Fue en un día de severas tormentas. Su madre, Ysolde, estaba postrada en cama mientras Lord Aeron y varios maeses permanecían a su lado; toda la nobleza dentro de la casa Mereth estaba presenciando ese momento, y fue, múltiples skaa huían de la feroz tormenta a sus chozas externas donde trabajaban, las cuales ni siquiera tenían la protección necesaria.
Algunos lo llamarían mala suerte, otros una bendición; en cuanto un feroz rayo cayó contra uno de los altos árboles que rodeaban la casa, éste cayó sobre una de las chozas aplastando a dos empleados, una mujer y un joven, quienes murieron en el acto.
Un llanto interrumpió entre tantos gritos y ruidos de Ysolder, pues su hija menor habría nacido en ese mismo instante.
Sus hermanos, Ferson y Ellend, ambos mellizos de 12 años para ese entonces, miraban con asombro el nacimiento de su hermanita. Incluso, uno de ellos, Ferson, lloraba de emoción tras verlo mientras Ellend lo molestaba llamándolo estúpido. Su padre les dedicó una sola mirada para que guarden silencio, y en ese mismo día, la nombraron.
— Annika, suena poderoso e imponente, ese será el nombre de nuestra hija, cariño.
Lord Aeron aceptó el deseo de su amada, pues él había nombrado a los hijos. Sin embargo, internamente, ambos padres sabían que haber traído una nueva hija a sus filas fue un error, una noche de borrachera y soledad les costó un nuevo problema del cual habría que encargarse durante los duros tiempos del invierno.
Y así fue; para evitarse los problemas de criar nuevamente un hijo, una de las skaa que trabaja en ese lugar fue asignada como criadora, Elizabeth. Una mujer falta de alimento, pero que siempre se dirigía a los niños con mucho amor, pues había perdido a sus hijos y su esposo hace ya tanto tiempo que no tenía a quién dárselo.
Los años pasaron, y en una noche Annika pudo escuchar a sus padres reunidos con un maese, ella tenía tan solo ocho años pero… su memoria jamás olvidó cada detalle de la conversación.
— ¡Blasfemias! ¡Usted no tiene idea de que habla! — Lord Aeron estaba furioso ante las palabras del maese, y se notaba.
— Lo siento, mi Lord, pero es a la única conclusión que hemos llegado. No puede hacer nada al respecto, es de nacimiento. — El maese respondió, sin saber qué más decir.
Su madre permanecía llorando en los brazos de su amado, y éste indicó al maese retirarse sin que Annika pudiera entender realmente el motivo de por qué lloraban. Elizabeth la interceptó en el pasillo espiando, y llevándose a ésta de la mano, la alzó en brazos luego de avanzar unos metros por los extensos pasillos donde tuvieron una conversación.
— Sabes que espiar a tus padres no está bien, cielo. ¿Por qué lo hacías? — Elizabeth preguntó.
— Mamá estaba llorando… hablaban de mí… ¿fue mi culpa que mamá llore? — Annika preguntó a Elizabeth con los ojos brillosos, mirándola apenada.
Elizabeth enseguida supo que hacer, pues no tardó un segundo en abrazarla con fuerza y besarle la frente, sin responderle a esa pregunta pero acariciándole las mejillas con su mano libre mientras que con la otra la alzaba.
— Eres la niña más preciosa de todo el planeta. ¿Y sabes qué tengo para niñas preciosas como tú? El juego perfecto. — Elizabeth le guiñó el ojo mientras se la llevaba al jardí, dispuesta a jugar al escondite.
Annika se distrajo fácilmente, y jamás se enteró del motivo por el que su madre lloraba: su hija era más lenta que sus hermanos, más fácil de distraer y más difícil de que aprenda. Tenía un problema mental que dificultaba su aprendizaje y su comprensión de las situaciones complejas.
Los años pasaron, y a medida que avanzaban, Annika se hacía amiga de varios hijos de otros nobles durante las reuniones. Allí, conoció a un chico con el que pronto hicieron click, y a sus 17 años se convirtió en su primer amor: Damian. Tuvieron su primer beso después de pasar meses charlando, paseando durante reuniones y compartiendo historias.
Annika le contó que estaba cansada de vivir encerrada, que quería salir a conocer el mundo y explorar los lugares más ocultos, donde nadie hubiera llegado. Damian le reclamó que ello era algo peligroso, pero si era lo que le gustaba, intentaría ayudarla en lo posible.
Juntos fueron creciendo, y cerca de los 19 años, Annika descubrió un talento escondido dentro de ella: la persuasión y el engaño. Todos los skaa y los miembros de su casa le daban un trato especial con respecto a su condición, y tras darse cuenta de ello, Annika no dudó en aprovecharse. Engañaba, malinterpretar las cosas o simplemente se encogía de hombros cuando la regañaban por hacer algo mal, o por no querer hacer sus encargos de nobleza.
Fue desarrollando aquella habilidad poco a poco, y eventualmente, a sus 19 años tuvo su primer escapada: desapareció una noche de su casa, y se adentró en los bosques que rodeaban a la casa Mereth. Descubrió partes de la naturaleza que nunca vio, animales que no reconocía e incluso experimentó sensaciones nuevas: entre ellas, libertad pura.
Sin embargo, no fue sin consecuencias. En cuanto descubrieron que Annika había escapado durante la noche gracias a que no estaba en su alcoba cuando la fueron a despertar, salieron a buscarla y la encontraron. Annika se hizo la tonta nuevamente, y si bien no la culparon a ella, culparon a Elizabeth. Por aquel engaño, la mujer que más amor le había dado, más que su propia madre, fue ejecutada ese mismo día frente a los demás skaa y a los miembros de su familia.
Pasaron meses, y Annika no salía de su alcoba, no hacía absolutamente nada. No podía creer lo que vivió, y había perdido a un pilar crucial en sus decisiones, pues rara vez conectaba con sus hermanos ya que estaban muy ocupados con la lujosa vida de una casa de nobles con capacidades tan altas de crear armamentos.
Los meses se convirtieron en un año, y tras haber sucumbido ante los pensamientos de su cabeza irregular, Annika tomó una última mala decisión.
Tomó su mochila y su diario, se llevó unas pocas fotos y se preparó una muda de ropa especial junto a una máscara clave: la máscara de su animal favorito, un gato. Un outfit extraño, pero lo suficientemente irreconocible para que nadie de su casa la reconociera a simple vista. Esperó al anochecer, y en medio de una feroz tormenta, un rayo cayó directo desde el cielo sobre otro árbol, provocando que este se caiga.
Al mismo tiempo que el árbol caía, ella saltaba y se colgaba desde una cuerda, escapando de su casa sin dar una explicación o motivo a nadie. Nació con un rayo, y se fue con uno.
Corrió sin parar, se metió entre lugares que no conocía hasta llegar a una cueva oscura, y allí empleó una simple habilidad que aprendió entre sus escapadas: hacer una fogata. La hizo, y se quedó junto a ella para secarse del frío mientras esperaba a que la lluvia cediera, y con ello, comenzara un nuevo día.
Sin embargo, no se llevó ninguna identificación.
Solo tenía una falsa: una forjada por ella misma, bajo un nombre que nadie reconocería, Lily. ¿Por qué ese nombre? Fue un día cualquiera en cuanto escuchó a Elizabeth mencionarlo; no sabía por qué ese nombre, pero le gustó. Tristemente, lo que ella no sabía, era que ese fue el nombre que Elizabeth eligió para su hija, la cual nunca llegó a nacer ya que murió horas antes del parto.
Aún no hay crónicas. La historia espera a ser contada.