Elijah Freeman pasó la mayor parte de su vida en Brooklyn, Nueva York. Creció en un entorno difícil y durante su juventud acabó involucrándose en pequeños delitos y robos, una etapa que terminó cuando fue condenado a prisión. Aquellos años marcaron un antes y un después en su vida.
Durante su condena encontró en la fe baptista una forma de asumir la responsabilidad por sus actos y reconstruirse como persona. Al recuperar la libertad dejó atrás su antigua vida, consiguió trabajos honestos y procuró mantenerse alejado de los problemas. Nunca intentó justificar su pasado, simplemente se limitó a no volver a repetirlo.
Pocos meses antes de que el mundo colapsara, Elijah se mudó a Georgia en busca de un nuevo comienzo y de mejores oportunidades. Cuando comenzó el brote, era prácticamente un desconocido en el estado.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.