Sonaban por reyes muertos, por ejércitos victoriosos o por ciudades en llamas. Los hombres como Reginwald Suncrew nacían para desaparecer sin dejar nombre, enterrados en una fosa común mientras los nobles olvidaban incluso que habían existido.
Él era uno de esos hombres.
Vestía seda raída teñida de rojo y amarillo, un gorro de tres puntas adornado con cascabeles y una sonrisa que nunca le perteneció. Reía cuando le ordenaban reír. Bailaba cuando le ordenaban bailar. Se dejaba golpear por caballeros ebrios porque un bufón que no divertía era un cadáver que aún respiraba.
Los niños del castillo le lanzaban piedras.
Los soldados le vaciaban jarras de cerveza sobre la cabeza.
Los nobles apostaban cuánto tardaría en llorar.
Y Reginwald... sonreía.
Porque un bufón no tenía derecho al orgullo.
Solo a sobrevivir.
El destino, sin embargo, rara vez llama a la puerta de los grandes.
Prefiere irrumpir en la vida de los miserables.
Aquel día, el patio del castillo estaba abarrotado. Reginwald hacía malabares entre carcajadas mientras el señor de la casa observaba desde su trono de madera oscura.
Entonces trajeron a una familia.
Un campesino.
Su esposa.
Y una niña que apenas levantaba un palmo del suelo.
Acusados de ocultar parte de la cosecha para sobrevivir al invierno.
La sentencia ya estaba escrita mucho antes del juicio.
Muerte.
La niña no entendía por qué lloraba su madre ni su padre.
Solo abrazaba con fuerza un pequeño muñeco de trapo, un trapo sucio.
El capitán de la guardia desenvainó la espada.
— Que sirva de ejemplo —
Reginwald dedicó una mirada breve a la niña.
Y recordó la justicia.
¿Iba a permitir el mundo que una criatura tan pequeña muriera postrada de un espectáculo? ¿Quién había permitido esto?
Entonces dejó de actuar... Solo para comenzar una obra mayor, pues es bufón quien hace reír, pero no quien permite desdichas.
Con un rugido y una determinación expléndida que nadie creyó posible en un bufón, arrancó una lanza ceremonial del escenario y la lanzó con todas sus fuerzas.
El hierro atravesó el cuello del verdugo.
El patio quedó en silencio.
Durante un único latido...
El mundo olvidó respirar.
Y después...
Estalló.
Los guardias cargaron.
Reginwald arrancó la espada del cadáver antes siquiera de que este tocara el suelo. No sabía esgrima. No conocía las posturas de los maestros de armas.
Solo conocía una verdad.
Si caía...
Aquella niña moriría.
La primera espada le abrió el hombro.
La segunda le cortó el rostro.
La tercera jamás llegó.
La desvió con un candelabro de hierro y atravesó el pecho de su dueño.
Un hombre cayó.
Luego otro.
Y otro más.
Los cascabeles de su gorro sonaban entre cada golpe como si los Siete Dioses se burlaran del propio campo de batalla.
Nadie entendía cómo aquel loco vestido con colores de feria seguía en pie.
Ni él mismo.
Solo avanzaba.
Solo mataba.
Solo resistía.
Hasta que el campesino consiguió huir.
Después la madre.
Y, por último...
La pequeña niña.
Ella fue la última en mirarlo.
Reginwald le dedicó una sonrisa ensangrentada.
Era la primera sonrisa sincera de toda su vida.
Entonces diez hombres cayeron sobre él, apresado.
Lo golpearon hasta romperle las costillas.
Le arrancaron el gorro.
Le escupieron al rostro.
Lo encadenaron como a un perro rabioso.
Tres días permaneció en un calabozo alimentándose de agua sucia mientras esperaba la horca.
No se arrepentía.
Había salvado una vida.
Quizá eso bastara para que los dioses recordasen su nombre...
El alba de su ejecución llegó envuelta en niebla.
La cuerda rodeó su cuello.
El verdugo apoyó una mano sobre su espalda.
El señor del castillo sonreía satisfecho.
—Que muera el bufón.
Entonces...
Los cuernos de guerra resonaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Las puertas del castillo explotaron bajo el impacto de un ariete.
Caballeros con estandartes desconocidos irrumpieron como una tormenta de acero.
Era una casa menor, enemiga desde hacía generaciones de aquellos señores crueles.
No buscaban conquista.
Buscaban exterminio.
Y lo encontraron.
La batalla convirtió el patio en un río de sangre.
Los hombres que días antes habían reído viendo humillar a un bufón murieron gritando.
Los muros ardieron.
Los estandartes fueron derribados.
El señor que había ordenado ejecutar a Reginwald perdió la cabeza de un solo tajo.
Cuando cayó la noche...
No quedaba nadie con vida de aquella casa.
Nadie.
Entre los cadáveres encontraron aún colgado al bufón.
La cuerda había cedido antes de partirle el cuello.
Respiraba.
Débilmente.
El anciano caballero que comandaba a los vencedores pidió conocer su historia.
Los supervivientes hablaron del hombre vestido de colores que había desafiado a una guarnición entera para salvar a una niña desconocida.
El viejo guardó silencio.
Luego desenvainó lentamente su espada.
La apoyó sobre el hombro derecho del bufón.
Después sobre el izquierdo.
Su voz retumbó entre las ruinas.
— He visto caballeros abandonar a niños para salvar su propio pellejo. —
— He visto grandes señores esconderse tras sus hombres. —
— Y he visto mercenarios vender su honor por un saco de plata. —
Clavó los ojos sobre Reginwald.
— Pero jamás había visto a un hombre sin espada... convertirse él solo en un muro contra la injusticia. —
Elevó la hoja hacia el cielo.
— Por el valor demostrado ante una muerte segura... —
— Por haber protegido al inocente sin esperar recompensa... —
— Y porque el honor no nace de la sangre, sino de los actos... —
Yo te nombro caballero.
El acero descendió una última vez.
—Levántate... Ser Reginwald Suncrew.
El bufón había muerto.
Ante todos se alzaba un caballero.
Pero los héroes no siempre reciben un hogar.
Como último acto político, la nueva casa decretó el destierro de todo aquel que hubiera servido a la estirpe caída, incluso de quienes no compartían sus crímenes. Reginwald conservaría el título que había ganado con sangre... pero jamás podría volver a llamar hogar a aquellas tierras.
Le entregaron un caballo gris, una espada digna de un caballero y una armadura sencilla. Bajo el acero, aún llevaba jirones de su viejo jubón de bufón. No quiso arrancarlos. Eran el recuerdo del hombre que había sido y del precio que había pagado por convertirse en otro.
Cabalgó sin rumbo durante semanas.
Hasta que una noche, junto a una hoguera compartida con viajeros y mercaderes, escuchó un rumor.
En un reino lejano se celebraría un gran torneo.
Caballeros de todos los rincones acudirían para batirse en duelos singulares.
Gloria.
Oro.
Renombre.
Reginwald levantó la vista hacia las estrellas.
Quizá aquel fuera el lugar donde un caballero sin linaje pudiera forjar su propio nombre.
Montó sobre su caballo mientras el amanecer teñía de rojo el horizonte.
El viento agitó los viejos cascabeles que aún colgaban de su montura.
Ya no sonaban como una burla.
Sonaban como una promesa.
Y así, con la espada al cinto y el honor como único estandarte, Ser Reginwald Suncrew, el caballero nacido de un bufón, cabalgó hacia el torneo donde el mundo, por fin, conocería su leyenda.