorro.
Le escupieron al rostro.
Lo encadenaron como a un perro rabioso.
Tres días permaneció en un calabozo alimentándose de agua sucia mientras esperaba la horca.
No se arrepentía.
Había salvado una vida.
Quizá eso bastara para que los dioses recordasen su nombre...
El alba de su ejecución llegó envuelta en niebla.
La cuerda rodeó su cuello.
El verdugo apoyó una mano sobre su espalda.
El señor del castillo sonreía satisfecho.
—Que muera el bufón.
Entonces...
Los cuernos de guerra resonaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Las puertas del castillo explotaron bajo el impacto de un ariete.
Caballeros con estandartes desconocidos irrumpieron como una tormenta de acero.
Era una casa menor, enemiga desde hacía generaciones de aquellos señores crueles.
No buscaban conquista.
Buscaban exterminio.
Y lo encontraron.
La batalla convirtió el patio en un río de sangre.
Los hombres que días antes habían reído viendo humillar a un bufón murieron gritando.
Los muros ardieron.
Los estandartes fueron derribados.
El señor que había ordenado ejecutar a Reginwald perdió la cabeza de un solo tajo.
Cuando cayó la noche...
No quedaba nadie con vida de aquella casa.
Nadie.
Entre los cadáveres encontraron aún colgado al bufón.
La cuerda había cedido antes de partirle el cuello.
Respiraba.
Débilmente.
El anciano caballero que comandaba a los vencedores pidió conocer su historia.
Los supervivientes hablaron del hombre vestido de colores que había desafiado a una guarnición entera para salvar a una niña desconocida.
El viejo guardó silencio.
Luego desenvainó lentamente su espada.
La apoyó sobre el hombro derecho del bufón.
Después sobre el izquierdo.
Su voz retumbó entre las ruinas.
— He visto caballeros abandonar a niños para salvar su propio pellejo. —
— He visto grandes señores esconderse tras sus hombres. —
— Y he visto mercenarios vender su honor por un saco de plata. —
Clavó los ojos sobre Reginwald.
— Pero jamás había visto a un hombre sin espada... convertirse él solo en un muro contra la injusticia. —
Elevó la hoja hacia el cielo.
— Por el valor demostrado ante una muerte segura... —
— Por haber protegido al inocente sin esperar recompensa... —
— Y porque el honor no nace de la sangre, sino de los actos... —
Yo te nombro caballero.
El acero descendió una última vez.
—Levántate... Ser Reginwald Suncrew.
El bufón había muerto.
Ante todos se alzaba un caballero.
Pero los héroes no siempre reciben un hogar.
Como último acto político, la nueva casa decretó el destierro de todo aquel que hubiera servido a la estirpe caída, incluso de quienes no compartían sus crímenes. Reginwald conservaría el título que había ganado con sangre... pero jamás podría volver a llamar hogar a aquellas tierras.
Le entregaron un caballo gris, una espada digna de un caballero y una armadura sencilla. Bajo el acero, aún llevaba jirones de su viejo jubón de bufón. No quiso arrancarlos. Eran el recuerdo del hombre que había sido y del precio que había pagado por convertirse en otro.
Cabalgó sin rumbo durante semanas.
Hasta que una noche, junto a una hoguera compartida con viajeros y mercaderes, escuchó un rumor.
En un reino lejano se celebraría un gran torneo.
Caballeros de todos los rincones acudirían para batirse en duelos singulares.
Gloria.
Oro.
Renombre.
Reginwald levantó la vista hacia las estrellas.
Quizá aquel fuera el lugar donde un caballero sin linaje pudiera forjar su propio nombre.
Montó sobre su caballo mientras el amanecer teñía de rojo el horizonte.
El viento agitó los viejos cascabeles que aún colgaban de su montura.
Ya no sonaban como una burla.
Sonaban como una promesa.
Y así, con la espada al cinto y el honor como único estandarte, Ser Reginwald Suncrew, el caballero nacido de un bufón, cabalgó hacia el torneo donde el mundo, por fin, conocería su leyenda.