Elijah Freeman pasó la mayor parte de su vida en Brooklyn, Nueva York. Creció en un entorno difícil y durante su juventud acabó involucrándose en pequeños delitos y robos, una etapa que terminó cuando fue condenado a prisión.
En la cárcel ocurrió el hecho que cambió su rumbo. Durante un altercado entre internos, Elijah tuvo la oportunidad de vengarse de un hombre que tiempo atrás le había hecho la vida imposible. En lugar de hacerlo, decidió intervenir para detener la pelea y evitar que terminara en una muerte. Aquella decisión le costó el respeto de muchos presos, pero fue la primera vez que sintió que estaba actuando por convicción y no por impulso. Poco después comenzó a asistir a los oficios religiosos de un pastor baptista que visitaba el penal con frecuencia.
Al salir de prisión encontró trabajos honestos y llevó una vida discreta, aunque Brooklyn nunca dejó de recordarle quién había sido. Viejas amistades seguían intentando arrastrarlo de nuevo al crimen y muchos otros nunca dejaron de verlo como un exconvicto. Cuando falleció su madre, Elijah comprendió que ya no tenía nada que lo atara a la ciudad donde había pasado casi toda su vida. Decidió mudarse a Georgia para empezar de cero, lejos de las calles que habían definido su juventud.
Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que gobierna su espíritu, que el que conquista una ciudad.
Proverbios 16:32
Mudarse a Georgia no fue una forma de escapar de su pasado, sino de dejar de vivir pendiente de él. Con el tiempo había comprendido que el mundo no siempre recompensa a la gente que intenta hacer las cosas bien, pero eso no era motivo para dejar de intentarlo. Esa era la única paz que creía que un hombre podía ganarse.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.