Así lo dejo escrito yo, que fui maestre menor de la Ciudadela destinado al servicio de Alto Jardín, para que quede constancia entre los anales de la Casa Tyrell de una mujer cuyo nombre, en los días en que comienza este relato, no significaba nada para nadie fuera de los muros de su propia casa. No hay aquí guerra que narrar, ni dragones que se enfrenten en el cielo, pues estos fueron años de paz, de los que los cantores hacen pocas canciones porque nada en ellos sangra. Y sin embargo, lector, algo se estaba forjando ya en aquella muchacha de pelo de cobre, algo que estas páginas, humildes como son, intentarán capturar antes de que el tiempo lo borre.
Comience esta crónica, como es debido, por el linaje, para que no haya confusión entre los que lean estas páginas en años venideros. Gobernaba entonces Alto Jardín, como la había gobernado su padre antes que él, el primogénito de Lord Matthos Tyrell, un hombre de temperamento sosegado que prefería los libros de cuentas a los torneos y que había heredado el asiento sin sobresalto alguno, como corresponde a un primogénito en tiempos de paz. Tenía este señor un único hijo varón, un niño de diez años llamado Lyonel Tyrell, heredero de Alto Jardín y de todo el Dominio, a quien esta crónica no se detendrá en describir, pues su papel en esta historia es, por ahora, el de un nombre en un árbol genealógico y nada más; ya tendrá tiempo de ganarse sus propias páginas cuando le llegue la edad de merecerlas.
Lord Matthos Tyrell había tenido, sin embargo, un segundo hijo varón, de nombre Ormund, y a los segundos hijos, como bien saben quienes han estudiado las costumbres de las grandes casas, rara vez les toca gobernar nada. Ormund Tyrell recibió en su lugar un feudo modesto dentro de las tierras de Alto Jardín, un séquito de caballeros suficiente para sostener su casa con dignidad, y el afecto discreto pero genuino de su hermano el Lord, que jamás dejó que su sobrino ni su hermano pasaran necesidad. De su esposa, fallecida al darla a luz, Ormund tuvo una sola hija, y ninguna otra descendencia: Lady Serenna Tyrell, de veinticinco años cuando comienza propiamente este relato, cabello del color exacto del cobre recién forjado y ojos de un verde que los maestres, en sus cartas a la Ciudadela, seguían sin encontrar palabra adecuada para describir.
Criarse como hija única de un segundo hijo es, según he podido observar en mis años de servicio, una posición extraña dentro de una gran casa: se pertenece a ella por completo y, al mismo tiempo, no se posee de ella ni un palmo de tierra propio. Serenna había crecido en los jardines de Alto Jardín con la misma libertad que su primo Lyonel, sentada a la misma mesa en las grandes ocasiones, llamada "prima" por el propio Lord con cariño verdadero; y sin embargo sabía, desde que tuvo edad de comprenderlo, que aquella pertenencia no le garantizaba nada. Un día el pequeño Lyonel gobernaría el Dominio entero. Ella, mientras tanto, no heredaría ni el feudo modesto de su padre, que por costumbre y ley pasaría a un primo varón más lejano si Ormund no volvía a casarse y engendrar un hijo. Esta certeza, sembrada temprano, fue la raíz de un miedo que Serenna llevaría consigo el resto de su vida: el miedo a no ser, en el fondo, nadie en particular. Una prima querida. Una invitada permanente en la casa de otro. Un nombre que, de faltar ella, tardaría muy poco en dejar de pronunciarse en las cenas familiares.
Fue precisamente ese miedo, entrelazado con el amor genuino que le profesaba, lo que llevó a Lord Ormund Tyrell a tomar la decisión que da inicio a esta crónica. Una tarde de finales del verano, hizo llamar a su hija a la pequeña sala de su torre, donde solía repasar las cuentas de su feudo a la luz de una vela, y le habló con la franqueza que solo permiten los padres que aman de verdad.
– Serenna – le dijo, sin rodeos, pues no era hombre de rodeos –, he recibido carta de tu tío. La reina necesita renovar el número de damas que la acompañan en la corte, y ha pedido a las grandes casas del reino que envíen hijas de buena cuna y mejor conducta. Tu tío ha ofrecido tu nombre.
Serenna, que hasta entonces había supuesto que pasaría el resto de sus días entre los jardines de Alto Jardín y las visitas ocasionales a las casas vecinas, sintió que el suelo de la torre se inclinaba levemente bajo sus pies, aunque no dejó que el rostro la traicionara.
– ¿Y qué he de hacer yo en Desembarco del Rey, padre, que no pueda hacer aquí?
– Vivir, hija mía. Vivir por ti misma, y no a la sombra de la mesa de tu tío. – Ormund se levantó y se acercó a la ventana, desde donde se veían los tejados dorados de Alto Jardín extendiéndose hasta el horizonte –. Aquí eres amada, no lo dudo, y jamás lo dudes tampoco tú. Pero eres amada como se ama a un mueble hermoso de la casa: con ternura, sí, pero sin necesidad. El día en que yo falte, y créeme que ese día llegará antes de lo que ambos desearíamos, mi feudo pasará a tu primo Willum y no a ti, pues así lo dicta la costumbre, y tú te quedarás siendo, para siempre, la prima de Lyonel, sin nada que puedas llamar tuyo. No quiero eso para ti. Quiero que en la corte encuentres lo que aquí jamás podrás tener: un lugar que hayas ganado tú misma, con tu propio nombre, y no el nombre prestado de esta casa.
– ¿Y si fracaso, padre? ¿Si en la corte no soy más que otra dama entre docenas, olvidada antes de que termine el primer año?
Ormund se volvió hacia ella, y en su mirada Serenna reconoció algo que rara vez veía en su padre: una tristeza antigua, cuidadosamente guardada.
– Entonces habrás fracasado como fracasan los valientes, hija, intentándolo, y no como fracasan los que se quedan quietos por miedo a intentarlo. Yo elegí quedarme quieto toda mi vida, contento con lo poco que me tocó, y no me arrepiento del todo, porque te tuve a ti. Pero no quiero para ti la misma quietud. Quiero que vayas a esa corte y que, cuando alguien pregunte algún día quién es Lady Serenna Tyrell, la respuesta no sea "la prima del Lord de Alto Jardín", sino un nombre que valga por sí solo.
No hubo más discusión aquella noche, aunque Serenna, ya en su cámara, permitió que las lágrimas que no había derramado ante su padre corrieran libres por fin, no de tristeza solamente, sino de ese miedo antiguo que ahora tenía, por primera vez, un lugar exacto donde clavarse: la corte, la gran corte de Desembarco del Rey, de la que tanto había oído hablar y que en sus pesadillas de niña se le aparecía siempre como una sala inmensa y fría donde nadie recordaba los nombres de quienes no llevaban corona.
El viaje comenzó pasada la fiesta de la cosecha, cuando los caminos del Dominio aún estaban secos y firmes bajo las ruedas de los carromatos. La comitiva que Lord Ormund reunió para escoltar a su hija no era pequeña, pues ni él ni su hermano el Lord de Alto Jardín estaban dispuestos a que la única hija de la casa cruzara medio reino con menos protección de la que merecía: doce caballeros jurados a la casa, entre ellos el joven Ser Denys Ashford, que se ofreció voluntario para la escolta antes de que nadie se lo pidiera; media docena de hombres de armas; dos carromatos cargados con sus arcones, sus vestidos y los regalos que Alto Jardín enviaba a la corte como muestra de buena voluntad —vino del Rejo, tejidos bordados con rosas de oro, un cofre de semillas raras para los jardines de la Fortaleza Roja—; una septa de edad avanzada, Septa Merryl, encargada de velar por la virtud y las devociones de la dama; y Elwyn, su doncella desde la niñez, que se negó en redondo a quedarse atrás cuando Serenna le preguntó, más por cortesía que por duda real, si prefería permanecer en Alto Jardín.
– Iré donde vayáis vos, mi señora – respondió Elwyn, con la misma sencillez con que habría respondido a cualquier otra pregunta –, aunque sea al fin del mundo. Desembarco del Rey no puede ser tan terrible como para hacerme cambiar de parecer.
El camino que tomaron fue el Camino de las Rosas, esa larga cinta de piedra y tierra apisonada que atraviesa el Dominio de sur a norte y que llevaría a la comitiva, con el tiempo, hasta las mismísimas puertas de Desembarco del Rey. Los primeros días fueron los más llevaderos: el Camino de las Rosas cruza tierras que pertenecen, directa o indirectamente, a la Casa Tyrell o a sus vasallos más leales, de modo que la comitiva pernoctó las primeras noches en castillos amigos, donde Serenna fue recibida con las atenciones debidas a su sangre y donde, por primera vez, comenzó a advertir el efecto que su sola presencia causaba en quienes la veían por primera vez. En Bosquespeso, el hijo menor del castellano, un muchacho de apenas dieciséis años, se quedó tan absorto contemplándola durante la cena que volcó una copa de vino entera sobre el mantel, y pasó el resto de la velada carmesí de vergüenza sin que Serenna, con la delicadeza que ya empezaba a serle natural, hiciera comentario alguno que agravara su bochorno.
Pasado Bosquespeso, el camino se volvió más solitario y más largo de lo que Serenna había imaginado jamás. Cruzaron el Mander por el puente de Vado Ceniza, donde el río corría ancho y pardo bajo un cielo cargado de nubes tempranas de otoño; atravesaron los campos de labranza que se extienden alrededor de Bastión de Tormentas hasta donde alcanza la vista, campos que en aquella estación estaban ya segados y daban al paisaje un aire de abandono que a Serenna, sensible como era a esas cosas, le encogió el ánimo más de lo que habría querido admitir; durmieron más de una noche en posadas de camino cuyo confort no se parecía en nada al de un castillo, y otras bajo tiendas de campaña levantadas junto al camino mismo, con los caballeros haciendo guardia por turnos y el frío colándose bajo las mantas pese al brasero.
Fue en una de esas noches de campamento, a menos de una semana de dejar atrás las tierras seguras del Dominio y adentrarse en los límites boscosos que preceden al Bosque Real, cuando Ser Denys Ashford encontró a Serenna despierta junto a las brasas del fuego, mucho después de que el resto de la comitiva se hubiera retirado a descansar.
– Deberíais dormir, mi señora. Mañana el camino es largo.
– Todos los días de este viaje el camino es largo, Ser Denys – respondió ella, sin apartar la vista de las llamas–. Empiezo a pensar que lo será también cuando lleguemos, aunque de otra manera.
– ¿Teméis la corte?
Serenna guardó silencio un momento antes de responder, sopesando cuánto de la verdad estaba dispuesta a compartir incluso con un hombre en cuya lealtad confiaba tanto como en la suya propia.
– Temo llegar a un lugar donde nadie sepa quién soy, Ser Denys, y descubrir que tampoco les importa demasiado averiguarlo. Aquí, en el Dominio, soy la hija de Lord Ormund, la prima del heredero, alguien reconocido apenas cruza una puerta. Allí seré una muchacha más entre las docenas que la reina reúne a su alrededor, y tendré que labrarme un nombre desde el principio, sin la ventaja de la sangre que aquí me abre camino sin esfuerzo.
– Con perdón, mi señora, pero dudo mucho que paséis inadvertida en ninguna sala a la que entréis.
Ella sonrió, la primera sonrisa sincera que se le veía en varios días de camino.
– Eso, Ser Denys, es justamente lo que me da miedo. Que se fijen en mí por una sola razón, y que esa razón no baste para que me recuerden cuando la belleza, con los años, se marchite. Prefiero que tarden en notarme y que, cuando lo hagan, sea por algo que pueda conservar más tiempo que un rostro. Ser Denys no supo qué responder a aquello, y Serenna tampoco esperaba respuesta; se limitó a atizar el fuego con una rama seca y a quedarse mirando las chispas ascender hacia un cielo sin luna, hasta que el sueño, por fin, la venció.
Dejaron atrás el Dominio por el paso de Bitterbridge, donde el Camino de las Rosas cruza el río Mander por segunda y última vez antes de internarse en las tierras que ya pertenecen, por costumbre más que por frontera visible, a la Corona. Allí la comitiva se detuvo tres días para que los caballos descansaran y para que Serenna, agotada por semanas de camino, recobrara algo de las fuerzas que la incomodidad del viaje le había ido robando poco a poco. Fue en Bitterbridge donde, por primera vez, Serenna vio ondear estandartes que no reconocía, de casas menores del sur de las Tierras de la Corona que también viajaban hacia Desembarco del Rey por motivos propios, y comprendió, con una claridad que se le asentó en el pecho como una piedra fría, que a partir de ese punto el camino ya no la devolvería jamás al mundo pequeño y seguro en que había crecido.
El último tramo del viaje, desde Bitterbridge hasta las puertas de la capital, resultó ser el más arduo de todos. El Camino de las Rosas se estrechaba entre colinas boscosas, y más de una vez la comitiva tuvo que reducir la marcha para permitir el paso de los carromatos por sendas que apenas merecían el nombre de camino. Llovió durante cuatro días seguidos poco antes de llegar al Bosque Real, y Serenna, envuelta en pieles dentro de su litera, escuchó el repiqueteo constante de la lluvia contra la lona mientras repasaba, una y otra vez, todo lo que su septa y las cartas de su tío le habían enseñado sobre el protocolo de la corte: a quién debía hacer reverencia y hasta qué profundidad, qué títulos correspondían a cada miembro del Consejo Privado, cómo dirigirse a la reina si tenía la fortuna – o la desgracia, pensaba a veces, en sus momentos de mayor desánimo – de que esta reparara en ella.
Cruzaron por fin el Bosque Real, donde la comitiva avanzó en silencio más cauteloso, pues se decía que en aquellos bosques aún merodeaban proscritos pese a la paz del reino, y finalmente, en una mañana fría de comienzos de invierno, tras casi seis semanas de camino desde que dejaran atrás las puertas de Alto Jardín, Lady Serenna Tyrell avistó por primera vez, a lo lejos, las murallas de Desembarco del Rey y, sobre ellas, la mole oscura y desigual de la Fortaleza Roja recortada contra un cielo gris de invierno temprano.
– Es más grande de lo que imaginaba – murmuró Elwyn, asomada a la ventanilla de la litera junto a su señora –. Y más fea, si me permitís decirlo, mi señora. No tiene la gracia de Alto Jardín.
– No – convino Serenna, sin apartar los ojos de la fortaleza que se alzaba, cada vez más cercana, como un anuncio de todo lo que estaba por venir –. Pero será mi casa durante algún tiempo, Elwyn, así que más vale que aprenda a encontrarle algo de gracia, aunque tenga que buscarla con mucho cuidado.
De su llegada a la corte del rey Viserys, esta crónica dará cuenta con la brevedad que corresponde a los comienzos modestos, pues nada hay de extraordinario que narrar todavía, y sería deshonesto por parte de este cronista adornar con grandeza lo que, en aquellos primeros meses, no fue sino la historia común de una dama más entre las muchas que la reina había convocado a su servicio. Fue presentada ante el rey y la reina en una audiencia breve y protocolaria, una entre una veintena de nuevas damas presentadas aquella misma semana, y si el rey Viserys, ocupado como estaba siempre en asuntos de mayor peso, reparó en ella más de lo que reparaba en cualquier otra hija de un gran señor del reino, esta crónica no tiene constancia de ello ni se atreve a inventarlo. Se le asignó una cámara modesta en el ala destinada a las damas de compañía, compartida con otras dos jóvenes de casas menores, y un lugar discreto entre el séquito de la reina, donde sus tareas consistían, en su mayor parte, en leer en voz alta, bordar, acompañar en paseos por los jardines y aprender, con paciencia, los mil pequeños códigos no escritos que gobiernan una corte y que ningún maestro puede enseñar del todo por adelantado.
Sus primeras amistades en Desembarco del Rey no fueron con grandes señores ni con nadie cuyo nombre haya de recordar la Historia, sino con gente de importancia menor, como corresponde a quien recién llega y aún no ha demostrado nada: Lady Jeyne Merryweather, hija de un lord de las Tierras del Oeste tan modesto que apenas se le mencionaba en las crónicas de su propia región, con quien Serenna compartía cámara y con quien pronto entabló la primera amistad genuina que había hecho fuera de los muros de Alto Jardín; un joven escudero de la Guardia, de nombre Peret, hijo segundo de un caballero de las Tierras de la Corona, que se ofrecía siempre a acompañarla en sus paseos por los jardines de la Fortaleza Roja con una devoción tan evidente como inocente, y a quien Serenna trataba con la misma cortesía cuidadosa que ya había perfeccionado con Ser Denys, sin darle jamás motivo de esperanza que no pudiera sostener; y el viejo maestre Aldrick, encargado de la biblioteca de la Fortaleza Roja, quien descubrió con sorpresa que aquella dama del Dominio, a diferencia de la mayoría de sus compañeras, pasaba tanto tiempo entre los libros de cuentas y de historia como entre las sedas y los bordados, y que comenzó a guardarle, sin que ella lo pidiera, los volúmenes que consideraba podían interesarle.
No hubo, en aquellos primeros meses, negociación alguna que registrar, ni corazón roto de gran señor, ni intriga que merezca el nombre de tal. Hubo, sí, las primeras señales, apenas visibles para quien no supiera dónde mirar, de la mujer en que Serenna llegaría a convertirse: la manera en que escuchaba más de lo que hablaba en las reuniones del séquito de la reina, guardando en la memoria cada nombre, cada alianza, cada rencor antiguo entre las familias representadas en la corte; la paciencia con que soportaba los desaires menores que toda recién llegada sufre de las damas ya asentadas, sin jamás responder con otra cosa que cortesía impecable, de modo que quienes la despreciaban al principio se encontraban, meses después, sin argumento alguno para seguir haciéndolo; y aquel miedo antiguo, el miedo a no ser nadie, que en lugar de paralizarla la empujaba, noche tras noche, a aprender un poco más, a observar un poco mejor, a no desperdiciar ni una sola oportunidad de hacerse indispensable en las pequeñas cosas, confiando en que las grandes, con el tiempo, llegarían solas.
– Ninguna dama del Dominio ha llamado tanto la atención en tan poco tiempo sin proponérselo – le comentó una tarde Lady Jeyne, mientras ambas bordaban junto a una ventana del ala de las damas –. La mitad de los escuderos de esta fortaleza suspiran por vos, Serenna, y ni siquiera parecéis daros cuenta.
– Me doy cuenta perfectamente, Jeyne – respondió Serenna, sin levantar la vista de su bordado –. Pero suspirar por un rostro es fácil y no cuesta nada, y yo no he venido a esta corte a coleccionar suspiros. He venido a hacerme un nombre que dure más que mi cara. Lo demás vendrá o no vendrá, pero no pienso construir mi lugar aquí sobre algo tan frágil como que alguien me encuentre hermosa.
Fueron estas las primeras semanas de Lady Serenna Tyrell en la corte del rey Viserys: modestas, pacientes, casi anónimas para quien las contemplara desde fuera, pero cargadas ya, para quien supiera leer con atención, de la firmeza tranquila que con los años terminaría por hacer de ella algo más que una prima olvidable de la Casa Tyrell. De lo que vino después, si los dioses y la Ciudadela me conceden tiempo y tinta suficientes, dará cuenta otro volumen de esta misma crónica. Por ahora, baste con que quede escrito el principio: una muchacha de veinticinco años, hija de un segundo hijo, que cruzó medio reino con el miedo por compañero y llegó a una corte que _**aún no sabía su nombre, dispuesta a que, tarde o temprano, lo aprendiera.
Aqui termina, por ahora, este primer registro de la Crónica de la Rosa de Cobre.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.