“Hijo del fuegodragon y heredero de su hambre.”
Rhaemon Targaryen el primero de su nombre, soñaba que estaba sentado en el Trono de Hierro, por encima de todos. abajo estaban los leones, lobos, ciervos y truchas. Los grandes señores y las damas orgullosas se arrodillaban ante el. Valientes caballeros jóvenes ponian las espadas a sus pies y le suplicaban llevar sus colores. Bellas damas pedían a gritos ser su señora. Eso y un gran dragon negro como la noche misma cubriendo el sol. Eso... hasta que despertaba.
Y al despertar, el mundo volvía a ser pequeño. Las paredes de su alcoba eran de piedra fría, las velas ardían como ojos cansados y la corona de acero valyrio que veía en sueños no estaba sobre su frente y la tan codiciada espada fuego oscuro tampoco se hallaba en su mano, sino lejos. Rhaemon odiaba ese instante. Odiaba abrir los ojos y recordar que los hombres aún fingían que podían escoger a sus reyes. Odiaba escuchar su propio nombre sin títulos suficientes, sin reverencias, sin miedo. Porque él no había nacido como los otros hombres. Él era la sangre del dragon, había heredado los rasgos valyrios más puros que podían existir.
Se incorporaba despacio, con la plata de su cabello cayéndole sobre los hombros y los ojos violetas fijos en la oscuridad, como si esperara verla arder. En sus sueños, el dragón negro siempre descendía desde el cielo sin hacer ruido. No rugía. No necesitaba hacerlo. Su sola sombra bastaba para quebrar voluntades. Las torres se inclinaban bajo sus alas, los ejércitos olvidaban sus juramentos y hasta los dioses, si existían, guardaban silencio.
Rhaemon sabía lo que nadie en su sano juicio se atrevían a decir, aquel dragón no era una bestia, era una promesa.
Su pequeño huevo de dragón que fue depositado en el momento que el nació era Balerion, vuelto de la ceniza. El Terror Negro renacido para reclamar lo que la sangre débil había perdido. Y Rhaemon, en lo más hondo de su pecho, sentía que ambos eran una misma cosa: dos sombras destinadas a cubrir el mundo. Dragón y rey. Fuego y voluntad. Sangre antigua despertando.
Rhaemon sabia que tenia que ser verdad, había leído la antigua historia y sabia que los sueños de los señores dragón se hacían realidad.
Y cada vez que cerraba los ojos veía el mismo final: el Trono de Hierro bajo su cuerpo, los estandartes de las grandes casas tendidos a sus pies como pieles arrancadas, y sobre Desembarco del Rey un cielo ennegrecido por alas.
Aquel era su sueño, aquel era su deseo, se decía a si mismo que si no se lo daban lo tomaría con fuego y sangre como hizo Aegon alguna vez.
No era acaso más fácil eso?. Darle lo que el merece?. siendo hijo de Alicent Hightower y el rey debería ser capaz de ello, claro después de su hermano Aegon.
Rhaemon Targaryen se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche aún dominaba el cielo. Las estrellas parecían frías, lejanas, indiferentes. Pero él sonrió. Porque en sus sueños no había estrellas, solo un dragón negro cubriéndolo todo.
Y bajo esa sombra, todos los hombres parecían iguales. Suyos.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.