CAPÍTULO IV: LA SEMILLA DEL DRAGÓN
19 de agosto de 2026
Los archimaestres de la Ciudadela advierten que la historia la escriben los vencedores, pero en los yermos desolados de los Peldaños de Piedra, la historia fue forjada por los olvidados. Bajo un cielo plomizo que amenazaba, un barco mensajero atracó en la isla yerma, afilada como el cristal de dragón. Aquella era una misión nacida de la desesperación y el engaño, una comitiva enviada como falso símbolo de rendición para urdir un ataque sorpresa contra las fuerzas enemigas quienes se escondían la inmensidad de las cuevas y pasadizos de las islas que antiguamente eran nada.
Marchaban a la vanguardia de la flota que yacía oculta bajo el horizonte del océano los señores de la más pura heráldica, engalanados con los estandartes del dragón de la Casa Targaryen, otros con el caballo de mar digno de la casa Velaryon, un caballero de la guardia real con su omnipotente armadura celestial de color blanco. Sus armaduras relucían, pero su coraje era de hojalata. Entre tanta nobleza caminaba aquel bastardo de que todos hablarían, Daryl Asher, sin cuna, sin tierras, sin apellido que la historia se molestase en recordar. Era un mero desecho humano arrojado a las fauces de una muerte segura, donde su única compañía era el estoico caballero de la guardia real, Alaric, devoto y vestido inmaculado de blanco, quién, más que un celador, se había convertido prácticamente en un hermano de armas en aquel infierno de sal y roca que intentaban terminar en aquel día.
Mas la isla estaba envuelta en un silencio sepulcral, no había piratas, ni mercenarios, ni esclavos, nada, todo transcurría en un silencio incómodo. La trampa era la propia naturaleza, donde se hallaban las cavernas más profundas y donde el hedor del miedo residía. De las cavernas profundas un rugido terrorífico se encarnó en forma de advertencia, en forma de muerte. Robaovejas, aquel dragón salvaje que una vez intentó quitarle la vida a Daryl ahora se hallaba en aquel lugar, dispuesto de nuevo a arrebatarle la vida llena de infortunios. Desplegó sus alas, eclipsando la escasa luz del sol, bramando con una furia primigenia que heló la sangre de los presentes.
Ante la bestia desatada, la nobleza demostró su verdadera valía, los orgullosos señores y señoras de la más alta nobleza huyeron despavoridos, tropezando con sus propias capas y cotas. Solo una figura permaneció inmóvil entre el caos, la joven camepsina de Isla Zarpa, quien en sus venas latía sangre diluída de la casa Celtigar, un linaje valyrio que le infundió la temeridad necesaria de dar un paso al frente. Alzando la voz sobre el rugido del viento, clamó, "Lykiri".
Pero el dragón no entendió de pureza ni de ecos de la Antigua Valyria. Respondió al mandato con un torrente de fuego ardiante que abrasó la piedra. La muchacha fue arrojada hacia atrás, salvando la vida por un suspiro, pero quedando postrada, ante el abismo de la muerte que esperaba delante suya. La bestia, enardecida, se preparó para la matanza, era hora de saciarse.
Bajo la mirada tensa de Alaric, quien empuñaba su espada sabiendo que el acero nada puede contra el fuego, Daryl Asher se desprendió del grupo. Con movimientos diestros, forjados en la supervivencia y no en los salones de baile, escaló un risco escarpado. Se irguió en la cima, quedando a escasos palmos de las fauces humeantes de Robaovejas. La criatura, sorprendida por la insolencia de aquella mota de polvo humano, hinchó el pecho para calcinarlo, pero fue entonces cuando el bastardo, carente de educación o lenguas ocultas, gritó con la crudeza del pueblo llamo, "¡Lykiri!".
El grito fue vulgar, áspero, pero poseía un peso insondable. Fue un mandato casi eclesiástico, un destino, un pacto sellado entre dos almas salvajes y marginadas por el mundo. El dragón cerró sus fauces, exhaló una densa nube de humo negro y, contra toda ley natural, agachó la inmensa cabeza, sometiéndose a un rey sin corona.
El milagro, sin embargo fue interrumpido por un chillido agudo que desgarró las nubes, atraído por el olor a ozono y la sangre, Caraxes, el Anfíptero de Sangre, descendió en picado. El dragón rojo, nervioso y territorial, percibió a Robaovejas como una amenaza invasora, y se lanzó al ataque sin mediar provocación.
Lo que siguió fue un choque de titanes que hizo temblar los mismos cimientos de la isla. Caraxes era ágil, fiero y letal, pero Robaovejas desató una fuerza bruta y descomunal, nacida de décadas de libertad salvaje. Las fauces castañas atraparon el largo cuello serpentino dragón rojo, sacudiéndolo con una violencia atroz que casi lo decapita. Desde su posición, Daryl gritaba e intentaba calmar a su nueva alma gemela, buscando detener la masacare, pero la furia escamosa era sorda a sus órdenes. El caos reinó hasta que Caraxes, sangrando profusamente y comprendiendo que la muerte le acechaba en aquel enfrentamiento, batió sus alas malheridas y huyó hasta la costa, donde esperaba su amo, Daemon Targaryen.
Con la batalla concluída, la cruada realidad se hizo patente, la isla entera era un señuelo, debían abandonar aquel peñasco de tierra maldito de inmediato. Aferrándose a las escamas de Robaovejas, ya apaciguado por la presencia de Daryl, el grupo de supervivientes emprendió el vuelo hacia el inmenso mar. Pero el destino es un tejedor cruel, la armada Velaryon yacía hundida en el mar azul, tintado por la sangre de lo que una vez fueron, hermanos, padres, hijos. Pero aún se hallaba esperanza y venganza, pues Corlys y Vaemond, su hermano, se hallaban aguantando contra hordas incontables de piratas de la triarquía, a grito desesperado, intentando aguantar hasta que viniera alguien o yacer con la gloria de la muerte.
Y sus deseos se hicieron realidad, Robaovejas, rozando el agua con la garra de su pata alzó el vuelo ligeramente y al grito mudo de Daryl, "Dracarys", un torrente de fuego arrasó a la triarquía, salvando a Corlys y fundiendo en venganza como un estallido de odio a aquellos infames piratas.
Oculto en un barco de la triarquía, un último artilugio enemigo aguardaba en las sombras. Un escorpión solitario se disparó con un estruendo sordo, un virote masivo, encadenado a un pesado lastre de hierro surcó el aire y se hundió profundamente en el vientre del majestuoso dragón desfigurado.
Robaovejas emitió un rugido de dolor que heló los corazones de sus jinetes. Aquel lastre comenzó a tirar de él hacia abajo, a pesar de los aleteos de la besti, la inercia y el peso del hierro arrastraron al draón y a sus ocupantes hacia las gélidas y oscuras aguas del mar Angosto. La muerte, fría e inevitable se abría paso para dictar el fin de sus historias.
Mas en el último segundo, cuando la espuma de las olas ya besaba sus botas, una enorme sombra escarlata cubrió el agua. Caraxes había regresado. A pesar de sus graves heridas y de la sangre que manaba de su cuello, el dragón rojo ignoró el rencor de la batalla previa. En un acto de nobleza insólita e incomprensible para la mente humana, aferró las cadenas y el cuerpo de Robaovejas con sus garras. Haciendo un esfuerzo titánico que desafió a los dioses, el Anfíptero de Sangre tiró hacia arriba, arrancando a la bestia herida y al bastardo de las mismísimas garras de la muerte marina.
El rey sin corona ha surgido, pero la pregunta asoma, Daryl, aquel bastardo del Lecho de Pulgas, de quién latirá su sangre, negra, verde, o tal vez azul.
Voces que respondieron
juan · 19/8/2026
los reales