Daenkiel nunca conoció a sus padres. Siendo apenas un recién nacido, fue abandonado a las puertas de un septo, donde los septones y septas lo acogieron como un hijo de la Fe. Creció entre rezos y manuscritos, aprendiendo desde temprana edad los preceptos de los Siete y dedicando su vida a servirlos con disciplina y devoción.
Sin embargo, bajo aquella fachada de fervor siempre habitó una curiosidad difícil de apaciguar. Para Daenkiel, la fe y el conocimiento jamás fueron enemigos, sino caminos distintos hacia una misma verdad. En sus horas más privadas dedica largas jornadas a estudiar antiguos tratados, crónicas olvidadas y textos que pocos consideran dignos de conservar. Cree firmemente que toda sabiduría, incluso aquella que incomoda o desafía las creencias establecidas.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.