Aelys nació apenas unos minutos antes que su hermano mellizo, Renash, durante una noche de tormenta en Rocadragón. El rugido de los dragones que descansaban sobre las murallas se mezcló con el de las olas golpeando los acantilados, y las comadronas susurraron que ambos niños habían llegado al mundo con la sangre del dragón tan viva como cualquiera de sus antepasados.
Su cabello era tan blanco como la nieve recién caída y sus ojos poseían un intenso tono violáceo, herencia inequívoca de la Antigua Valyria. A diferencia de su hermano, Aelys tenía un rostro más suave y delicado, cubierto por un fino puñado de pecas apenas visibles sobre la nariz y las mejillas, un rasgo poco común entre los Targaryen que hacía imposible confundirla con cualquier otra princesa.
Desde pequeña mostró un carácter tranquilo, reflexivo y sorprendentemente paciente. Prefería escuchar antes que hablar y aprender antes que presumir. Mientras otros niños competían con espadas de madera, ella recorría la biblioteca de Rocadragón leyendo sobre la historia de Valyria, las costumbres de los antiguos señores dragón y los relatos de las bestias que habían conquistado Poniente junto a Aegon el Conquistador, sin embargo, nadie confundía su calma con debilidad.
Daemon decía que Aelys era peligrosa precisamente porque nunca actuaba movida por la ira. Cada decisión parecía medida con precisión, como si siempre contemplara varios movimientos por delante. Rhaenyra, en cambio, veía en ella una capacidad para unir personas que muy pocos miembros de la familia poseían.
Su mellizo, Renash, era todo lo contrario, impulsivo, orgulloso y de lengua afilada, Renash se lanzaba primero y pensaba después. Donde él encontraba un desafío, Aelys veía un problema que debía resolverse. Donde él buscaba gloria, ella buscaba estabilidad. A pesar de ello, ambos compartían un vínculo casi imposible de explicar. Bastaba una mirada para comprenderse, incluso cuando discutían durante horas, nunca existió rivalidad entre ellos, de hecho... siempre fueron confidentes el uno del otro.
Renash decía que, si algún día llegaba a portar una corona, Aelys sería la única persona cuya opinión escucharía antes que la propia. Ella, por su parte, afirmaba que ningún hombre sería más leal que su hermano.
Aunque toda su familia era conocida por montar dragones desde muy jóvenes, el destino había sido extraño con los mellizos, a los diecinueve años ninguno había sido reclamado por un dragón, no era por falta de intentos.
En varias ocasiones visitaron el Pozo Dragón y los patios de Rocadragón. Permanecieron frente a enormes bestias dormidas, algunas ancianas y otras jóvenes, esperando aquella conexión casi mística que describían los jinetes. Nunca ocurrió, los dragones simplemente los observaban, algunos emitían un gruñido, otros apartaban la cabeza... ninguno... los aceptó.
Las murmuraciones comenzaron a extenderse por la corte. Algunos nobles cuestionaban si los mellizos habían heredado realmente el favor de la sangre valyria. Otros lo atribuían a una simple cuestión de tiempo.
Daemon respondía siempre de la misma manera: — Un dragón elige cuando quiere. No cuando los hombres lo desean.
Aquellas palabras se quedaron grabadas en la mente de Aelys.
Jamás sintió envidia de sus hermanos mayores ni de otros príncipes que ya surcaban el cielo. Creía que forzar un vínculo con un dragón era una falta de respeto hacia criaturas que existían mucho antes que los reinos de los hombres, esperaría, aunque tuviera que hacerlo... toda la vida.
Lejos de los cielos, Aelys encontró su fortaleza en otros lugares, aprendió alto valyrio con una pronunciación impecable. Dominó la diplomacia observando durante años el modo en que Rhaenyra resolvía disputas entre los señores de Rocadragón. También entrenó con espada ligera junto a Ser Harrold Westerling cuando era niña y más tarde bajo la supervisión de Daemon, quien insistía en que un príncipe o una princesa Targaryen debía saber defenderse incluso sin un dragón bajo sus pies.
Nunca sería la guerrera más fuerte, pero pocos podían derrotarla si el combate requería paciencia, precisión y sangre fría. En la corte era conocida como la Princesa Silenciosa, no porque hablara poco, sino porque jamás levantaba la voz, su presencia bastaba para hacer callar a muchos. Algunos decían que heredó la determinación de Rhaenyra, otros aseguraban que, detrás de aquella serenidad, escondía la misma oscuridad calculadora de Daemon... quizás... ambos tenían razón.
Ahora, con diecinueve años, Aelys y Renash viven una calma que parece destinada a romperse, la tensión entre los Negros y los Verdes crece con cada luna, los dragones se inquietan. Las alianzas, comienzan a dividirse.
Y aunque todavía ningún dragón ha inclinado la cabeza ante los mellizos, ambos sienten que el destino aún no ha pronunciado su última palabra.
En una casa donde la sangre del dragón define el futuro de una persona, Aelys está convencida de una cosa: "No todos los Targaryen encuentran a su dragón cuando son jóvenes. Algunos están destinados a encontrarlo cuando el reino más los necesita".
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.