Se supone que no debo escribir esto. Los Guardadores guardamos en cobre, no en papel; el papel se quema, se moja, un obligador lo confisca con solo mirarlo torcido, y un mineral bien alimentado no olvida jamás una palabra que le hayamos confiado, ni delata a quien la guarda con solo ser encontrado en un bolsillo equivocado. Tindal, mi maestro, dice que un cuaderno es una vanidad de quien no confía en su propia memoria de cobre, y que además es una estupidez peligrosa en un mundo donde poseer la letra equivocada en el papel equivocado puede costarte la lengua, cuando no el cuello entero. Probablemente tiene razón, como la tiene casi siempre. Pero hay cosas que no quiero guardar en mis mentecobres todavía. Hay cosas que quiero poder tachar antes de que sean eternas. Me llamo Feltren. Hijo de Doreth, del linaje de los Cor, nacido en las tierras altas de Terris hace treinta y un años, que para uno de los míos es una edad razonable, ni joven ni venerable, la edad en la que ya no te preguntan cuándo vas a sentar cabeza sino cómo sigues con vida. Visto la túnica gris de sirviente, como todos los hombres de mi pueblo, y no la visto por costumbre ni por nostalgia, como quizá la vestirían mis nietos si el mundo cambiara alguna vez lo suficiente para que tuviera sentido llevarla por elección, y donde hubiera algo de sentido el traer descendencia a este penumbro mundo. La visto porque soy, ante los ojos de la Gran Casa Ehren, a la que sirvo como mayordomo de sus propiedades del Dominio Central, exactamente lo que la túnica dice que soy: un siervo terrisiano, útil, discreto, sin ambición propia más allá de administrar bien la despensa de mi señor. Eso es lo que ven. Es, en algunos aspectos que no me gusta enumerar por escrito ni siquiera aquí, lo que soy legalmente, lo que el Ministerio de Acero decidió hace generaciones que debíamos ser todos los hombres de mi pueblo, cuando decretaron que nuestra estirpe se administrara con la misma frialdad con que se administra el ganado de cría, para que jamás volviéramos a ser una amenaza para nadie. No voy a escribir más sobre eso esta noche. Algunas heridas de mi pueblo son tan viejas y tan comunes que hablar de ellas en detalle sería como explicarle a un pez que el agua está mojada; todos los que llevamos esta túnica la cargamos igual, en el cuerpo y en la memoria, y no necesito repetírmelo para recordarlo. Lo que la túnica no dice, lo que ningún obligador ha sabido leer jamás en mi rostro sonriente y mi media reverencia perfecta, es lo otro que soy: Guardador del Sínodo, especialista en la disciplina de la Piedra. Y ser ambas cosas a la vez, siervo de un noble por decreto y Guardador de un saber prohibido por vocación, es un ejercicio de equilibrio que llevo practicando desde que tenía dieciséis años y un hermano mayor del claustro clandestino me encontró dibujando, a escondidas, en el reverso de una lista de la compra, el trazado de un arco que había visto derrumbado en las tierras de mi señor. Me preguntó por qué lo dibujaba. Le dije que quería entender por qué se había caído. No me delató. En vez de eso, unas semanas después, me llevó de noche a un sótano bajo una curtiduría, y allí, entre el olor a cuero y a mentiras necesarias, conocí por primera vez a los hombres y mujeres que guardan lo que el Imperio Final preferiría que olvidáramos.
Mido una cabeza más que la mayoría de mis hermanos, cosa que Tindal atribuye a algún capricho de la sangre, y soy más fuerte de lo que se espera de los de mi pueblo, que solemos ser enjutos como juncos. No soy silencioso, aunque el oficio de siervo y el oficio de Guardador clandestino deberían, ambos, enseñarme a serlo. Hablo demasiado, bromeo demasiado, sonrío con una facilidad que mis hermanos del claustro consideran, a partes iguales, un don social y un riesgo de seguridad. Puede que tengan razón en ambas cosas. Un hombre que hace reír a los capataces de mi señor es un hombre en el que nadie sospecha nada; también es un hombre que un día, por pura costumbre, podría decir de más delante de quien no debe oírlo. Vivo con ese miedo desde hace quince años. Empiezo a sospechar que viviré con él el resto de mi vida, sea esta larga o, lo cual, en mi oficio, es siempre la otra posibilidad razonable… muy corta. Lo que guardo, entre las muchas cosas que un Guardador puede guardar, es peligroso de un modo particular. Guardador de la Piedra: aprendí y guardé como mis propios sentimientos el cómo se levantaban las catedrales de antes de la Ascensión del Señor Legislador. Cómo trazaban los ingenieros de eras que el Imperio ha decidido oficialmente que nunca existieron sus acueductos, sus laberintos bajo tierra, sus fortalezas de contrafuertes imposibles.
Y, porque el conocimiento no elige quedarse a medias, cómo se derrumbaba todo aquello. Los puntos de tensión. Las claves de bóveda que, si sabes dónde golpear, convierten un templo entero en escombros en el tiempo que tarda un hombre en respirar tres veces. En cualquier época sería un saber incómodo para guardar. Bajo el Señor Legislador, que ha construido su imperio entero sobre la idea de que ninguna muralla, ningún poder, es nunca vulnerable, es un saber que, si cae en manos equivocadas, o si simplemente se sabe que existe en las manos que ya lo tienen, puede desatar sobre mi cabeza y sobre las de todo mi claustro algo mucho peor que el desprecio, la muerte y la extinción.
Hoy me han hecho llegar la señal. Un hilo rojo atado al asa de mi jarra de la cena, invisible para cualquiera que no supiera buscarlo. Significa que el Sínodo, o lo que queda de él, disperso en sótanos y establos y cámaras sin nombre bajo media docena de Grandes Casas que ni siquiera sospechan lo que albergan sus cimientos quiere verme esta noche. Escribiré lo que pase. Organizaré mis recuerdos y la información de la reunión en mis mentecobres de reserva pues necesito tener esta información para guardarla, no olvidarme de la reunión que por desgracia está a punto del colapso.
Ha pasado un tiempo desde que escribí en este diario que llevo conmigo, me han enviado a Ost-Kalyen. Diré primero lo que sé, para que si alguna vez alguien, yo mismo, dentro de veinte años, con la memoria ya cargada de tanto cobre que ni recuerde haber escrito esto, si es que vivo veinte años más, cosa que en mi oficio nunca se da por sentada, lee estas páginas, entienda por qué se me aceleró el pulso al oír el nombre.
Hoy había una nueva reunión, como es de costumbre, me avisaron en secreto y a mi parecer, hoy no se pareció en nada a lo que un forastero imaginaría al oír la palabra "Sínodo". No hubo salón, ni túnicas ceremoniales, ni ancianos sentados en semicírculo bajo runas iluminadas. Hubo un establo, tres velas, y cinco personas, contándome a mí, que llevábamos, entre todas, más de un siglo de práctica en no parecer nunca lo que somos. El propio hecho de reunirnos así, de noche, tan pocos, es en sí mismo la prueba más elocuente de en qué nos ha convertido este Imperio: en un pueblo que guarda su memoria escondiéndola de sí mismo, con más miedo del descubrimiento que orgullo por lo que protege.
Ost-Kalyen es una ruina en los territorios del norte, más allá de las últimas fincas reconocidas en los registros de las Grandes Casas, en una tierra tan pobre y tan gris que ni siquiera el Ministerio se molesta en patrullarla más de dos veces al año. Los pocos textos que la mencionan, y son pocos, y son extrañamente ilegibles, lo cual en un Sínodo que atesora hasta la lista de la compra de un siervo muerto hace tres siglos, la describen como una fortaleza-templo, construida antes incluso de que el Señor Legislador subiera al Pozo de la Ascensión y volviera convertido en lo que hoy gobierna el mundo. Una construcción imposible para su época, dicen los fragmentos: contrafuertes que no deberían sostenerse, cimientos que se hunden cuarenta varas bajo la roca viva, una cúpula central que, según el único dibujo que se conserva, hecho, por cierto, no por un arquitecto sino por un soldado, en el reverso de una orden de marcha tan vieja que el papel se deshace al tocarlo, no debería poder mantenerse en pie con la tecnología de su tiempo.
Y sin embargo se mantiene. O se mantenía, hace dos años, cuando un cazador al servicio de la Gran Casa Tresting, buscando plata en las llanuras, la localizó y tuvo el buen juicio, el terror, más bien, cualquier hombre sensato bajo este Imperio ha aprendido a temer lo que no entiende, de no tocar nada y limitarse a informar de unos símbolos extraños tallados en su umbral, símbolos que su señor, aburrido y curioso a partes iguales, mencionó de pasada en una cena a la que, por una casualidad que no puedo llamar casualidad sin sentir un escalofrío, asistía un mayordomo de otra casa que resultó ser hermano nuestro. Así funcionamos. Migajas, susurros, casualidades cultivadas durante generaciones.
Me han elegido a mí porque soy, según Tindal, "el único idiota de este claustro capaz de pasarse tres semanas metido en un agujero sin quejarse del frío, y el único capaz de saber si el techo va a caernos encima antes de que nos caiga encima." Lo dijo con esa media sonrisa suya que nunca sé si es cariño o resignación, y yo le respondí que ambas cosas eran ciertas y que le echaría de menos, y él puso los ojos en blanco como hace siempre que intento hacerle reír y no lo consigo del todo. Mi señor de la Gran Casa Ehren, por su parte, cree que voy al norte a inspeccionar unas canteras de piedra caliza que podrían interesarle para ampliar su casa solariega. No es del todo mentira. Es, como casi todo en mi vida, una verdad cuidadosamente incompleta.
Pero hay algo más, algo que Tindal no dijo delante de los demás en el establo y que me dijo después, en la oscuridad del callejón, con la voz baja que reserva para cuando quiere que le tome en serio y no puede permitirse que nadie más lo oiga.
– Feltren. Vas a encontrar cosas que no están en ningún mentecobre de este claustro. Cosas que no están porque alguien, hace mucho, decidió que no debían estar. Yo no sé qué son. Nadie de los que viven hoy lo sabe. Pero quiero que sepas, antes de que te vayas, cuál es tu obligación cuando las encuentres.
– Guardar – le dije, porque es lo que se supone que debo decir, lo que nos enseñan desde niños en el claustro, susurrado en sótanos en vez de tallado sobre ningún dintel, porque ya no nos queda ningún dintel propio sobre el que tallar nada: Conocer todo. No juzgar nada. Preservar sin alterar. Tindal no sonrió esta vez.
– Guardar – repitió –. Sí. Eso es lo que se supone que debes decir.
No me gustó cómo lo dijo. Salgo mañana antes del alba, con los papeles de la cantera cosidos al forro de mi abrigo y la verdad cosida, mucho más hondo, en algún lugar que ningún obligador sabe registrar todavía.
Tres días de marcha y ya he discutido con el guía, un buscador de las tierras bajas llamado Ossen, contratado oficialmente por mi señor para acompañarme a las supuestas canteras y en realidad pagado, en secreto, con una bolsa que jamás pasará por ningún libro de cuentas de la Casa Ehren. Cobra por milla y no por conversación, cosa que le agradezco cada vez que abre la boca. Le pregunté si sabía por qué a esta zona la llaman, en los mapas viejos que sobrevivieron a las quemas de hace un siglo, "la Tierra sin Nombre", y me dijo que no le pagaban por saber cosas, solo por caminar delante de ellas y por no hacer preguntas sobre por qué un mayordomo terrisiano necesita tanto sigilo para mirar unas rocas. Un hombre honesto, a su manera. También un hombre que sabe, sin que se lo hayamos dicho con esas palabras, que lleva algo más peligroso que piedra caliza colgado del viaje que ha aceptado.
He tenido tiempo de pensar, que es peligroso para alguien como yo, acostumbrado a que mi boca rellene los silencios antes de que mi cabeza tenga ocasión de llenarlos de otra cosa. Pienso en lo que dijo Tindal. Pienso en el primer pilar. Conocer todo, no juzgar nada, preservar sin alterar. Nos lo susurran desde que aprendemos a leer las runas de cobre en la oscuridad, desde antes incluso de que elijamos disciplina: el Guardador no es un juez, es un arca. Guarda la crueldad de un tirano con la misma devoción con que guarda la compasión de un santo, guarda la receta de un veneno con la misma letra cuidadosa con que guarda la cura, porque el día que empezamos a decidir qué merece ser recordado y qué merece ser olvidado, dejamos de ser Guardadores y nos convertimos en otra cosa. En señores. En sacerdotes. En un Ministerio de Acero con biblioteca propia, aunque sea una biblioteca del tamaño de un puñado de sótanos. Yo he creído esto toda mi vida sin cuestionarlo, del mismo modo en que uno cree que el sol, si es que algo así existe todavía detrás de la ceniza permanente, sigue saliendo cada mañana aunque no podamos verlo. Pero mi disciplina, la Piedra, me pone en un lugar extraño dentro de esa fe, más extraño incluso ahora que antes de la Ascensión del Señor Legislador, cuando el saber que guardo podía al menos discutirse como una curiosidad académica. Hoy, si un obligador encontrara en mi cobre no ya la memoria de cómo se levanta una muralla sino la memoria de cómo se derrumba, no habría discusión académica posible. Habría una hoguera, o algo peor, y no solo para mí. Se lo dije una vez a Tindal, hace años, con el miedo aún fresco de un muchacho que necesitaba que sus maestros le tranquilizaran. Le pregunté: ¿y si alguien viene a nosotros pidiendo saber cómo se derrumba una muralla, no por curiosidad, sino porque quiere que caiga de verdad, con soldados del Señor Legislador detrás?
Me dijo que ese era el precio del primer pilar. Que preferíamos correr ese riesgo antes que convertirnos en carceleros del saber, porque un carcelero del saber siempre termina decidiendo, tarde o temprano, qué saber merece la cárcel, y esa decisión, dijo, ha servido más veces de las que nos gusta admitir para justificar imperios enteros, incluido, aunque él no lo dijera en voz tan alta, el que hoy nos gobierna. No sé si tenía razón entonces. No sé si la tiene ahora. Pero mañana llegamos a Ost-Kalyen, y algo me dice que voy a tener que responderme esa pregunta con algo más que teoría de sótano.
Pasaron días…
La vi antes de llegar a ella, asomando entre dos crestas grises como un diente roto en una mandíbula de piedra, y confieso que se me escapó una palabrota que hizo que Ossen, por primera vez en el viaje, sonriera. Es magnífica. Lo diré así, sin pudor, porque quien lea esto algún día merece saber que a pesar de todo lo que vino después, el primer sentimiento que tuve ante Ost-Kalyen fue de un asombro casi religioso, palabra peligrosa, lo sé, en un mundo donde solo se permite una religión y un solo dios con voz de hierro, multiplicado por diez respecto a cualquier ruina que hubiera estudiado antes. He pasado la tarde entera caminando su perímetro con el corazón en la garganta, esperando en cada momento el ruido de cascos de una patrulla que probablemente nunca vendrá, pero que mi oficio me ha enseñado a temer de todos modos. La cúpula central, contra todo lo que dictaría mi propia disciplina, sigue en pie. Los cimientos no distribuyen el peso como debieran; deberían haberse hundido, deberían haberse partido por la mitad hace siglos, y sin embargo la piedra respira, si se me permite la palabra, como si algo, en algún lugar bajo tierra, siguiera sosteniéndola de un modo que ningún arquitecto pre-Ascensión debería haber conocido. Y luego están los símbolos del umbral. El cazador que la encontró dijo que ningún erudito de su señor supo leerlos, lo cual no es sorprendente, porque a los eruditos autorizados por el Ministerio no se les permite leer casi nada de antes. Yo tampoco puedo leerlos del todo, pero hay algo en su forma, en la disposición de sus trazos, que me resulta perturbadoramente familiar. Se parecen, no son iguales, pero se parecen, como un hijo se parece a un padre que no ha visto crecer, a las runas que usamos nosotros en el claustro. Nuestras runas de cobre, las que aprendimos a esconder dentro de motivos decorativos inofensivos, bordados en el dobladillo de una túnica de sirviente donde ningún obligador se molesta en mirar dos veces. Esto no debería ser posible. Que una fortaleza construida antes de la Ascensión misma, en tierra que entonces no pertenecía siquiera a la idea de Terris como hoy la entendemos, lleve tallado algo que se parece a nuestra escritura secreta, es como encontrar el nombre de tu abuela escrito en una lápida más vieja que el mundo.
He decidido no memorizar esto en cobre todavía. Se lo confieso a este cuaderno, a nadie más, por ahora, aunque lo he memorizado en mis mentecobre personales, las que uso para mis conocimiento arquitectónico, he creado carpetas para hacerme un índice, así puedo hacer mejor mi memoria y encontrar todo lo que necesito, empiezo esta nueva carpeta con el nombre de; Runas Pretéritas... No sé por qué corro ese riesgo en vez del otro. Tindal me dijo que guardara. Y lo haré. Pero primero quiero entender qué es lo que estoy guardando, porque algo en mi pecho, algo que no tiene nada que ver con la lógica de puntos de tensión que gobierna el resto de mi mente, me dice que esta vez guardar sin más podría no ser tan inocente como me han enseñado que es. Cinco días dentro de Ost-Kalyen y he encontrado la primera sala que no debería existir. Está bajo la cúpula, al final de una escalera que el plano del soldados, el único dibujo que teníamos, ni siquiera insinúa, oculta tras lo que a cualquier ojo no entrenado le parecería un simple muro de carga. A mí no. A mí me pareció, desde el primer momento, un muro que mentía. Los muros de carga de verdad tienen una lógica, una necesidad; este estaba ahí porque alguien quería que estuviera ahí, no porque el edificio lo necesitara. Tardé dos días en encontrar el punto de tensión correcto, el lugar exacto donde mil años de erosión habían debilitado justo lo suficiente el mortero como para que un hombre fuerte, con las herramientas adecuadas y sin ninguna prisa, pudiera abrir un hueco sin que la cúpula entera se le viniera encima. Ossen se negó a bajar conmigo, y no volvió a preguntarme qué buscaba realmente en una cantera de piedra caliza. Sospecho que ya lo sabía, o que había decidido, con la sabiduría de quien lleva años trabajando para nobles con secretos, que era mejor no saberlo del todo, aún no sé porque me fío de él, es un contratado, pero parece confiable, creo que viviré aunque sepa mi secreto, mi deseo de saber qué encontraré ahí abajo.
La sala es circular, tallada directamente en la roca, y sus paredes están cubiertas, de suelo a techo, de las mismas runas del umbral. Pero aquí hay algo más: en el centro, sobre un pedestal que el tiempo apenas ha tocado, hay una placa. Metal, no piedra. Y no es cualquier metal. Es cobre. He pasado horas mirándola sin tocarla, con el corazón latiéndome de un modo que no tiene nada que ver con el esfuerzo físico de la excavación. Un Guardador de mi claustro sabe reconocer que las coincidencias a menudo no son normales, hay algo detrás, estadística o tal vez azar predilecto; la comprensión es el primer ejercicio que nos enseñan, siempre con la mente abierta para poder interpretar todo y guardar todo para la posterioridad, siempre pensando al futuro de la sociedad. Y esta placa está sin tallar. No sé porqué. No me he atrevido a averiguarlo, pero las coincidencias no son codiciosas siempre, a veces siguen una línea fina de destino. Pero está ahí, esperando, desde antes de que existiera el Sínodo clandestino que me enseñó a leer y pensar, desde antes de que el Señor Legislador subiera a ningún Pozo, desde, me atrevo a escribirlo aunque me tiemble el pulso, antes de que mi pueblo fuera lo que hoy es, esclavos.
¿Quién guardaba memoria aquí una fina plancha de cobre, porqué lo haría realmente?
Esta noche no voy a dormir bien. Un inquietante sentimiento me tiene acorralado, no sé porque me avasalla, pero me asusta.
He extraído la placa, llevándola oculta.
Sé que debería haber esperado. Sé que el protocolo exige que cualquier hallazgo de esta magnitud sea comunicado al Sínodo antes de manipularlo, que un solo Guardador, por experimentado que sea, no tiene autoridad para decidir en solitario qué hacer con algo que podría reescribir lo que sabemos sobre nuestra propia historia. Lo sé, y lo hice de todos modos, y no voy a fingir en estas páginas, que son las únicas donde puedo permitirme no fingir, que la razón fue puramente intelectual, fue por descubrir el porqué...
La razón fue que tuve miedo de que, si esperaba a que llegaran refuerzos, a que llegaran mis superiores, lo cual, dado lo disperso y lo cauteloso que se ha vuelto nuestro Sínodo bajo este Imperio, podría significar meses, o nunca, lo he hecho con la mejor de las intenciones, sé que hay ciertas cosas que son mejor no desenterrarlas mientras el mundo siga siendo tan peligroso como es. Y una parte de mí, la parte que ama la arquitectura precisamente porque cada piedra cuenta una verdad que nadie puede negociar ni siquiera un Señor Legislador, no pudo soportar esa posibilidad, debía actuar.
Ost-Kalyen fue construida por los primeros. Un bastión anterior al Imperio Final, levantado para defender un saber y una forma de vida que sus constructores consideraban demasiado importante para entregarla sin lucha.
Pero he de irme hoy… Esto puede ser peligroso para mi y mi culto.
Tres días sin escribir nada, ni en papel ni en memoria. Ossen empieza a mirarme raro, y no se lo reprocho; debo de parecer un hombre que ha visto un misterio, porque en cierto modo lo he visto, he de descubrirlo.
He intentado, con la disciplina que se supone que define a un Guardador, apartar el sentimiento de la responsabilidad, separar el hecho histórico del peso que le he puesto encima. No lo consigo. Llevo toda mi vida adulta creyendo que mi disciplina, la más incómoda quizá de todas las que reconoce el Sínodo, existía por una razón noble aunque contradictoria: guardábamos el saber de la destrucción para que nunca se perdiera del todo el conocimiento de la construcción, porque uno no existe sin el otro. Me contaba a mí mismo, sin decírmelo con estas palabras exactas, que era un guardián de un equilibrio, no un heredero de un crimen que además resultó, con una eficacia que me revuelve el estómago, exitoso. Y ahora esto. Ahora la posibilidad, no la certeza, la memoria es fragmentaria y quizá parcial, un Guardador debería recordar siempre que una sola fuente no es la verdad, solo un testimonio, de que mi disciplina nació no de la contemplación filosófica de una dualidad elegante, sino del uso muy concreto y muy sangriento de un conocimiento arquitectónico para aplastar a otros que se negaban a comprar la supervivencia al precio de desaparecer. He pensado mucho en Tindal estos días. En lo que me dijo en el callejón, tan bajo que casi tuve que leérselo en los labios. "Vas a encontrar cosas que no están en ningún mente de cobre de este claustro. Cosas que no están porque alguien, hace mucho, decidió que no debían estar." Él lo sabía. O sospechaba. O temía. No lo sé, y no puedo preguntárselo desde aquí, y una parte cobarde de mí se alegra de la distancia, porque no sé qué le diría, y no sé qué me diría él. Han pasado días desde que escribí otra vez en este pequeño cuaderno, que hoy, gracias a todas las religiones que una vez me contó Sazed, confío en él religiosamente, alguien lo leerá, alguien comprenderá de mi labor para esta sociedad, la cual está perseguida por aquel Tirano, llamado Lord Legislador. Mi cuaderno lo escribo a medida que relleno mis mentecobres con la información más esencial de mi vuelta a los territorios de mi señor, intento hablar con Ossen, intentando que evada sus sospechas sobre mi comportamiento, sabe que ando dubitativo conmigo mismo y con mi mente sobre lo que ví en aquella obra arquitectónica. A veces pienso que mi rostro me delata y que mis acciones me hacen destacar, lo que decían mis hermanos del sínodo, mi cualidad es un arma de doble filo… Tal vez debería recatarme más, he de cargar mis mentepeltres, para huir en caso de que me descubran.
Octavo día de vuelta, caía ceniza del cielo. Como de costumbre, mi túnica servicial se tiñó de gris por la ceniza, intenté mantener mi aspecto pulcro, pero me es imposible, la ceniza ha estado abarrotando el cielo de manera inusual, tal vez sea solo una coincidencia, pero como a veces intento creer, las coincidencias no son casualidades. Cambié el foco de mi intriga insaciable, tal vez las paredes me enfrasquen cuando el sol rojo se empieza a tornar, pero ahora mi foco está en la filosofía y la ética, ¿qué piensa la gente de sus vidas? Poco me pregunto yo sobre eso, pues aunque sea un sirviente de los nobles y un oculto esclavo del anonimato, tengo una buena vida, tengo un plato de comida y cierta confianza de mi señor que me deja libertad, pero, algo me incomoda, tal vez he relajado mi deber y mi situación actual, tal vez, me estoy acostumbrando. Es mi mayor temor ha decir verdad, perder el sentido del camino y de porqué los Guardadores luchamos, porque aún seguimos Guardando recuerdos y porque seguimos recolectando información, pensando e ilusionándonos de que alguna vez el sol deje de ser rojo, de que las plantas dejen de ser marrones y tristes, de que los árboles tengan… Flores.
No, mi mente debe ceñirse a una cosa, un Guardador solo se ciñe a un cometido, si no, es imposible mantener un río fluyente de información que incrementa cada año, no puedo dejar de pensar en paredes, ladrillos y técnicas, debo aprender más de ellas, pero… El pasado, me llama la atención más allá de simples estructuras pretéritas… Tal vez, yo esté cambiando, tal vez me esté adentrando en un camino sin retorno… Temo acabar como Sazed, temo dejar de tener apoyo… Temo ser abandonado y olvidado.
He regresado a las tierras de mi señor, una tristeza me ha aplacado, algo no es normal en ello, no suelo sentirme triste o depresivo al respecto de estar sirviendo a mi señor, pero ahora, tras entrar por las puertas y cambiarme de túnica a una limpia y ponerla donde las sirvientas, mi corazón se debilita y empieza a ritmear de manera pausada, ¿qué me está ocurriendo? Tal vez he terminado de acostumbrarme y el simple cambio de que hubiera un aplacador hablando con mi señor me ha desconcertado, he preguntado a mi señor que quien era, pues se notaba muy fijado en mi, sus ojos se encontraban con los míos de manera más regular que cualquier otro noble que haya pasado por los salones de mi señor, ¿quién era aquella persona tan peculiar y tan habilidosa? Mi señor no se ha enterado de que le están aplacando y nadie del servicio se ha enterado, aunque trabajen con más tristeza sobre sus rostros. A nociones del servicio y de mi señor, aquel señor se llamaba Jarred, un noble de poca monta que intenta expandirse en los negocios de exportación e importación, algo extraño, no se suelen dedicar a ello nobles con poco poder adquisitivo, algo me olía raro, pero no lo avisé a mi señor. Algunos me tacharán de traidor y de que me estoy volviendo en contra de la sociedad y eso pudiera repercutir en mi muerte y era algo que el Sínodo no puede permitirse, perder un terrisiano es duro de afrontar pues quedamos pocos con lo que una vez fuimos, pero, perder un Guardador era un golpe duro, pues el conocimiento que aguardan en sus mentecobte es inmenso, pasado de generación en generación y aumentando cada año, perder uno así sería un declive sin ningún precedente.
Pasaron los días, y aquí me encuentro de nuevo, inmerso en mis citas, inmerso en mis pensamientos…
Engañando, estafando, aplacando, no tengo todavía la palabra exacta para lo que le están haciendo a mi señor, y una parte de mí, la parte que lleva quince años aprendiendo a nombrar con precisión cada punto de tensión de un muro antes de tocarlo, se avergüenza de no habérsela encontrado ya. Pero hay cosas que un hombre nota antes de poder decirlas. Y yo llevo notando esto desde hace tres semanas, desde la primera vez que vi entrar en la casa a aquellos dos socios nuevos que mi señor Jarred trata con una deferencia que jamás había visto en él, ni siquiera con nobles de mucha más monta que él mismo. Jarred es, un hombre robusto, más parecido a un hombre gordo que un hombre fuerte, con una ligera personalidad afable y bastante risueña, social y con bastante destreza en sus palabras, parece que lleva en este negocio mucho tiempo y sé decirlo porque he pasado años con mi señor, divagando entre reuniones y reuniones... Al parecer hasta hace un año, sus negocios eran los negocios prudentes de un hombre que sabe que no puede permitirse perder: arriendo de tierras, algo de ganado, un pequeño interés en una fundición que apenas da beneficio. Y de pronto, sin que yo sepa de dónde ha salido el capital para ello, se ha lanzado a la importación y exportación, un negocio que exige garantías, contactos en los puertos, la clase de crédito que solo prestan quienes esperan cobrarse algo más que intereses. No es lógico. Un hombre con la bolsa de Jarred no entra en ese negocio por ambición sana; entra porque alguien se lo ha puesto delante de un modo que no ha sabido, o no ha querido, rechazar.
Lo huelo del mismo modo en que huelo un muro que miente antes de tocarlo. Y sin embargo no he dicho nada. No le he avisado. Me digo a mí mismo, cuando el silencio empieza a pesarme por las noches, que no es mi lugar advertir a mi señor de negocios que no entiendo del todo, que un mayordomo que mete la nariz donde no debe es un mayordomo que llama la atención, y un Guardador que llama la atención es un Guardador muerto. Pero sé que esa razón, por verdadera que sea, no es la única, ni siquiera la principal. La principal es más simple y más fea: tengo dudas. No de Jarred, que en el fondo es un hombre débil jugando a ser fuerte. Tengo dudas de lo que hay detrás de él, de esos dos socios de manos suaves y ojos que nunca se quedan quietos, que llevan tres semanas cenando en esta casa y que jamás, ni una sola vez, me han preguntado mi nombre.
El servicio lo nota también, aunque nadie lo dice en voz alta, porque en esta casa, como en todas, se aprende pronto que decir en voz alta lo que uno nota es la forma más rápida de dejar de tener trabajo, o algo peor. Pero se les ve en la cara. Sirven la mesa con la misma pulcritud de siempre y con una tristeza nueva encima, como una segunda capa de barniz que nadie pidió. Yo mismo he sorprendido a la doncella más joven llorando en la despensa dos veces esta semana, sin motivo que ella supiera nombrarme cuando le pregunté, solo un "no sé, Feltren, es que todo se siente distinto desde que vienen esos hombres". No sé si sabe algo que yo no sé, o si simplemente es más sabia que yo a la hora de confiar en lo que un cuerpo entero le grita antes de que la cabeza tenga las palabras.
Sé lo que se supone que debería hacer con esta sospecha, si fuera un siervo cualquiera, leal sin fisuras a la casa que lo alimenta: ir a mi señor, decirle lo que he visto, dejar que decida él con la información completa. Y sé también lo que algunos de mis propios hermanos dirían si supieran que no lo he hecho: que me he vuelto un traidor a la sociedad que me da de comer, que mi silencio es una forma de complicidad con lo que sea que le está pasando a Jarred, sea eso una estafa, una trampa o algo peor que todavía no tiene nombre. No sería la primera vez que a un terrisiano lo cuelgan no por lo que hizo, sino por lo que un señor decidió que había dejado de hacer cuando más falta hacía. Si Jarred llegara a descubrir, algún día, que yo sospechaba y callé, no habría explicación de lealtad al Sínodo que me salvara el cuello. Para él, y para cualquier obligador que quisiera hacer un ejemplo de mí, sería sencillamente traición, la misma palabra con la que se cuelga a un hombre sin preguntarle antes por sus razones.
Y sin embargo he callado, y voy a seguir callando, al menos por ahora, porque hay un cálculo más frío detrás de mi miedo que no me atrevo a escribir en ningún cobre pero sí puedo confesar aquí: mi vida, tal como la ha entrenado el claustro durante quince años, ya no es solo mía para arriesgarla por el honor de un noble menor que ni siquiera sabe mi verdadero nombre. Perder a un terrisiano cualquiera ya es una pérdida que mi pueblo, tan menguado, tan lejos de lo que una vez fue, no puede permitirse sin sentirlo durante generaciones; cada uno de nosotros que muere joven es una historia que no se transmite, una voz menos en las pocas casas que aún hablamos como hablábamos antes de que decidieran lo que decidieron sobre nosotros. Pero perder a un Guardador es otra clase de pérdida, una que no se mide en una sola vida sino en todas las que la hicieron posible. Lo que llevo en mi mente de cobre no es solo mío: es de Tindal, y de quien enseñó a Tindal, y de quien enseñó a esa persona antes que él, generación tras generación de hombres y mujeres que se pasaron unos a otros, en susurros, a través de mil años de peligro, todo lo que sabían para que yo pudiera saberlo hoy.
Si a mí me cuelgan por meter la nariz donde no debía, no muere solo Feltren Cor Doreth, mayordomo de poca importancia de una casa de poca importancia. Muere también, sin remedio, sin posible traspaso, todo lo que ese Feltren llevaba dentro y que nadie más en el mundo lleva exactamente igual. El Sínodo no tiene tantos hermanos como para poder permitirse perder a uno así por una corazonada sobre los negocios turbios de un noble que no me importa lo bastante como para morir por él… Me repito más que el ajo, perdonadme en el futuro, pero mis dudas me carcomen, mi memoria está fragmentada en distintos frentes… Es una razón fría, casi cruel, dicha así, sin adornos. Pero es la razón real, y he decidido que prefiero anotarla aquí, con toda su fealdad, antes que mentirme a mí mismo con una excusa más noble. Callo por prudencia de oficio. Callo, también, porque en el fondo de mí hay una vocecita que no calla nunca, la misma que siempre bromea antes de que el silencio se vuelva insoportable, y que esta vez me dice, bajito, que quizá lo mejor para todos, para mí, para el Sínodo, y quién sabe si incluso para el propio Jarred, sea que averigüe qué está pasando en esta casa antes de decidir a quién, si es que a alguien, se lo cuento.
Es la hora de las brumas, pues han salido a brillar.. La mansión, a estas horas de la noche, respira con un ritmo casi agónico. Es un silencio espeso, asfixiante, manchado por el sordo repiqueteo de la ceniza que no deja de golpear los grandes ventanales de cristal ahumado. Como Guardador, he almacenado en mi memoria las crónicas exactas de mil casas nobles que se desmoronaron desde dentro. Conozco el olor metálico de la traición, la textura áspera de las mentiras mal hiladas y, sobre todo, la ceguera absoluta del que se cree invulnerable. El señor Jarred apesta a las tres cosas. Y yo, que juré ante mis hermanos del Sínodo ser un mero recipiente pasivo de historias muertas, me dispongo a escribir la nuestra en tiempo real.
Me deslizo por los pasillos de caoba con una quietud espectral, extrayendo apenas una fracción de peso de mis mentes de hierro para que mis botas sobre las gruesas alfombras no emitan el menor susurro. Mi destino es el ala restringida, el estudio privado del que nadie posee la llave. Las grandes sombras que proyecta el Imperio Final son vastas y aterradoras, pero las que esconden los aristócratas menores suelen ser mucho más afiladas; están forjadas en pura desesperación por ascender. Si me atrapan donde no debo, no habrá un juicio grandilocuente. Solo un destello veloz, sangre derramada en las losas y un abismo irreparable en la memoria de la humanidad. Llego a la pesada puerta de roble. La cerradura cede con un chasquido minúsculo que, en mi estado de alerta, resuena como el disparo de un lanzamonedas. Empujo la madera lentamente, dejando que la oscuridad absoluta, unida al olor a documentos viejos y a un rastro acre desconocido, me golpee el rostro. La vocecita en mi cabeza, esa que siempre intenta salvarme la vida a base de sarcasmo, enmudece de pronto. Me advierte, en un susurro mudo, que lo que aguarda en esta habitación no es un simple fraude mercantil ni un pequeño desliz mundano. Hay secretos que consumen el alma más rápido que el fuego de la pira de un Inquisidor, y una vez que la verdad quede grabada en mi mente, no tendré forma de borrarla jamás. Doy un paso hacia el abismo, y dejo que la puerta se cierre a mis espaldas. La oscuridad del despacho no es un mero efecto de la falta de luz; se siente densa, casi palpable, como si las paredes de la estancia llevaran años respirando conjuras que el resto de la mansión ignora. Me quedo inmóvil durante los primeros latidos, permitiendo que el suave clic de la cerradura a mis espaldas sea el único sonido que rompa el silencio. Para un Guardador de Terris, la penumbra nunca es un obstáculo absoluto. Extraigo apenas un destello de agudeza visual de una de mis mentes de estaño ocultas bajo la túnica, lo justo para que las formas difusas del mobiliario comiencen a perfilarse en agudos tonos de grises y sombras profundas. El aire huele a tinta seca, a cera de lacre quemada y a un rastro metálico y frío que me eriza el vello de la nuca. Me acerco al pesado escritorio central con pasos que no dejan huella en la alfombra, manteniendo la mayor parte de mi masa cuidadosamente guardada en mi anillo de hierro. Hay legajos apilados con un desorden caótico que choca frontalmente con la fachada meticulosa del señor Jarred. Veo diarios encuadernados en cuero desgastado, libros de cuentas sin emblemas oficiales y cartas plagadas de anotaciones frenéticas en los márgenes. No necesito leer la primera línea para comprender que lo que descansa sobre esta mesa tiene el peso suficiente para arrasar esta casa y arrastrar a todo su linaje al patíbulo de la Plaza de las Fuentes.
Mis dedos flotan sobre el pergamino superior, temblando por una mezcla de terror instintivo y pura, insaciable curiosidad erudita. Si memorizo esto, si permito que la tinta fluya de la página a mi retina y de ahí se hunda en el pozo incorruptible de mi mente de cobre, ya no habrá vuelta atrás. Me convertiré en el portador de una condena invisible. La vocecita en mi cabeza, esa compañera cínica que me empujó a cruzar el umbral justificando la imprudencia, ahora guarda un silencio sepulcral, dejándome a solas con el vértigo de mi propia decisión. El Sínodo exige neutralidad absoluta, ser guardianes pasivos del ayer, pero el conocimiento en el Imperio Final rara vez permite a quien lo posee mantenerse al margen de la masacre. Afuera, la ceniza sigue golpeando los gruesos cristales, ajena a las intrigas de la nobleza y a las encrucijadas de un simple mayordomo. Respiro hondo, acariciando la superficie de mi anillo de cobre con el pulgar para abrir el flujo de la memoria, y bajo la mirada hacia el primer documento iluminado por el pálido y sangriento resplandor del cielo nocturno. Creo que es hora de marchar… Las dudas han de resolverse. Dejo que la yema de mis dedos roce el áspero borde del primer pergamino. Ya no hay rastro de temblor en mis manos, solo la fría y calculada precisión de un hombre que ha aceptado su propia condena. Leo las primeras líneas y, al instante, abro el flujo espiritual, vertiendo las palabras en el pozo insondable de mi mente de cobre. El proceso es siempre el mismo, una contradicción fascinante: una chispa de comprensión ilumina mi cerebro por una fracción de segundo, seguida de un vacío súbito, un eco fantasmal donde antes residía el conocimiento. Lo sé y lo olvido en el mismo latido. Pero la verdad queda a salvo. Escondida en la vibración del metal, inalcanzable para los Inquisidores o los aplacadores, aguardando el momento exacto en que decida recuperarla para enfrentarme a ella.
Paso a la siguiente página, y luego a la otra. No busco entender la conspiración de esta casa en este instante, no puedo permitirme el lujo de analizar los nombres o las cifras; solo devoro su rastro. Los diarios privados del señor Jarred, los registros mercantiles adulterados, las extrañas rutas comerciales trazadas a carboncillo en mapas prohibidos… todo fluye desde el papel manchado hasta el frío cobre con la urgencia de un río desbordado. Mi respiración se vuelve superficial, casi inaudible. Sé perfectamente que cada segundo de más que permanezco en este despacho es un hilo que cualquier buscador que patrulle los terrenos podría llegar a percibir, destrozando mi tapadera y arrastrando al Sínodo conmigo. Cuando el último legajo ha sido escudriñado, retrocedo un paso. La mesa vuelve a quedar exactamente igual que la encontré. El polvo inalterado, el desorden caótico milimétricamente respetado. Corto definitivamente el vínculo con el anillo. El metal recupera su temperatura habitual contra mi piel, pero mi cuerpo entero se siente repentinamente distinto, erizado por una corriente de tensión ineludible. El mayordomo asustadizo y prudente ha muerto en esta habitación; el Guardador, sin embargo, acaba de aceptar su guerra. Me giro hacia la pesada puerta de roble. Afuera, la mansión sigue sumida en ese sopor ceniciento de la nocturnidad, completamente ajena al abismo que acaba de abrirse bajo sus cimientos. Ajusto el cuello de mi túnica gris, asegurando los puños sobre las muñecas, y salgo al pasillo de caoba, fundiéndome una vez más con las sombras de la casa. El Sínodo aguarda sus crónicas asépticas sobre imperios caídos, pero yo llevo ahora una tormenta viva palpitando en mi mano derecha. El juego de los nobles ha dejado de serme indiferente. Y fue el fin, de mi servicio, es hora de cambiar de lares, y con esto, mi diario, acabó…
Mi legado ha de seguir, y si has leído esto en algún momento, he muerto.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.