Cettfor nació hace diecisiete años en una plantación cercana a Luthadel, hijo de una skaa llamada Mara y de un padre cuya identidad siempre fue un secreto. Desde pequeño aprendió que ser skaa significaba trabajar hasta el agotamiento, obedecer y agachar la cabeza ante quienes habían nacido por encima de él. Sin embargo, Cettfor nunca fue especialmente bueno obedeciendo. Era curioso, inquieto y hacía demasiadas preguntas para su propio bien, aunque todavía carecía de la experiencia necesaria para comprender realmente el mundo que lo rodeaba.
Su madre intentó enseñarle a sobrevivir sin llamar la atención. Le enseñó cuándo hablar, cuándo esconderse y, sobre todo, cuándo no mirar a los ojos de un capataz. Aun así, Cettfor cometía errores constantemente. A veces se metía en problemas por querer defender a otro skaa, otras simplemente por no saber cuándo retirarse. Todavía no era astuto ni habilidoso; muchas de las cosas que intentaba hacer terminaban saliéndole mal.
A los quince años perdió a Mara en un accidente durante una jornada de trabajo. Mientras ella agonizaba bajo un carro de carga, Cettfor descubrió que para el Imperio su muerte no significaba nada; simplemente era otra skaa reemplazable. Aquello lo marcó profundamente. Conservó únicamente los pendientes rojos de su madre y comenzó a llevarlos siempre consigo, aunque todavía no sabe explicar por qué le resulta tan importante tenerlos puestos.
Después de su muerte empezó a robar pequeñas cosas para sobrevivir. Pan, alguna moneda, ropa vieja o cualquier objeto que pudiera intercambiar por comida. Sin embargo, Cettfor está lejos de ser un ladrón experimentado. Se pone nervioso con facilidad, deja huellas, calcula mal los riesgos y más de una vez ha terminado corriendo por las calles con media guardia detrás de él. Su mayor virtud no es la habilidad, sino su capacidad para improvisar cuando todo sale mal.
A los diecisiete años terminó llegando a Luthadel, una ciudad que le resulta enorme, intimidante y fascinante al mismo tiempo. Allí descubrió que existen muchos más skaa de los que había conocido durante su vida y que algunos incluso hablan abiertamente de rebelión. Cettfor escucha esas conversaciones con curiosidad, pero todavía no comprende realmente qué significa rebelarse contra el Imperio. Para él, la libertad sigue siendo una idea demasiado grande y lejana.
Es un muchacho inexperto, desconfiado y algo impulsivo. Puede mostrarse sarcástico para ocultar sus nervios, pero todavía le cuesta mantener la calma cuando se encuentra en una situación peligrosa. No sabe pelear correctamente, aunque ha aprendido algunos golpes básicos trabajando y sobreviviendo en las calles. Tampoco sabe utilizar armas de manera competente. Cuando se enfrenta a alguien más fuerte, su primera reacción suele ser correr.
Su aspecto tampoco ayuda a pasar desapercibido. El cabello negro, abundante y desordenado, atravesado por un gran mechón blanco, sus ojos violetas y los pendientes rojos de su madre hacen que sea fácil recordarlo. Cettfor intenta ocultarse bajo ropa oscura y demasiado grande para él, pero todavía no ha aprendido a moverse por Luthadel con la discreción de alguien verdaderamente experimentado.
Hay algo más que tampoco comprende. En momentos de peligro ha experimentado sensaciones extrañas: ocasiones en las que parece moverse más rápido de lo que debería, pequeños instantes en los que siente que alguien se aproxima antes de escucharlo o una extraña percepción que le permite encontrar cosas en la oscuridad. Cettfor no sabe qué significan esas experiencias.
Ahora, con diecisiete años, vive solo en una pequeña habitación de Luthadel. Sobrevive realizando pequeños trabajos y robos ocasionales, aunque apenas consigue reunir suficiente para comer y pagar un lugar donde dormir. No tiene grandes planes ni sabe qué quiere hacer con su vida. Solo quiere mantenerse con vida, conservar los recuerdos de su madre y, quizá algún día, descubrir por qué siente que hay algo extraño dentro de él.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.