El fuego selló mi destino
11 de agosto de 2026
"El dolor... el profundo dolor. Durante los primeros instantes después de despertar, ni siquiera fui capaz de distinguir si seguía vivo. El mundo carecía de forma y de sonido; era apenas una oscuridad espesa interrumpida por el dolor. Sentía algo frío contra mi mejilla, agua salada filtrándose entre mis ropas, y cada respiración parecía arrastrar consigo fragmentos de vidrio por mi garganta. Intenté mover una mano y descubrí que todavía podía hacerlo. Fue un descubrimiento insignificante, casi ridículo, pero en aquel momento me pareció la prueba más convincente de que los Siete aún no habían terminado.
Viserys I, el rey de Poniente, me hizo llamar.
Todavía recuerdo la solemnidad de aquel momento. La necesidad de la Corona. Una vida pendía de un hilo y, su majestad, dañada por el propio trono que daba significado a su soberanía había hecho una herida en su espalda, causándole un dolor difícil de tratar, por suerte, el gran Maestre Orwyle contaba con la información de que en Zarpa había un remedio para su dolencia, contaba con que mis dotes alquímicas surtieran efecto para procesar una mezcla que ayudase a las dolencias del rey.
Para ello tomaríamos un navío hacia Zarpa, por parte de los Velaryon junto a Sir Alaric, y un extraño individuo que se hacía llamar "manitas" y marinero, consciente de la situación en el mar con la Triarquía: Daryl.
El viaje comenzó sin incidentes dignos de mención. El mar permanecía relativamente tranquilo, incluso mientras avanzábamos sobre aquel inmenso cuerpo de agua, no podía dejar de preguntarme quién había descubierto aquella cura por primera vez, qué conocimientos habían permitido identificarla y por qué semejante remedio había desaparecido de las cortes y los septos durante tanto tiempo.
Podría haber sido un viaje ameno, si no fuera porque los dioses no tenían pensado lo mismo para nosotros. Una sombra se cernió sobre el mar, casi pareciendo que una nube ocultaba el sol, pero solo se trataba de algo que no queríamos ni esperábamos.
Robaovejas.
Los marineros comenzaron a entrar en pánico. Algunos corrieron hacia cubierta mientras otros se quedaron inmóviles, incapaces de comprender qué estaban viendo. Yo levanté la mirada y contemplé durante un instante, mi mente se negó a aceptar la realidad. Había leído sobre dragones. Había estudiado relatos de la Conquista y había visto ilustraciones en manuscritos así como a los jinetes de los Targaryen surcar los cielos junto a ellos.
Nada me preparó para contemplar uno de verdad. Era demasiado grande. Demasiado real.
Las decisiones se entrelazaron entre si, pudimos haber pensado mejor nuestras posibilidades, pero el miedo nos gobernó como a cualquier mortal víctima de los designios de los dioses.
Una vez tras otra, Robaovejas descendía continuamente sobre nosotros, buscando hundirnos, no iba a irse, y pensábamos que quizá lanzarle algunas piedras con un viejo lanzapiedras habría valido para espantarlo. Daryl movió con habilidad el barco tratando de evadir a la criatura pero era inevitable que estábamos en su visión.
Traté de calmarlo de una forma inexperta usando palabras del Alto Valyrio, pero tratando de hacerlo caí al frío mar para luego ser devuelto al navío.
Tras muchos intentos, enfadado, y cansado de nosotros, Robaovejas hizo uso de la vieja, inclemente y magnánima llama que había sellado tanto el destino de muchos hombres, su fuego inundó el navío, y en una locura por mi parte más humana y mortal me hizo caer de lleno en su deflagración.
Recuerdo el calor.
Recuerdo haber pensado que aquello no podía ser fuego, porque ningún fuego que hubiera conocido podía alcanzar semejante intensidad. Recuerdo el crujido de la madera bajo mis pies y cómo el aire desapareció de mis pulmones. Después vino el impacto.
El fuego consumió mi carne y sentí que estaba muriendo tan lentamente, mis ojos ardieron, tanto fue el dolor, que no esperaba volver a abrir los ojos.
Durante el tiempo que no era consciente de mi destino, mi fe se quebró, mi miedo se hizo aflorar, se tambaleó mi lealtad en los dioses. por primera vez, sentí, que iba a morir.
Había rezado durante toda mi vida. Había estudiado las Escrituras y había aprendido a aceptar que el sufrimiento forma parte de la existencia humana. Pero mientras parecía en mitad de un coma, sentía que estaba postrado, de cara a los cielos, viendo una luz que nunca había visto.
¿Por qué?
No hubo respuesta, solo silencio.
Las últimas palabras que escuché fueron las de los marineros Velaryon, llamándome, haciendo que acabara recuperando la consciencia, acompañado del sonido de las olas tras su voz.
Había vuelto de entre los muertos, y cada vez era más claro que la sangre de los valyrios no era una simple ínfula, pues nadie hubiera sobrevivido al fuego de los dragones que habían sellado mi carne."