“El velo de la oscuridad.”
Los granjeros corrían a esconder su ganado bajo los techos de paja en lo que la tormenta azotaba con fiereza los muros de Rocadragón. Los relámpagos tumbaban árboles enteros y desgarraban terrenos que tardarían siglos en recuperarse, pero la isla se mantenía en pie. El pánico entre aquellos en el exterior y los civiles era algo común para estas fuertes tormentas, pero detrás de las puertas de aquel castillo solo había nervios... no era un solo nacimiento, eran dos. Eran dos nuevas Targaryen que podrían salir con dos futuras heredas o acabar con el legado en aquel mismo lugar si la cosa salía mal.
Sin embargo, no fue así...
La fuerza de la tormenta disminuyó, como si la tierra se alzara en forma de escudo y espada peleando directo contra la bestia que provocaba esos relámpagos, y una vez más era la bestia que perdía. Los relámpagos empezaron a ceder, y cuando en el horizonte una pequeña luz se asomó, pronto los civiles podrían ver el resplandor del sol... y a través de la ventana, Rhaenyra lo veía también. Junto aquel primer rayo de sol, nació la primera de las dos mellizas. Y tan pronto el llanto rompió, aquella bestia quedó en silencio para dar lugar un nublado cielo sin lluvias.
"¡Es un milagro de los dioses!" Era alguna de las frases entre los sirvientes y los asistentes médicos. Otros, no lo veían así.
Sin embargo, la primera no venía sola. Minutos después apareció la segunda de ellas, y con su primer respiro, las nubes se separaron y dieron lugar a la calma tras la tormenta para todo Rocadragón. El nacimiento de las mellizas parecía algo milagroso, habría ido bien y sin complicaciones, y habría traído paz al reino que estaba siendo azotado por otra de las tantas tormentas que ocurrían en aquel lugar. Tras las horas y asegurarse de que todo estuviera bien, Rhaenyra permanecía en su cama y Daemon al borde de ésta, ambos llevando una bebé cada uno.
En los brazos de su padre yacía la primer melliza, Daenyra, diferenciada de tan solo unos minutos. Y tras su nombramiento, en el vientre de su madre yacía Kaithlys. Ambos padres, orgullosos de cada nombramiento, se mantuvieron aferrados a ellas durante aquellas primeras horas donde lo peor puede pasar... y no pasó.
La conexión entre ambas hermanas era más fuerte de lo que cualquiera se hubiera imaginado. Desde bebés se abrazaban, y cuando dieron sus primeros pasos, ya se movían juntas a casi todos lados. Participando de actividades juntas, disfrutando de aquella tranquilidad de la niñez. Kaithlys, sin embargo, no le daba paz a sus padres; si la separaban de Daenyra, no había forma de calmarle ese llanto hasta que pudiera volver a ver y abrazar a su hermana, incluso si hubieran sido separadas para distintas visitas... la menor de las mellizas tenía una conexión con su hermana inquebrantable.
Y así, fueron pasando los años...
Daenyra se convirtió en un castillo de mujer. Impenetrable, extremadamente fuerte e imposible de quebrar; o eso veían los ojos externos. Kaithlys se convirtió en una damisela en apuros... que no lo estaba. Delicada, sensible y empática, inclusive juguetona; o eso se decía de ella.
Lo cierto es que ambas tenían sus propias cualidades, pero eso no las separaba. Kaithlys siempre entendía a su hermana, inclusive si solo se tratara de un vistazo rápido, podía deducir cuando su hermana estaba en necesidad de algo o simplemente algo no iba bien. Años y años viviendo junto a ella y haciendo todo lo que pudiera juntas la ayudaron, además, a construir ese "lenguaje" que solo entre ambas se entendían. Daenyras, por otro lado, sabía perfectamente que ese acto de debilucha de Kaithlys era una farsa completa. Siempre buscando conseguir lo que quisiera mediante la manipulación mental y sin el contacto físico, ella sabía que habría hasta seducido previos sirvientes solo para conseguir lo que quisiera, incluso si el sirviente luego acababa muerto. Pero ella también sabía una cosa: a una sola persona no le mentía, y era a Daenyra.
Kaithlys se mantuvo más cercana a su madre cuando llegó a los años de su niñez más altos. Mientras Daenyras se volvía un pilar de combate imbatible, Kaithlys aprendía a moverse en las pistas de baile de alta nobleza. Poco a poco fue aprendiendo aquellas cualidades que no implicaban una espada o escudo; parecía transformarse en la mujer perfecta para una princesa ama de casa, y a su vez, aprendía y mejoraba sus métodos de manipulación y seducción con el objetivo de obtener lo que ella quisiera.
Inclusive a su edad actual, Kaithlys causaba algún que otro problema. Sin embargo, no estaba sola. En cuanto conseguía hacer que su hermana se uniera a sus travesuras, pocas veces eran atrapadas... y si lo eran, Daenyra se levanta como si ella fuera el escudo de su hermana, y se aseguraba de que no afrontara las consecuencias solas. Y cuando el castigo acababa... Kaithlys jamás dejaba a Daenyra sola; la melliza traviesa siempre llegaba con algo para ella, vease una joya de increíbles detalles, una comida o bebida que su hermana adoraba, o simplemente un cálido abrazo junto a unos palabras de aprecio.
Kaithlys era una manipuladora, dispuesta a aprovecharse de todos y usar los métodos más injustos o inapropiados. Sin embargo, hay una sola persona en este mundo a quien jamás manipularía, y mucho menos mentiría... y esa es su hermana, Daenyra.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.