Renash nació apenas unos minutos después que su hermana melliza, Aelys, durante la misma tormenta que azotó Rocadragón. Las leyendas familiares dirían años después que aquella noche nacieron dos llamas distintas: una aprendió a iluminar; la otra, a consumir.
Como todos los hijos de Rhaenyra y Daemon, heredó el cabello plateado de la Antigua Valyria y los profundos ojos violáceos de su linaje. Su porte era alto y elegante, pero endurecido por incontables horas de entrenamiento. Sus facciones, afiladas y severas, rara vez dejaban entrever duda alguna. Donde Aelys inspiraba calma, Renash imponía presencia.
Desde niño fue incapaz de permanecer quieto, mientras su hermana pasaba horas entre mapas, pergaminos y libros, Renash recorría los patios de Rocadragón con una espada de madera en la mano, retando a cualquiera que aceptara medir fuerzas con él. Perdía con frecuencia cuando era pequeño, pero jamás aceptaba una derrota sin volver a levantarse.
Daemon observó aquello con una sonrisa, no intentó frenar aquel temperamento... lo moldeó.
Bajo la tutela de su padre aprendió que un príncipe no debía confiar únicamente en su apellido ni en la fuerza de un dragón. Aprendió a luchar con espada larga, daga, lanza y arco. A montar durante horas sin mostrar agotamiento. A combatir incluso cuando el cansancio nublaba el juicio.
Más importante aún, aprendió que una batalla comienza mucho antes del primer golpe, comenzó a entender las estrategias del frente... los esquemas de posición y demás.
Renash poseía un talento natural para la guerra, no porque disfrutara de la violencia, sino porque comprendía el movimiento de un ejército con la misma facilidad con la que otros, como su hermana resolvían un tablero de cyvasse.
Le fascinaban las campañas de Aegon el Conquistador, las maniobras de Corlys Velaryon en mar abierto y las tácticas empleadas durante las guerras entre las Ciudades Libres. Estudiaba formaciones, rutas de suministro y errores militares con la misma intensidad con la que entrenaba cada mañana.
A menudo discutía con los maestres, no porque creyera saber más que ellos, sino porque siempre encontraba otra forma de ganar una batalla su mayor virtud era también su mayor defecto, era impulsivo.
Si consideraba que alguien había insultado el honor de su familia, respondía antes de medir las consecuencias. Su lengua era rápida, afilada y, en ocasiones, cruel. No soportaba la hipocresía de la corte ni los juegos de quienes escondían amenazas detrás de sonrisas educadas.
Más de un lord abandonó Rocadragón ofendido por una respuesta del joven príncipe, Renash jamás pareció importarle.
—"Si la verdad hiere tanto, quizá nunca debió ocultarse." Era una frase que repetía con demasiada frecuencia.
Sin embargo, existía una persona capaz de contener aquel fuego, Aelys su hermana, ella no intentaba cambiarlo, simplemente conseguía que pensara unos segundos más antes de actuar. Renash, por su parte, era quien impedía que Aelys permaneciera inmóvil cuando una decisión debía tomarse con rapidez.
Nunca fueron dos mitades de una misma persona, eran dos personas completas que cubrían las debilidades del otro. Ella veía el reino, él veía el campo de batalla, ella negociaba la paz, él se aseguraba de que existiera una posición desde la cual negociar, muchos afirmaban que separados ambos eran príncipes excepcionales, juntos, resultaban peligrosos.
Pese a toda su habilidad marcial, Renash compartía el mismo destino que su hermana, ningún dragón lo había reclamado aún, aunque lo intentó más veces de las que estaba dispuesto a admitir, permaneció inmóvil frente a jóvenes dragones esperando sentir aquella conexión de la que hablaban los jinetes pero... nunca ocurrió.
Cada rechazo alimentaba una frustración que solo Aelys conocía realmente, nunca permitió que otros la vieran, ante la corte sonreía con arrogancia.
Cuando solo estaban los dos hermanos, reconocía algo... no temía morir sin un dragón, temía no estar a la altura del apellido que llevaba.
Rhaenyra veía en Renash el fuego que siempre había caracterizado a los Targaryen, Daemon veía algo más, veía disciplina escondida bajo la ira. Sabía que, si algún día su hijo aprendía a dominar su temperamento en lugar de dejarse dominar por él, sería uno de los estrategas más formidables de su generación. Por eso nunca buscó apagar aquel fuego solo esperaba que madurara.
En la corte comenzaron a llamarlo el Príncipe de Acero, no por la armadura que vestía sino porque pocos hombres lograban doblegar su voluntad, era orgulloso hasta el extremo, ferozmente leal a los suyos y completamente incapaz de abandonar una causa en la que creyera. Si Aelys era la voz de la razón, Renash era el recordatorio de que incluso la razón necesita fuerza para hacerse escuchar.
Ahora, con diecinueve años, el reino se encuentra al borde del abismo, los Verdes y los Negros se preparan para una guerra que parece inevitable, los dragones comienzan a inquietarse.
Y aunque Renash aún no ha surcado los cielos sobre uno de ellos, quienes lo conocen sospechan que cuando finalmente una de aquellas bestias incline la cabeza ante él, no elegirá simplemente a un jinete, elegirá a un príncipe que lleva toda una vida preparándose para la guerra, porque Renash siempre ha creído una verdad que jamás se ha atrevido a pronunciar en voz alta:
"Un dragón puede convertir a un hombre en una leyenda. Pero antes de que llegue ese día, el hombre debe demostrar que puede convertirse en una por sí mismo."
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.