“La prueba de que la verdadera fuerza nace cuando el mundo intenta silenciarte.”
La constante lluvia de ceniza cubría los tejados, las calles adoquinadas y los campos con una triste capa gris. En aquel mundo regido por el puño de hierro del Lord Legislador, los skaas no eran más que sombras silenciosas, herramientas de usar y tirar para el capricho de los nobles.
Eloiss trabajaba sirviendo en la gran mansión de una influyente familia aristocrática. Entre los pasillos recargados y los salones iluminados por candelabros, uno de los jóvenes nobles se había fijado en ella. A diferencia de sus parientes, parecía diferente, la trataba con amabilidad y respeto, o al menos eso creía ella.
Una noche de celebración, envuelta en música, bailes y alcohol, el joven noble embriagado, le pidió a Eloiss que lo ayudara a llegar hasta sus aposentos. Ella confiada en su supuesta bondad, aceptó y le ayudó a llegar a esta. Una vez en la habitación del joven señor, dejó ver que su borrachera no era tan grande como la hizo creer. Aquella noche la máscara cayó, el joven noble demostró que no era precisamente como le había hecho creer y pensando que sería una buena diversión, tomó por la fuerza a Eloiss.
Eloiss quedó en cinta y el resultado de aquella noche no tardó en llegar a los oídos de quien llevó a cabo aquel vil acto. El joven noble urdió un plan maquiavélico. Para evitar escándalos y borrar cualquier rastro de su culpa, organizó una falsa acusación de robo, asegurándose de que la despidieran de inmediato. Bajo aquella máscara de falsa bondad, exigió que solo la echaran a la calle. Lo tenía todo planeado. Un alojamiento vigilado donde la vería por última vez, antes de que varios hombres a sueldo, acabasen con la vida de ella y de la criatura que crecía en su vientre, así no quedarían cabos sueltos.
Eloiss era más astuta de lo que su opresor creía tras haberla engañado. Al poco de cruzar las puertas de la mansión y adentrarse en las zonas más deprimidas de la ciudad, se percató de que la venían siguiendo. Con el corazón en la garganta y guiada por el instinto de supervivencia, logró despistar a sus perseguidores en las callejuelas oscuras. Sabía que su vida y la de su hijo corrían peligro de muerte, así que abandonó la ciudad sin mirar atrás. Caminó y caminó bajo la ceniza hasta hallar refugio en una granja apartada, lejos de la casa de aquella familia donde había pasado unos años trabajando.
En aquel rincón apacible, rodeada de personas humildes que nada sabían de privilegios, nació Ilyth.
Creció fuerte y atlética, forjada por el trabajo duro de la tierra. Su físico era el reflejo de su día a día. Su cabello castaño oscuro con sutiles dejes cobrizos que brillaban solo cuando había luz suficiente para ello, y unos ojos verdes tan intensos como la esmeralda más pura, adornaban su rostro, junto con unas suaves pecas. Su piel era clara y la ropa, humilde. La granja era su mundo entero, un lugar seguro donde la comunidad skaa compartía el pan, las penas y las risas.
Los años pasaron hasta que la salud de Eloiss comenzó a quebrarse de forma irremediable. En su lecho de muerte, con la respiración lenta y pesada, la mirada cargada de un dolor antiguo que le pesaba, la madre decidió romper su largo silencio. Le contó a Ilyth la verdad. "Quién" era su padre, como la engañó con la falsa bondad que ocultó aquel acto vil. El peligro mortal del que habían huido y la advertencia inquebrantable de que no podía confiar jamás en ningún noble. No pudo darle un nombre, o más bien, no quiso. De ese modo evitaba que Ilyth pudiese intentar vengarse de algún modo, quedando dicha posible venganza, disuelta en el misterio, pero el mensaje caló hondo en el pecho de la joven.
A los pocos días, la enfermedad se llevó a Eloiss. Ilyth, sumida en el dolor de su pérdida, continuó trabajando en la granja. Aunque aquel era el único hogar que había conocido, el eco de las palabras de su madre y la chispa de su propia sangre despertaban a veces un anhelo. El deseo de conocer qué había más allá de la granja, más allá del horizonte de ceniza.
Los meses pasaron y una mañana, la pesadumbre del pasado se desvaneció al bajar a desayunar. Al cruzar el umbral de la cocina, encontró a todos sus vecinos y amigos reunidos alrededor de la mesa, donde se hallaba en uno de sus extremos, un enorme pastel. En cuanto la vieron aparecer, comenzaron a vociferar al unísono, felicitándola con alegría por su cumpleaños.
Ilyth sonrió con ternura y se apresuró a unirse a ellos para apagar las velas. Al soplar el fuego y mirar a su alrededor, rodeada de afecto genuino, supo que en ese lugar estaba a salvo. Sí, ahí era feliz. Y mientras las risas resonaban en la cocina, una pregunta cruzó su mente, tan ligera como la ceniza que caía afuera ¿qué más podía pedir una skaa como ella?. Le recordaron que debía pedir un deseo. Ilyth cerró los ojos y sin dudar, pidió su deseo.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.