Coste
Intención almacenada — se gasta y se agota con cada uso
Límite
Al infundirse, el cuerpo exhala color y delata que se va a actuar
Borrador a partir de tu propio texto — reescríbelo a tu voz cuando quieras.
Qué es. Todo cuanto existe vibra, y esa vibración tiene color: el viento danza en violetas y azules, los cuerpos laten en negros y rojizos, la piedra guarda su propio ritmo. Quien domina la Intención aprende a percibir esas vibraciones y a vibrar en correspondencia con ellas para alterarlas.
El coste. La Intención se gasta y se agota. Tras una batalla, apenas queda. Percibir, volar, afinarse con la piedra: todo consume.
Fragmentos resonantes. De los cuerpos muertos con Intención nacen, con los años, fragmentos de cristal donde bailan mil colores a la vez. Quien vibra en armonía con uno se funde con él —sus latidos con los del fragmento, sus colores propios— y absorbe la Intención almacenada.
El delator. Al infundirse de Intención, el cuerpo la exhala como aliento de color: avisa de que su portador está a punto de actuar. Don y condena a la vez, pues lo vuelve predecible.
Lo que permite. Ver las vibraciones del mundo; reorientar la propia gravedad para volar con el viento; afinarse con los elementos.
Herencia y dilución. La Intención no se crea: nació entera con el mundo, de la mano del dios que lo hizo, y desde entonces solo mengua. Nadie la engendra de la nada — solo se hereda por sangre, se traspasa en vida o se roba a quien la porta (o a los fragmentos que dejan los muertos). Por eso cada generación vibra un poco más débil que la anterior: lo que se reparte, se diluye. Los linajes más viejos aún guardan rescoldos de aquella Intención primera, y con ellos, vidas mucho más largas de lo que el mundo concede.