Sistema
The Walking Dead RPG
Crónicas
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Orbin van de Ven nació en Amberes, hijo de un padre violento, y se alistó en el ejército belga a los diecisiete años más como huida que como vocación, descubriendo en la disciplina militar algo que nunca había tenido en casa. De ahí pasó a la Legión Extranjera francesa, sirviendo en Malí y Chad, sin ningún lazo que lo atara de vuelta a Bélgica al terminar su contrato, ni familia ni ciudad que sintiera propia. Reclutado por un antiguo compañero, entró en Ferrovax Solutions, una compañía militar privada discreta que operaba fuera de cualquier registro público. Su carrera como contratista lo llevó primero a Irak, protegiendo instalaciones petroleras en Basora, donde perdió compañeros en un ataque con mortero y conoció a Piet Botha, un mentor sudafricano que le enseñó a no encariñarse nunca con un contrato ni confiar del todo en el cliente. Después vinieron dieciocho meses en Afganistán, escoltando convoyes entre terreno hostil, donde mató por primera vez a alguien cuyo rostro pudo ver de cerca, un adolescente armado, experiencia que procesó en silencio. Luego fue destinado a Libia, en pleno caos de milicias tras la fragmentación del país, donde afinó su capacidad de leer lealtades cambiantes sin un enemigo claro. Finalmente, Ferrovax lo trasladó a Egipto, primero a Hurgada y después a El Cairo, en lo que resultó ser el período más estable y tranquilo de su vida. Se instaló en el barrio de Maadi, estudió árabe egipcio por gusto propio, mantuvo una relación breve con una traductora llamada Rania, y empezó, sin proponérselo del todo, a sentir que quizás había encontrado un lugar al que podía llamar hogar. Allí también conoció a un oficial estadounidense de nombre Reyes, con quien desarrolló una relación profesional cordial. Esa calma se rompió cuando la sede central de Ferrovax enfrentó un conflicto interno: un socio fundador, Aldous Meyer, había estado desviando fondos de contratos gubernamentales y amenazaba con exponer a la compañía si intentaban despedirlo. Incapaces de resolverlo abiertamente, decidieron eliminarlo, y eligieron a Orbin —precisamente por no tener vínculos ni historial en Estados Unidos— para ejecutar el encargo. Su superior, Van Reenen, le presentó la misión sin adornos: era un trabajo sucio, pero rechazarlo significaría el fin lento de su carrera dentro de la compañía. Orbin aceptó, pensando en todo lo que había construido en Egipto y que dependía de seguir siendo útil. Viajó a Houston, donde un contacto local llamado Ferris le proporcionó la logística necesaria. Allí, en una calle mal iluminada, mató a Meyer simulando un asalto callejero, un crimen que la policía cerró rápidamente como estadística más de la ciudad. Fue la primera vez que mataba sin la justificación, ni siquiera parcial, de un contexto de combate, y el peso de ese acto lo acompañó en un silencio incómodo durante los días que permaneció en la ciudad antes de regresar a Dubái y después a El Cairo. Aunque su vida exterior volvió a la normalidad junto al Nilo, algo en él se había reordenado para siempre —una frialdad que, sin saberlo entonces, sería precisamente lo que le permitiría sobrevivir a lo que estaba por llegar.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.