Lo que dejé entre los árboles
4 de julio de 2026
Perdí la moto hoy. Perdí la puta moto hoy... Eso es lo primero que anoto, porque es lo que más me duele y no quiero mentirme fingiendo lo contrario. La cadena se salió entre los árboles, el depósito seco, y no había santa forma de arrancarla. Intenté llevármela pero tuve que dejarla tirada como se deja a un caído: sin ceremonia y sin mirar atrás. El Frente diría que un hombre no se ata a las cosas. El puto Frente no tuvo que empujarla hasta abandonarla. Malditos trozos de mierda... Los echo de menos.
Exploré a pie. Y encontré a varios... como lo diría... personajes. Cuatro. Un puñado de tarados que no aguantarían una semana en la fila. Hay un científico —o algo que se cree científico— obsesionado con sangrar caminantes para pinchársela a los vivos. Viktor, dice llamarse, y habla de experimentos como quien reza. Está loco y habla de otro puto tío que debe ser su amigo imaginario o algo por el estilo porque ninguno lo hemos llegado a ver. Adrián fliparía. Tendré que vigilarlo. Su hermano Dimitri es otra cosa: provocador, inestable y sin freno, aunque gracioso. Aún no sé si para bien o para mal. Esa basura me golpeó. Lo anoto también, porque no lo olvido. Hay un político que predica diplomacia, como si se pudiera negociar con la carne muerta que ha llenado este mundo de mierda o peor aún, con la carne viva; blando, de los que mis padres habrían acogido. Este super predicador se llama Sterling. Y por último está el sheriff Nathan, tremendamente desconfiado. Encaja con mi idea de este mundo pero grita más de lo que escucha y me pone nervioso. En no fiarse de nadie nos parecemos. Aunque parezca raro, algo de confianza me genera, muy poca, pero algo. Un sheriff tío...
Discutimos durante horas. Demasiado ruido -aunque me la pela-. El bosque escuchó. Nos rodeó una horda. Toda esa cháchara nos la trajo encima. El científico se rompió el brazo en el caos. Menudo anormal. Yo hice lo que sé hacer: me abrí paso, uno tras otro, con las manos firmes como me enseñó Adrián. Acabé con más de los que puedo contar. Y aún así casi me quedo ahí. Esto es lo que no consigo ordenar en la cabeza: Me salvaron. Esa gente a la que siento que debo seguir despreciando, esos cuatro tarados que no valían nada según todo lo que vi de ellos… me sacaron vivo. Hijos de puta. No tenían por qué. No les debía nada y no me debían nada. Y aún así lo hicieron. El Frente tiene una respuesta para esto. La sé de memoria: debilidad, sentimentalismo, la clase de bondad que a mis padres les costó todo. Me repito la respuesta y me sirve. Casi.
Estoy cubierto de sangre y trozos de carne y... ¡joder! Sin moto. Al menos conservo la ganzúa y el poco fentanilo que me queda. Aún no sé qué hacer con ello. Quizá sirva para pasar un buen rato. Salgo de ahí. Vivo, que es más de lo que esperaba. No sé qué son estos cuatro para mí todavía. Enemigos, herramientas, lastre. Alguna de las tres. Pero me salvaron la vida. Lo anoto. Y sigo.