Sistema
The Walking Dead RPG
Crónicas
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Tenía ocho años el verano en que el mundo dejó de funcionar. Agosto de 2012. El calor pegajoso de Georgia, las cigarras, y luego las noticias, y luego el silencio. A diferencia de casi todos los niños de su generación, Elías no perdió a sus padres en aquellos primeros meses de caos. Sobrevivieron. Y, de un modo extraño, fue eso lo que lo rompió. Sus padres eran gente buena en el peor sentido posible para sobrevivir. Abrían la puerta a cualquiera que llamara. Repartían comida cuando apenas les quedaba para ellos. Acogían a desconocidos, vendaban a heridos que jamás devolverían el favor, confiaban en voces que cualquiera con dos dedos de frente habría echado a tiros. Durante años, Elías vio lo que esa bondad les costaba. Vio cómo les quitaban las reservas. Cómo los grupos que crecían a base de fuerza pasaban de largo, los miraban con lástima y seguían su camino. Vio a su familia sobrevivir a duras penas mientras otros prosperaban. Aprendió, sin que nadie se lo enseñara, una lección que aún hoy sostiene como una verdad de hierro: que ser bueno te mata despacio.
La persona que de verdad le dio forma no fue su padre. Fue su hermano mayor. Adrián. Frío donde sus padres eran cálidos. Calculador donde ellos eran ingenuos. Disciplinado, callado, exacto. Fue Adrián quien le puso en las manos su primer rifle, quien le enseñó a leer un rastro en el barro, a moverse fuera de los asentamientos, a no temblar. Adrián no quería a Elías. Lo entrenaba. Y para un niño que se sentía indefenso en una casa que jamás cerraba la puerta, eso se parecía bastante al amor. Todavía hoy, la aprobación de su hermano es lo más cerca que Elías ha estado nunca de sentirse en paz. Con el tiempo, Adrián desapareció dentro de algo más grande que él. Una organización que se hacía llamar El Frente de Restauración Nacional.
El Frente tenía una respuesta para todo, y para Elías eso no era una trampa: era salvación. Decían que el viejo mundo no había caído por una plaga, sino porque ya estaba podrido por dentro: blando, decadente, incapaz de defenderse. Predicaban el dominio de los fuertes, el control absoluto del territorio, una pureza de la futura civilización que solo unos pocos merecían heredar. Convertían el miedo en doctrina y el odio en deber. Elías entró con dieciséis años. Y por primera vez en su vida encontró tres cosas que nunca había tenido: Orden. Pertenencia. Propósito. Le dieron un lugar en la fila. Le dijeron que su rabia tenía sentido, que su resentimiento contra la bondad de sus padres era lucidez. Durante cinco años fue absorbiendo todo: la desconfianza hacia el de fuera, el desprecio por las otras comunidades, la idea de que había personas que valían menos por el simple hecho de existir. Al principio repetía esas palabras porque era lo que se esperaba de él. Después dejó de repetirlas. Empezó a creerlas. Y no las cree a medias. Las cree del todo. Esa es la parte que lo vuelve peligroso: no es un fanático que finge, es un hombre convencido. El Frente no le robó la fe; se la dio. Por primera vez sabe quién es y para qué sirve, y le debe esa certeza a la causa.
Hoy tiene veintiún años y es de los mejores en lo que hace. Sabe rastrear, sabe esperar, sabe apretar el gatillo sin que le tiemble la mano. Cumple cada orden sin discutirla, porque discutirla sería dudar, y dudar es debilidad, y la debilidad es lo que mató al mundo. Cuando el Frente le manda dejar gente atrás, la deja. Cuando le manda no mirar, no mira. Ha hecho cosas que sus padres no le habrían perdonado, y duerme bien, porque ha aprendido a llamar necesidad a todo lo que hace y causa a todo lo que sirve. Si algo lo delata, son detalles tan pequeños que ni él los registra: una cara que recuerda más tiempo del que debería, una orden que cumple medio segundo más tarde de lo normal, la cazadora negra que sigue llevando sin saber muy bien por qué. Nada que él note. Nada todavía. Solo semillas, dormidas bajo capas y capas de certeza. Por ahora, Elías Mercer es exactamente lo que el Frente quería construir. Y está orgulloso de serlo.
Así llega al cruce con cuatro desconocidos, en la entrada del invierno de 2025, con los bosques del noreste de Georgia ya secos y los caminantes más lentos por el frío. No llega como un hombre roto. Llega como un soldado del Frente: disciplinado, leal, convencido de tener razón. Mira a esa gente nueva como le enseñaron a mirar a los de fuera —con cálculo, con distancia, midiendo qué valen y qué pueden costarle. Lo que ninguno de ellos sabe —ni siquiera él— es cuánto tardará el mundo en empezar a hacerle preguntas que el Frente nunca le enseñó a responder. Pero eso es para más adelante. Hoy todavía cree.
Edad: 21 años · nacido en marzo de 2004 Origen: Noreste de Georgia, en las estribaciones de los Apalaches Ascendencia: Estadounidense, de viejas raíces escocesas-irlandesas montañesas Altura: 1,89 m Aspecto: Cabeza rapada y mandíbula marcada. Ojos azules tan pálidos que de lejos parecen grises, como cielo de invierno. Lleva tatuajes hechos después del colapso —tinta casera, líneas torpes, símbolos del Frente que porta con orgullo—. Viste ropa militar remendada mil veces y una vieja cazadora de cuero negra que le queda algo grande, como si hubiese pertenecido a otra persona antes que a él. Probablemente así fue.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.