“Los susurros vuelan más alto que las hazañas.”
Daryl “El Bastardo” de Asher
Es fidedigna la sentencia que afirma que la estirpe de la Casa Targaryen camina más cerca de la gracia imperecedera de los dioses que de la humilde condición de los mortales. Los anales del tiempo y las epopeyas de eras pretéritas no hacen sino ratificar, con la solemnidad que la verdad exige, tan singular prerrogativa.
No es, en verdad, atributo de los hombres comunes gobernar el fuego que da forma al mundo, ni entablar hermandad con las magnas criaturas aladas que antaño hendieron los cielos de la Antigua Valyria. Mientras que los señores de poniente se debatían en querellas menores por tierras y tributos, esta noble dinastía portaba en sus venas la esencia misma del cataclismo y de la majestuosidad.
Cabellos de un oro platinado que evocaba luz de las estrellas más puras, ojos tintados con el místico violeta de la amatista, no son sino el reflejo exterior de un alma templada en las fraguas de la antigua magia Valyria.
Sostienen los cronistas de mayor saber que su soberanía no se desvío a la mera fortuna de las armas, si no un designio de la providencia. Cruzaron el Mar Angosto no como conquistadores vulgares sino como portadores de un nuevo orden dinástico, unificando reinos fragmentados bajo el amparo de un solo trono, forjado por el aliento de la muerte.
Por tanto, el caballero en su honor y el erudito en su ciencia coinciden por igual, juzgar a los hijos del dragón con la misma vara que a los hombres nacidos del fango es un error de entendimiento. Pues el fuego, aunque consume y aterroriza, es también el único elemento capaz de purificar y fundir los cimientos de la historia, historia que aún continúa, que aún avanza.
Es menester del cronista apartar por un momento la mirada de las coronas relucientes y los grandes salones de la Fortaleza Roja para escudriñar aquellos rincones oscuros donde la sangre de los reyes se derrama sin pompa, ni heráldica, ni bendición eclesiástica. Tal es el caso de aquel a quien la fortuna despojó de cuna, pero no de linaje; el joven Daryl, quien era el avatar del desconocido, o eso se decía en el pasado.
Un apelativo singular, en verdad, pues no pertenece siquiera a la iglesia de los siete, ni a nomenclaturas históricas tradiciones que el derecho de Poniente otorga a quien halla la fama, si no que parece evocar un residuo gris y frío de una hoguera que antaño ardió con furia celestial, ceniza.
Daryl creció desprovisto del más elemental consuelo que posee incluso el más humilde de los siervos de la gleba, el conocimiento de los autores de sus días. Ni el rostro de la madre que lo trajo a este valle de lágrimas, ni la identidad del padre que infundió en él el hálito de la vida, le fueron revelados. Su infancia no conoció los cantos de cuna de una nodriza, sino el rumor áspero de los puertos y las tabernas donde los olvidados del reino buscan refugio.
– Cruel es el designio que dota a un hombre con el fuego de los conquistadores en las venas, mas lo condena a mendigar el plan en las antecámaras de los señores. –
A pesar de la penumbra que lo envolvía en su nacimiento, la verdad de la sangre es un río impetuoso que ningún secreto puede contener de manera perpetua. Aunque Daryl vestía lanas raídas y cueros gastados por el camino, quienes se cruzaban con él en las encrucijadas no podían evitar detenerse, turbados por una extraña e inexplicable turbación.
No poseía, es cierto, el cabello de oro platinado en toda su pureza, pues este se hallaba oscurecido por los rigores de una vida en el barro, sin embargo, cuando el sol de la tarde lo alcanzaba de soslayo, destellaban en su cabellera hilos de una palidez argéntea, casi mística. Más reveladores eran sus ojos, de un gris tan profundo que, bajo ciertas luces, traicionaba su herencia revelando el místico matiz de la violeta silvestre. Quiso el destino, en sus inescrutables y a veces crueles designios, que los primeros años del tierno Daryl transcurrieran lejos de toda templanza, siendo arrojado a los sórdidos laberintos del Lecho de Pulgas y a los umbrales de aquellas estancias que los hombres llaman casas de placer. Allí, donde la dignidad humana se trueca por venados de plata, el tierno infante conoció la dureza del mundo antes de aprender el significado de su propio nombre.
A su temprana edad donde los hijos de los señores comienzan a adentrarse en el manejo de la espada de madera, las manos de Daryl ya se hallaban encallecidas por el trabajo más vil. Era su oficio recoger los despojos de las bacanales y limpiar los salones tras las noches de desenfreno, donde los nobles de baja cuna, mercaderes importantes, marineros de tierras lejanas ahogaban sus fortunas en vino especiado y placeres efímeros.
– Es paradoja digna de los dioses que aquel cuya sangre reclama un trono de espadas debiera limpiar el lodo de las botas de los infames, mas el oro no pierde su pureza aunque se halle sepultado en el fango. –
Cuando las deudas o la violencia de los callejones lo expulsaban de los burdeles, el Lecho de Pulgas se convertía en su implacable hogar. Aquel tuguriio de miseria, que se extiende como una plaga a los pies de la imponente Fortaleza Roja, fue el escenario de su supervivencia, aquel lugar donde las enfermedades brotan sin parar y los insectos dejan sus nidadas, su hogar.
El pequeño Daryl aprendió a dormir con un ojo abierto en los portales fríos, disputando el sustento diario con las alimañas y vistiendo apenas jirones que malamente lo defendían del cierzo invierno o del abrasador verano. En aquellas callejuelas laberínticas, donde el aire se torna espeso por el tufo de los desparpajos y el hacinamiento, la infancia de Daryl no conoció la luz diáfana del sol, si no una eterna penumbra tamizada por la estructura de los edificios colindantes. El invierno no era para él una estación de cuentos junto a la chimenea de un gran salón, si no un enemigo implacable que congelaba el agua de los charcos y entumecía sus piernas y mejillas desprotegidas. – El oro permanece inalterable en su esencia, aun si las aguas más turbias pretenden anegar su brillo, del mismo modo, la naturaleza real del muchacho se negaba a diluirse en la vileza de su entorno. –
Lo que diferenciaba a este bastardo de la legión de huérfanos que perecían antes de alcanzar la adolescencia era una costumbre que los taberneros juzgaban como soberbia o locura. Cada vez que las fuerzas le flaqueaban, Daryl buscaba un claro entre los tejados desvencijados y fijaba su mirada de ojos grises en la silueta del castillo real. Desde la distancia, el joven Daryl de apellido Asher, contemplaba las estelas de humo que ascendían de las chimeneas de la corte y el ondear de los estandartes de un negro azabache engastados con un dragón carmesí de tres cabezas. Sentía un anhelo inefable, un magnetismo que no nacía de la codicia del mendigo que desea las riquezas ajenas, sino de una familiaridad celular, casi innata. Era como si su alma reconociera aquellos muros de piedra roja, no eran extraños para él, anhelaba su protección, anhelaba un hogar de verdad.
– Si la fortuna se mostró esquiva con el joven Daryl al negarle cuna y progenitores, más cruel y despiadada se tornó su frágil vida cuando el destino le regaló marcar su cuerpo con el estigma del infortunio. –
Antes de que el acero probara su cuerpo, el alma de Daryl ya había sido herida por pérdidas sucesivas. La primera de ellas fue la muerte de la vieja úrsula, una humilde pescadera que, movida a compasión por el desamparo del niño, le ofrecía las entrañas y despojos del pescado para mitigar su hambre. Una fiebre del invierno la llevó a la fosa común, dejando al muchacho en la más absoluta soledad, algo que por suerte o desgracia, ya conoce.
Poco después, un incendio pavoroso devoró la casa del placer donde Daryl servía. Aunque el joven arriesgó su propia vida para salvar a una de las desdichadas rameras atrapada entre las vigas ardientes, el regente del burdel, un hombre mezquino y colérico, acusó falsamente al bastardo de haber iniciado el fuego por negligencia, expulsandolo a latigazos hacia la crudeza de la calle. Fue en el crepúsculo de un día maldito cuando se fraguó el peor de los entuertos. Un caballero de posición menor, emborrachado de vino fuerte y arrogancia, cruzaba las encrucijadas del Lecho de Pulgas tras haber perdido su bolsa de monedas en un nido de tahúres. Daryl, que a la sazón deambulaba buscando cobijo, encontró entre el lodo un broche de plata con la insignia del deshonrado jinete, el cual se había desprendido de su capa.
Movido por la rectitud que su sangre le dictaba de manera innata, el joven Daryl corrió tras el hombre de armas para restituir su propiedad. Mas el caballero, cegado por el alcohol y la furia de sus propias pérdida, interpretó el ademán del muchacho como un intento de hurto y a grito de “¡Ladrón de alcantarilla!” rugió el guerrero, desenvainando una daga de filo mellado antes de que Daryl pudiera articular palabra en su defensa. Aquella hoja cruzó su rostro desde la sien izquierda hasta la comisura de sus labios, un tajo profundo que estuvo a punto de vaciar aquel ojo de reflejos violetas, ventana que por suerte del afortunado aún sigue abierta para desvelar su regia herencia.
Las heridas del cuerpo, cuando se curan en la inmundicia de los callejones, rara vez sanan con limpieza. Sin maestres que aplicaran ingüentos de eléboro o vino hervido, la llaga se tornó purulenta y encendida. Daryl sobrevivió a la infección por la sola fortaleza de sus constitución bastarda, pero el precio fue devastador.
Varias de las páginas de nuestra crónica fueron quemadas en una de las rebeliones que hubo en antaño pues su historia ha de estar fragmentada, su simple recuerdo hace mella en los honores de los caballeros del reino pues su orgullo es más grande que su cerebro, pero bueno, pasemos a las siguientes, donde el quemado no alcanzó a hacer daño.
Los años de inmundicia y desesperación en el Lecho de Pulgas quedaron atrás, barridos por la implacable marea de la adultez. En los registros que suceden al hiato de las cenizas, no hallamos ya al joven asustado y maltrecho que limpiaba los despojos de los burdeles, sino a un hombre h echo y derecho, dueño de su propio destino y de su espada.
Daryl Asher alcanzó la independencia que tantos mendigos anhelan y tan pocos consiguen. Se cuenta que forjó su sustento como espada a sueldo y protector de caravanas mercantes, oficios rudos mas carentes de la vileza de su infancia. En este punto de su vida, gozaba de una paz estoica, donde las deudas se hallaban saldadas y donde el hambre ya no arañaba sus entrañas y el frío no habitaba sus huesos.
Sin embargo, el pasado es una sombra alargada que no se desvanece ni con la luz del mediodía. Aunque su vida era ahora estable y gozaba del respeto que infunde el acero bien afilado, las secuelas de su tragedia permanecían esculpidas en su carne.
-- Aquel a quien el mundo corona de espinas, aprende a no buscar acomodo en lechos de rosas. Su rostro era el de un monstruo a los ojos del vulgo, mas su alma, purgada por el fuego de la tragedia, albergaba la nobleza serena de un príncipe sin herencia. --
Oculto a menudo bajo la capucha de una pesada capa de viaje, Daryl caminaba por el mundo de los hombres sin pertenecer verdaderamente a él. Sus ojos grises, en los que aún bailaba aquel destello furtivo de amatista profunda, observaban poniente desde la atalaya de la soledad. No guardaba rencor, pues la ira es un veneno que consume a los débiles, en su lugar, exhibía una melancolía solemne y callada. Había conquistado su independencia, sí, pero el precio pagado fue el de convertirse en un fantasma, un susurro que circula las tabernas, los aposentos de reyes y reinas y los oídos de los que no quieren oír. Una leyenda silenciosa y temible que vagaba por los bordes de la historia, esperando sin saberlo el momento en que el destino exigiera de él algo más que su simple supervivencia.
Hoy es el hoy y mañana tal vez el nunca.
Daryl, el bastardo de Asher.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.